por Adlai Stevenson Samper
La primera vez que tuve contacto y prueba de la existencia del pintor Alejandro Obregón fue en la adolescencia. Yo era estudiante del colegio Americano, habitante del barrio Delicias y en calidad de tal condición, caminador de sus calles y vericuetos enmontados bajo el influjo de un provocador entusiasmo hacia la música rock. Bajo ese marco encubridor sonoro, conseguía mis amigos en el vecindario.
Así conocí a Cristina Lombana, adolescente también, fanática de esa música y con una impresionante colección de discos inconseguibles en ese momento en Colombia. Nos convertimos en buenos amigos; al principio, después en novios y si traigo a colación el cuento, es porque su casa de ladrillos rojos con un misterioso estilo inglés tropical, era sede del taller de escultura de su padre, Héctor Lombana, y en su patio, bajo la fronda de árboles, se cocinaba a fuego lento bajo la mirada acuciosa de Alejandro Obregón, un encargo para el nuevo edificio de Telecom: un cóndor majestuoso en las volumetrías creadas por el pintor.
Para esos tiempos Obregón se había mudado a Cartagena y cuando llegaba de visita a Barranquilla se alojaba en el apartahotel Vallclaire, ubicado la calle 72, justo frente a un ala lateral del Hotel El Prado, construido por su familia entre 1928 y 1930 y donde residía todavía su padre en una inmensa habitación. Por otra parte, en casa de los Lombana con su extraña arquitectura europea, había una especie de buhardilla en el tercer piso desde donde se divisaban techos y árboles corriendo presurosos, en desbandada visual hacia el Magdalena. Allí solía descansar y tomarse sus petacazos de ron arrullado por la fuerte brisa o por los gritos de algunos de los concurrentes cotidianos.
Recuerdo, entre otros; a la figura de su compinche Álvaro Cepeda Samudio y el arquitecto Frank Van Heyl con quien Héctor Lombana tenía una curiosa firma de escultura y arquitectura que ejecutó varias casas, una de ellas la llamada “Picapiedra”, en Ciudad Jardín y otra esquinera en la calle 84 con carrera 56 con reminiscencias de Gaudí, forrada de un deslumbrante estuco blanco y una especie de torreta decorativa que parecía sacada de algún manual de arquitectura bélica.
El Telecóndor, tal como lo bautizó una de las hijas de Héctor Lombana, pesado, macizo, fue obligado a volar por primera y única vez en su vida cuando un helicóptero lo trasladó; en medio del ruido y bullicio de la vecindad, desde su lugar de fundición hasta posarlo en su nuevo nido en la plazoleta del edificio Telecom. Lombana, para los que no lo conocen, es el autor de las esculturas negroides de la India Catalina y los Pegasos; esos caballos alados míticos en el muelle del mismo nombre cerca al centro de convenciones de Cartagena de Indias.
En ese mismo año 1969 Alejandro Obregón participó en el rol de un Mayor del Ejército Inglés en la filmación de ‘La Quemada’, dirigida por Gillo Pontecorvo, con las actuaciones de Marlon Brando y de un joven actor palenquero, Evaristo Márquez. Pontecorvo venía precedido de un bien ganado reconocimiento internacional por la película ‘La Batalla de Argel’ (1966), basada en la historia de la independencia de Argel en 1962 del colonialismo francés. Total, Alejandro Obregón fue entrenado para su papel por Salvo Basile apareciendo con sus arreos militares, tricornio, catalejo, cabalgando raudo por las plantaciones de azúcar en el plan de sofocar, junto al aventurero William Walker (Marlon Brando), las insurrecciones cimarronas de la isla Queimada.
Después de 13 años veo otra vez a Obregón. Esta vez en una gran retrospectiva de su obra en el recién inaugurado edificio Avianca, diseñado por Germán Samper, con su amplio Salón Cultur
al del tercer piso. Obregón visita su ciudad desde la apertura el viernes 13 de abril de 1982 ofreciendo una rueda de prensa llena de colegas pintores, periodistas, autoridades, invitados y curiosos. Se encerró, botella de vino en mano, en las oficinas, mientras pasaban, de uno en uno, todos a ofrecerle los correspondientes respetos y felicitaciones. El acto de cierre fue igualmente apoteósico, el 30 de mayo de 1982 ante un público que lo ovacionó largamente mientras Obregón, sonriente, alzaba las manos.
El 11 de noviembre de 1992 fallece. Es sepultado en el Cementerio Universal, de la Sociedad Masónica Hermanos de la Caridad en donde se encuentra vinculado mi padre en calidad de directivo. El mausoleo de los Obregón, con toda la familia resguardada en una catacumba, es pieza obligatoria de los visitantes en los recorridos por las callejuelas del camposanto con su ángel custodio de mármol en la puerta señalando la índole de sus oficios celestiales.
