Hoy he vuelto a mi pueblo
por Margarita McCausland
Un reportaje que hicimos al restaurador de una casa situada cerca del muelle de Puerto Colombia -que vive y disfruta el reconocido artista plástico Alex García- me transportó a mi primera infancia. Allí cerca estaba la casa donde «temperábamos» religiosamente durante años, del primer al último día de vacaciones.
Sentí con fuerza ese rumor de olas que me ha perseguido por todos los sitios a donde me llevó el destino, y que me hizo regresar después de muchos años. Ese olor salitroso que traía la brisa; la leche acabada de ordeñar que llegaba con la luz del día en un enorme calambuco (nunca éramos menos de 20 en nuestra casa Nilo); el helado mas rico que me he comido (de arequipe); las madrugadas en la playa armados con las grandes latas de galletas que se desocupaban a diario, recogiendo con ellas los cangrejos del arroyo cercano; las otras removiendo con los pies la arena rítmicamente, haciendo brotar los chipichipis para el arroz del mediodía; las chubas que quedaban después de hervirlos, y que usábamos para decorar los objetos que hacíamos con barro fresco; los enormes salvavidas que mi papá nos fabricaba con neumáticos de llantas de avión, con los que nos imaginábamos en el barco del abuelo; y aquellas noches de cine en el teatro sin techo o mejor, con un techo de estrellas, que llenábamos casi por completo los vecinos Mancini Alzamora y nosotros; había que avisar con anticipación, porque cuando íbamos quedaban muy pocos puestos disponibles! Una época en la que un inocente beso era tan aplaudido que obligaba al proyeccionista a detener la máquina, retroceder la cinta y volver a pasar la escena, lo que ocasionaba una gran algarabía entre el público. Y después, lo mejor: los fritos donde Aquilina, a donde también teníamos «palco», porque una comparsa tan grande siempre era bienvenida!
A medida que iban naciendo los nietos de esa mujer incansable que llegó de Girardot solo con lo que traía puesto, y terminó, a punta de arepas y carimañolas, dueña del Hotel Puerto Colombia y de toda la cuadra, los iban bautizando con los nombres de mis hermanos mayores; y ellos, desde luego eran sus padrinos y madrinas.
A veces se nos unían los primos De la Espriella Ossío, y entonces había mucha música. De hecho, Alfonso le compuso -con su primo Eduardo Cabas- una bellísima canción a Puerto Colombia.
También de ese saco de recuerdos salieron don Angelo y doña María Bonfanti, con su fabuloso Hotel Esperia; aunque no me tocó ya la mítica terraza marina con su fondo de vidrio de la que tanto hablaban los mayores.
También frecuentábamos el Hotel Pradomar, en cuya playa nos bañábamos mientras preparaban las delicias de mar que servían.
Puerto Colombia y Barranquilla, siempre unidas en mi corazón. Las quiero por igual.
Y ambas están «florecidas». Hay que ver la nueva cara que se está dando al municipio por donde entró un gran porcentaje de los inmigrantes de este país nuestro. Puerto Colombia es nuestro Ellis Island.
Su plaza principal es un jardín exhuberante y la Fundación Puerto Colombia le ha dado un enfoque a la cultura participativa que ha llevado a los porteños un soplo de aire fresco, desarrollando en todos un enorme sentido de pertenencia, con herramientas tan primarias y cálidas como el voz-a-voz que congrega permanentemente a pescadores, loteros, artistas locales y extranjeros, alrededor de todas las manifestaciones imaginables.
Mi más vívido recuerdo, sin embargo, es mas reciente: un día invité a Meira Delmar a conversar al pie del muelle, que se convirtió en la mas agradable tertulia, a la orilla de su mar y de mi mar, a un paso de donde ahora comienza un paseo sobre un malecón que no existía entonces, con bancas intervenidas por artistas y que le habría gustado mucho a esa poeta gloriosa, también hija de inmigrantes.
