por Angélica Santamaría, Ps. asantamaria1974@gmail.com
Es cierto, absolutamente cierto, que nuestro país es algo especial. Personalmente estoy convencida de haber nacido en el mejor lugar del planeta (sobre todo si se trata del Caribe colombiano, y por favor, que quede acá entre nos). Las razones de geografía, naturaleza y cultura son incontables. Pero sin ánimo de nacionalista a ultranza, quiero enfatizar en una, y es la pasión con que los colombianos vivimos las tradiciones, y nos nutrimos de ellas con apetito voraz para tomar las fuerzas necesarias que necesitamos para seguir adelante.
Entre todas las tradiciones brilla la Navidad, una celebración valorada y compartida en el mundo occidental cada fin de año. Más allá de las devociones y creencias religiosas que le dan origen y son su esencia, lo cierto es que el calendario de la Navidad marca un tiempo para la exaltación de emociones positivas, la reflexión, la búsqueda y el encuentro con los otros, bien sea para expresarles nuestro afecto, para dar, recibir, perdonar o disfrutar de su presencia en este mundo.
Creo que su magia está precisamente allí, en sacarnos del imperio de lo rutinario y en el hecho de compartir con muchas personas un estado del alma en el cual la mayoría es capaz de vivir sin indiferencia. Incluso cuando sentimos nostalgia o tristeza, pues estas emociones en el fondo nos recuerdan que en algún momento de nuestras vidas conocimos la hermosura o la plenitud en una de sus formas, por las cuales tal vez pasamos un día sin darnos cuenta de que estábamos en medio de la felicidad.
Por lo tanto ha valido la pena estar AQUÍ. Y vale la pena seguir AQUÍ en pie de lucha y en busca de nuevos momentos, que a su vez nos enseñen los incontables modos de ser que tiene la alegría. Esta época puede ser un maravilloso tiempo de corazones abiertos a sentimientos y actos liberadores de ataduras, que nos permitan mirar al futuro con pasión y esperanza.
Y si es en este pedacito de tierra tricolor, es cierto, absolutamente cierto que encontraremos gente única en el mundo, dispuesta a madrugar para encender velitas un 8 de diciembre, rebuscar pesos de donde se pueda para pintar su casa, decorarla con luces, hacer sonar (o cantar) villancicos a todo volumen, reunir la mayor cantidad posible de personas para hacer las novenas de aguinaldos, buscar la manera de alegrar al entristecido, y atender con cariño al familiar o al forastero. Porque son modos de nacer y volver a vivir, y la palabra Navidad significa eso: nacimiento y vida.