por Angélica Santamaría, Psicóloga
Desde la aparición de la vida humana en nuestro planeta, nuestra historia ha sido de lucha por sobrevivir en entornos adversos. Se necesitaron miles de años para llegar al sedentarismo, y formar los primeros asentamientos que fueron el germen de las ciudades. De ese modo, la vida en grupo y el refugio protegían de la muerte.
El recorrido hasta nuestros días ha sido largo y lleno de acontecimientos. En el medio, guerras y confrontaciones, también epidemias (pestes) que en sus tiempos obligaron al encierro. En términos de evolución es posible que nuestro cerebro no haya avanzado tanto como quisiéramos creer. Ya no somos cavernícolas, es cierto, pero seguimos siendo cavernarios, vivimos en casas o apartamentos, nuestro instinto de refugio ante amenazas se mantiene. Se huye para buscar refugio. Por ejemplo, durante la segunda guerra mundial familias enteras se refugiaron en sótanos durante casi dos años, sin electricidad, escasa agua, alimentos y comunicación. Lo novedoso en la presente situación está en dos cosas: una es la globalidad, todos los países al mismo tiempo. Lo otro es lo invisible y silencioso del enemigo biológico, al punto de algunos dudar de su existencia al no alcanzar a verlo o sentir de cerca sus estragos. Esto desorienta el cerebro. Pero el cerebro también tiene capacidad de adaptación, y este es el pilar de la evolución.
Hoy contamos con tecnologías de comunicación, televisión, internet, música, alimentación, servicios (agua, electricidad) que para parte de la población amortiguan «el golpe» de la situación actual, pues para todos no es igual. La incertidumbre generalizada, dificultades económicas, soledad, distancia, enfermedad o muerte de seres queridos, son pruebas de esfuerzo mayor en lo emocional y mental. La ansiedad se dispara y los ánimos flaquean, aún en personas psíquicamente «sanas», que puede afectar la convivencia en familia, pareja o relaciones laborales. No somos ni tenemos que ser invulnerables. Aquí la comunicación y expresión de emociones, el ejercicio, esparcimiento dentro de lo que el confinamiento permite, los cimientos espirituales ayudan al balance psicológico necesario para salir adelante.
En personas con una alguna condición, trastorno o disfunción psicológica de base la situación actual puede ser un detonante para que la ansiedad se salga de control, de manera que necesitan atención con quienes tienen vínculos de afecto, y seguir sus tratamientos de terapia y/o medicación bajo supervisión de un especialista.
La solidaridad de quienes están más fuertes con quienes no, es vital. Acompañarnos, comprendernos, no juzgarnos, empatizar. Entender que nos necesitamos unos a otros para crear una cultura de valores más a favor de la vida en el futuro, de las generaciones por venir, y que así valga la pena el sacrificio que hacemos los que vivimos el momento histórico actual.
P.S.: Queda pendiente hablar de quienes están en primera línea de batalla: personal de salud, científicos y líderes, que tienen en sus manos las decisiones complejas.