por Angélica Santamaría, Ps.
Aunque no nos demos cuenta, todo el tiempo estamos tomando decisiones: desde levantarnos a vivir el día hasta la hora en que nos vamos a la cama. Incluso, los hábitos y costumbres responden a una decisión tomada en algún momento sobre si seguirlos o no. Las decisiones definen nuestra vida. De ellas depende el desarrollo, bienestar y felicidad de nosotros mismos y de quienes nos rodean. Y si algo parece estar claro es que es mucho mejor tomar una decisión que no tomar ninguna. También es claro que en el momento de tomarlas sale a flote y se requiere todo lo que somos. Podemos entonces tener en cuenta lo siguiente a la hora de tomar una buena decisión:
La impulsividad: nuestros estados de ánimo siempre interferirán en la toma de decisiones, están ligados a lo que queremos en un determinado momento. El punto es qué tan duradero es eso que queremos, qué tan permanente lo queremos en nuestra vida, o si simplemente se trata de un impulso pasajero. Por eso lo recomendable es tomar decisiones con las emociones en calma, con cabeza fría; especialmente cuando se trata de los asuntos relevantes. Por ejemplo, un momento de alegría y entusiasmo puede llevar desde una compra innecesaria a un compromiso que nos puede pesar demasiado cumplir. O un momento de rabia a hechos que traigan arrepentimiento. O un momento de tristeza, a no avanzar por cuenta del miedo. La queja, enemiga de la decisión: ocurre cuando algo nos causa malestar y no hacemos nada para salir de la situación. En ese caso la queja, el lamento permanente sin ninguna acción de cambio, se convierte en una especie de agente tóxico que contamina nuestra vida y la de quienes nos rodean, y un estado de parálisis individual que incluso puede afectar la salud. Por ejemplo, nos quejamos de los hijos que aún estando adultos hay que sostener económicamente, pero seguimos dándoles lo que piden y “colocándoles el colchón” para resolver sus problemas, en lugar de permitirles que los resuelvan como adultos y ganen autonomía. Una buena decisión trae mejores decisiones: la vida es también un emprendimiento, y las empresas permanentemente planifican su futuro. Planificar a su vez implica tener visión de lo que hay por venir, al menos de las mayores probabilidades.
Aplica igual a la vida, por eso ayuda mucho el ejercicio sencillo de visualizar los efectos de una decisión actual dentro de unos meses o años.
La renuncia: decidir algo siempre implica renunciar a algo más, y asumir lo que venga. Decía Jean Paul Sartre, el filósofo existencialista que “el hombre está condenado a ser libre”. Tal es la libertad de la cual disponemos como seres humanos, y de su mano está la responsabilidad de asumir nuestra propia vida con lo que ella nos trae. O como canta Rubén Blades, “decisiones… alguien pierde, alguien gana… decisiones…todo cuesta…”.