En el año 2001 el escritor y periodista Heriberto Fiorillo emprendió un grandioso proyecto. La reconstrucción minuciosa en un libro del famoso sitio de encuentros de intelectuales y cazadores ‘La Cueva: Crónicas del Grupo de Barranquilla’, ilustrado con profusas fotografías del archivo de Nereo López. Allí fungí de asistente periodístico e investigador en el que por supuesto, Obregón y su llave Álvaro Cepeda son figuras cimeras. Con mayores conocimientos del tema, exploré las noches de todos estos personajes culturales tras las juergas de La Cueva llevado de la mano de testimonios y escritos de Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda y Alfonso Fuenmayor, que luego plasmaría en un proyecto ganador de beca de periodismo cultural del Ministerio de Cultura en 2002, convertido luego en un libro con el sugestivo nombre de ‘Polvos en La Arenosa’.
En el 2012 trabajaba en una empresa editorial que contribuí a fundar con Samuel Minski llamada La Iguana Ciega. La idea era presentar en esos proyectos culturales la historia del Caribe resaltando sus artífices creadores tal como Antonio Peñaloza, Nelson Pinedo, Pacho Galán, Joe Arroyo y por supuesto Alejandro Obregón. Para evadir los encasillamientos, ya que el pintor era figura principal de varios libros, ensayos y artículos de revistas, decidí situarlo únicamente en su periplo vital local. Todo lo que sucedió en la ciudad con sus rutas, obras, amores y proyectos quedó descrito con minucia en el libro ‘Obregón en Barranquilla’.
Digamos que la investigación de ese libro me llevó, tal Lazarillo, a lugares, amigos,amantes, parientes del pintor; entre los que se encontraba su hijo Rodrigo, recientemente fallecido,con quien sostuve una relación amistosa y respetuosa pese a encontrarnos en las antípodas ideológicas. Así escribí sobre la casa de su madre, Sonia Osorio, en los acantilados de Pradomar donde Obregón pintó dos murales y que Rodrigo planeaba convertir en una especie de amplio y panorámico museo refrescado por las brisas que se cuelan por sus intersticios auspiciado con el rumor permanente del cercano oleaje marino.
Cuando falleció Sonia Osorio, Rodrigo quedó con la misión de proseguir con el Ballet de Colombia.
Con ellos estuve, en su sede de Chapinero Alto en Bogotá y en los carnavales de 2017, cuando consiguió patrocinador para desfilar en la Batalla de Flores del Recuerdo en la carrera 44, con una carroza, músicos y su cuerpo de bailarines. Adelante, de abanderado del ballet, Rodrigo con un pesado estandarte con la foto de cumbiambera de su madre, sudando a mares, mientras hablábamos en el recorrido de Alejandro Obregón en La Tiendecita, de las calles del barrio Boston, El Prado y de los conspicuos bares esquineros desaparecidos del Barrio Abajo.
No he conocido a un hijo más desesperado en recorrer –y recoger- la memoria de su padre que Rodrigo. Andaba con una camarita de vídeo y cada vez que un alma aventurada lo mencionaba, presto la sacaba para “imprimir” su testimonio que celosamente depositaba en sus archivos. Un día hicimos un recorrido por las obras públicas y algunas privadas de su padre en Barranquilla. En dos o tres de ellas, se le salían lágrimas recordando las veces que se escapó del país a vagabundear a Europa, ante el terror de Sonia y la mirada socarrona de Alejandro: “Déjalo que él se sabrá defender”. Otra vez, y a esa aventura le saqué el cuerpo displicentemente, pretendía internarse en las lomas cercanas plagadas de culebras de Puerto Colombia en un regodeo circunvalar tipo explorador para rememorar sus días de niñez de la mano diestra de cazador de Alejandro.
No sé en qué causa quedé matriculado como eficiente voz testimonial de Alejandro Obregón, hecho que en cierta forma es una continuación de mis contactos vitales con su vida y obra. Uno de ellos, reciente, fue plantado frente al telón de boca del Amira de la Rosa con una escrutadora cámara repasando la historia del caimán sátiro persiguiendo con desespero glotón a ninfetas desnudas que huyen horrorizadas por las paredes del salón del edificio del Banco de la República. Conté allí sus historias, sus talleres en Barranquilla en los edificios Continental, Muvdi, en la empresa de plásticos de su hermano Pedro cerca a la Vía 40, sus exposiciones, casas, la gestación de su obra ganadora Violencia, una de las 10 principales del arte colombiano y sus murales en Juan de Acosta y Barranquilla.
Sigue pues, vivo en sus 100 años el artista Alejandro Obregón, contándonos a través de trazos fuertes de color la maravillosa fauna y flora atrapadas en pinturas, esculturas y murales.






















