por Angélica Santamaría, Ps.
Dice así una frase tan antigua y gastada, como olvidada, en nuestra generación de padres y madres por estos días. Por alguna razón hemos pensado que la crianza y formación de hijos se trata de brindarles el máximo bienestar (sobre todo material), darles todo lo que no tuvimos y evitarles cualquier fatiga, esfuerzo o incomodidad. De esa forma y como nunca antes, muchos niños, desde muy pequeños, crecen con la idea de ser el rey o reina, o el príncipe o princesa de la casa, que por tal condición merece todos los ofrecimientos y entregas posibles e imposibles de su familia. El problema surge cuando salen del nido familiar y se encuentran que el mundo, llámese guardería, colegio, universidad, trabajo… Vida, está lleno de un incontable número de reinados y principados donde la omnipotencia de aquella crianza se enfrenta a lo inevitable: el principio de realidad.
Y el principio de realidad, es decir, la vida real, es un camino incierto donde no siempre se obtiene lo que se quiere, o al menos no mágicamente por los trucos y soluciones desaforadas de los padres. Por algo muy sencillo, y es que el mundo está lleno de semejantes igualmente valiosos e importantes, que también están luchando por existir de la mejor manera posible. Entonces, habrá que adaptarse y convivir.
Recordemos un poco la historia de la crisálida que hace un esfuerzo por salir de la pupa para convertirse en mariposa, y que un humano la observa e interpreta su esfuerzo como una lucha desesperada, de manera que le ayuda a salir. Al final de la historia, ocurre que la mariposa necesitaba de aquel movimiento de extremidades y de esa lucha en soledad para poder fortalecer sus alas y ser capaz de volar. Al recibir la ayuda del humano que la miró desde los ojos de su propia angustia, resultó un insecto destinado a arrastrarse por el suelo y ser devorado por depredadores.
¿Cuánto entonces se le queda debiendo a los niños cuando les evitamos las frustraciones e incomodidades que los ayudan a fortalecerse y crecer como seres resilientes? ¿Es ese el verdadero sentido del amor hacia los hijos? ¿Podemos asegurar a nuestros hijos un mundo donde siempre van a encontrar lo que quieren o estaremos allí para resolverles todo? Si bien todo padre o madre procede con las mejores intenciones, seamos honestos: las buenas intenciones no son suficientes. El NO por amor muchas veces es el acto más importante y valiente de verdadero amor a nuestros hijos. Aunque les duela, aunque lloren, aunque por instantes digan que nos odian. Se les pasará. Un poco de hambre los enseña a valorar sus privilegios, un poco de frío los fortalece. Bueno, en nuestro Caribe sería un poco de calor, porque los mantenemos en aire acondicionado y nuestros niños ya ni quieren sudar.