El crucero más grande del mundo
Una ciudad flotante y entretenida al alcance de todos!
Por Loor Naissir
Jamás imaginé que algún día estaría surcando parte del Océano Atlántico y del Mar Caribe a bordo del barco de pasajeros más grande del mundo: Wonder Of The Seas.
El mar siempre ha sido mi obsesión. Por ahí llegaron mis ancestros provenientes del Líbano en busca de oportunidades, a comienzos del siglo pasado.
Estuve como una turista más, gozando de los privilegios de un crucero de esparcimiento, de turistas de todos los lares que llegaron a tomar el paseo en Puerto Cañaveral, Florida, Estados Unidos.
Si uno compra el ‘tour’ con suficiente antelación, sale más económico; a medida que pasan los días se va encareciendo hasta volverse costoso.
Es un programa recomendado para hacer en la vida y en familia.
Fue un regalo de mi esposo para celebrar la vida, nueve años después del rompimiento de un aneurisma cerebral del cual, gracias a Dios, salí airosa y sin secuelas.
Por eso creo que el servicio de internet es costoso para que los pasajeros se olviden del celular y gocen de todas las atracciones que brinda el gigantesco barco, que parece una pequeña ciudad flotante con atractivos para pasar el día y la noche de manera divertida, entretenida y muy amena.
Los invito a hacer el paseo conmigo con los detalles que quedaron grabados en mi mente para siempre: Apenas uno llega a Puerto Cañaveral, en Florida, Estados Unidos, nos reciben las maletas antes de abordar el barco. Son decenas y decenas de equipaje que ellos ubican después en los respectivos camarotes.
Todo está milimétricamente organizado.
Después nos dan una tarjeta plástica que viene a ser la identificación o el pasaporte para circular en el mar, y también las veces de tarjeta de crédito. Hay que tenerla a la mano para comprar, bajar y subir al barco, cada vez que llegamos a una isla o puerto.
Hay quienes prefieren quedarse en el barco, porque éste tiene de todo para el entretenimiento: tenis de mesa, piscinas para adultos y para niños con toboganes, gimnasio, joyerías, casino, restaurantes auto-servicios y a manteles, todo incluido; bares sin puertas, música al aire libre y ‘shows’ temáticos diarios como musicales, bailes y patinaje sobre hielo en un gran teatro con sillas cómodas.
Mujeres, hombres y niños de todas las edades, y de distintas nacionalidades desfilan por los pisos donde están estos servicios mencionados. Unos con bermudas, vestidos de baño, pareos y chancletas informales, sandalias a la moda, y otros con ropa formal y tacones para tomarse la foto del recuerdo al lado del mustang rojo, modelo 66, que está ubicado en el quinto piso, punto de encuentro de la mayoría de turistas para saborear la exquisita pizza en Sorrento’s, local que permanece abierto las 24 horas del día. Es como la calle principal de una ciudad, la cual bautizamos ‘La Quinta Avenida’. Cada día hay un evento sorpresa con servicio de alta cocina antes de ir al teatro. Todo es delicioso! Pero no todo es incluido en el paquete. Hay unos cuantos restaurantes cuyo servicio se recarga a la tarjeta, al igual que todos los licores, desde una cerveza hasta el más costoso whisky o vino. Muestro camarote estaba en el piso 11 y tenía balcón con vista al interior del barco.
Veía el mar en toda su inmensidad cuando iba a los restaurantes que tenían un grueso cristal de seguridad. Y se apreciaba mucho más en el último piso donde estaban las atracciones acuáticas.
Mi mirada larga y profunda no alcanzaba a distinguir la línea divisoria entre el mar y el cielo.
En cuanto a espectáculos nocturnos dentro del barco hay de todo como en una ciudad. El primer día asistimos a un musical en el que le hacían homenaje a las voces más famosas del mundo. Al día siguiente apreciamos un espectacular ‘show’ de tap, también llamado claqué, baile estadounidense, en el que se mueven los pies rítmicamente mientras se zapatea musicalmente.
Otro día mis ojos se recrearon con bailarinas malabaristas.
Tuvimos otra noche maravillosa con la presentación de varios bailarines que patinaban sobre hielo, en el mismo teatro.
Un día antes de terminar el paseo fui a un espectáculo parecido al máster chef entre 4 turistas, dos a cada lado. Con tres jurados de los chefs del barco y el desfile de quince cocineros que nos deleitaban día a día con manjares de la buen mesa internacional. Este ‘show’ de cocina entre principiantes arrancó carcajadas y aplausos del público asistente.
No hablo inglés pero me defendía porque siempre encontraba a alguien que hablaba español.
El servicio ‘todo incluido’ nos había abierto el apetito pero los tres últimos días el estómago solo resistía la proporción de alimento necesaria para no sentir llenura; pero si pasábamos por Sorrento’s, una porción de pizza no caía mal. El baño de mar fue en islas privadas en Bahamas, Haití y Jamaica.
Todo era ‘caribe’ como decimos los costeños cuando el valor es muy alto. En Nasáu, la capital de las Bahamas, una seda dental me costó 6 dólares; aquí en Colombia no pasa de 10 mil pesos. Me dejó viendo un chispero para comprar regalos. Así que las maletas no regresaron con sobre peso.
El paseo en el barco es una experiencia única en la vida para repetir.
El domingo en la mañana, después de ocho días, le dijimos adiós a Wonder Of The Seas.
Mientras unos regresábamos a casa, otros llegaban para hacer realidad su sueño.
A la salida me dio un poco de nostalgia cuando leí frases en inglés que traducían ‘Hasta la próxima aventura’. ‘Los extrañaremos’. Y a los que llegaban con ¡bienvenido! ¡welcome!
El barco mide 64 metros de ancho y tiene 362 metros de eslora, capacidad para 6.988 pasajeros y cuenta con una tripulación de 2.300 personas de diferentes nacionalidades.