por Fausto Pérez Villarreal
Sentir que es un soplo la vida que veinte años no es nada que febril la mirada errante en las sombras te busca y te nombra Esa sentida estrofa de Volver, célebre tango escrito hace más de ocho décadas por Alfredo Le Pera e interpretado por Carlos Gardel, nos recuerda hoy que como un soplo han pasado veinte años del fallecimiento de Fabio Poveda Márquez, maestro del periodismo deportivo que dejó una huella indeleble en la región Caribe colombiana.
Vivir con el alma aferrada a un dulce recuerdo que lloro otra vez De igual modo, la letra de Volver nos enrostra sin clemencia ninguna que la vida es ciertamente un soplo, tal como me lo enfatizó Fabio, con un dejo de nostalgia, aquel 24 de junio de 1995, en su casa, ubicada a pocos metros de la Universidad Autónoma del Caribe, mientras escuchábamos esa canción en su salón repleto de discos y evocábamos que ese día se conmemoraba el 60 aniversario del fatal accidente de aviación de Gardel, en Medellín. “Fíjate qué fugaces somos: ya Gardel tiene 60 años de muerto”, esbozó Fabio. Finalmente, todo pasa y el olvido todo destruye, le respondí, parafraseando la pieza inmortalizada en la voz del ‘zorzal criollo’. “Todo pasa, Fausto –repitió Fabio-. Por eso hay que trabajar duro para dejar una huella en este mundo y no transitar sin pena ni gloria. Y para lograr ello, además de talento y sacrificio, se necesita tener fuego en el corazón”. Esa enseñanza, de manera metafórica, jamás la olvidé. Con este texto necrológico quiero honrar la memoria de Fabio Poveda Márquez, con quien tuve el privilegio de hacer mis pininos en el periodismo. Lo conocí en El Heraldo, cuando él se desempeñaba como coordinador del suplemento deportivo. De hecho, fue él quien me dio la oportunidad después de que el maestro Chelo De Castro C. me llevara a El Heraldo, y me pusiera en las manos de Estewil Quesada. Este, a su vez, me presentó a Fabio. Eso fue en agosto de 1982. Gracias a Fabio, un lustro más tarde, Alberto Mario Pumarejo, a la sazón gerente de El Heraldo, me vinculó como redactor de medio tiempo de ese importante rotativo, que en ese entonces se ufanaba de ser líder de la Costa. ¡Y a fe que lo era!, dada la planta de redactores que tenía bajo la dirección de Juan B. Fernández Renowitzky, la asistencia de Olguita Emiliani,y una respetable nómina de redactores y colaboradores, entre los que sobresalían McCausland, la señora Margarita, Loor, Zoraida, Cervantes Angulo, Mendieta, Llanos, don Germán Vargas, y, por supuesto, Fabio Poveda. En los años 1987 y 1988 las máquinas de escribir reinaban en la sala de redacción de El Heraldo. Aún no había llegado el computador, el Internet y el celular eran una utopía. Fabio viajaba a diferentes países del mundo, como Estados Unidos, Inglaterra y Corea, en calidad de enviado especial de El Heraldo, aun cuando nunca perteneció a la nómina de empleados del periódico. No obstante, a él lo atropelló la tecnología. Varias veces me tocó hacerle la segunda, yo a medianoche en El Heraldo, y él en el exterior, casi siempre cubriendo una pelea de título mundial de boxeo, bien fuera en Belfast, Miami,

Los Ángeles, San Antonio, San Juan, Londres o Seúl. Fabio viajaba con un Tandy, especie de computador portátil, pero con muchas limitaciones. Claro, en ese entonces era lo más moderno que existía en comunicaciones. Para transmitir los textos había que conectarlo al auricular de un teléfono fijo con un cable y luego oprimir un botón; era algo sencillo, pero Fabio siempre tuvo dificultad para el envío. En cada viaje, después de redactar sus crónicas y de intentar infructuosamente enviarlas, recurría a la última opción: dictarme por teléfono, no sin antes disculparse y prometer que sería la última vez que lo haría. Me dictaba diciéndome las tildes, las comas, los puntos y apartes e indicándome letra por letra los vocablos o nombres propios en inglés. Al otro lado de la línea, palpaba la pena que invadía a Fabio.
A mi lado, Ahmed Aguirre, el coordinador de deportes, me apuraba con tono amargo ante la amenaza del cierre inminente. Entre tanto, yo, gustoso, asumía la tarea de aprender, desgrabando al maestro. Parece mentira. Ya son 20 años sin Fabio, y su ausencia se siente cada día más en la radio en la prensa…