Fue un día inolvidable, como refleja esta foto que atesoro, las dos paseando descalzas.
«De tanto quererte mar
el corazón se me ha vuelto marinero», escribió Meira en su poema «Verde mar».
El viejo muelle
por Meira Delmar
Hace poco, por fina invitación de la periodista Margarita McCausland, estuve recorriendo el viejo muelle de Puerto Colombia. Sólo con verlo, de entrada, sentí que me invadía una oleada de nostalgia. Inicié la caminada con el mismo asombro que solía acompañar mis pasos chiquitos cuando, siendo niña, anduve por su mole una y cien veces. Sí. Con el mismo asombro.
¿Cómo lo hicieron? ¿Con qué mágicos conocimientos los hombres encargados de construirlo clavaron en el fondo del mar profundo los pilotes de hierro y concreto que habrían de sostener su andadura?
A finales del siglo pasado, el siglo XIX, distantes aún los recursos de la tecnología actual, esta obra de alta ingeniería, dirigida por el genial cubano Francisco Javier Cisneros, mereció entonces, y sigue mereciendo hoy, el calificativo de colosal. En aquel ayer que evoco, y conmigo seguramente muchos de los barranquilleros que por azar me lean, el muelle era algo así como el emblema del progreso de Colombia, una prueba evidente de lo que sus hijos podían aportar al mundo contemporáneo, presencia anticipada de un futuro que se presentía rico en realizaciones.
Los transatlánticos venidos del mundo exterior atracaban a diario en sus cabeceras, y las compañías marítimas que operaban en Alemania, Francia, España y los Estados Unidos mantenían trato permanente con el país, a través de ese pequeño y gran puerto que lucía con orgullo el nombre de la patria. En efecto, fue por Puerto Colombia por donde llegó a nosotros el empuje de la modernidad. Los inventos que por entonces comenzaban a transformar la vida del hombre con innovaciones que la harían más fácil y grata, fueron entrando con fuerza cada vez mayor a nuestro entorno, y ya en las primeras décadas del siglo XX Colombia disfrutaba de eficaces medios de comunicación, empresas bien montadas de servicios públicos y numerosas fuentes de trabajo, como también de comodidades que iban en aumento al paso de los días.
Valga aquí señalar que el primer vuelo de correo aéreo cumplido en América del Sur, fue el que hiciera -no en forma oficial sinó mas bien como en un gesto romántico- el audaz aviador estadounidense William Knox Martin, al transportar de Barranquilla a Puerto Colombia una talega de cartas dirigidas a algunos veraneantes que se encontraban allí de temporada. Las cartas llevaban una estampilla conmemorativa con la fecha del 18 de junio de 1919. Todo lo dicho y aún más, significó el muelle para la región, y para el resto de Colombia.
Pero, al margen de su trascendencia y de la acción civilizadora ejercida por él desde su inauguración el 15 de junio de 1894, el muelle tiene otros atributos, vivos en la memoria de los que una vez fuimos niños en su vecindad.
Por aquel tiempo la población de Puerto Colombia, a sólo unos veinte minutos de Barranquilla, se había convertido en el mejor balneario del litoral Atlántico. Agradables y excelentes hoteles albergaban, en las vacaciones de julio y diciembre, a una chiquillada que se entretenía en interminables baños de mar, excursiones por los cerros cercanos y «last but not least», visitas a los barcos que tradicionalmente demoraban en la punta del muelle. Armados con el tiquete adquirido en la oficina de la Aduana Portuaria, los pequeños abordábamos el trencito que hacía la ruta del largo puente, y apenas llegados a nuestra meta ascendíamos por la escalerilla móvil que incitaba por sí sola a nuestro espíritu de aventura con la sensación de peligro que nos daba su tambaleante estructura.
Una vez arriba, emprendíamos la exploración del paquebote, hasta encontrar ¡oh delicia! el almacén de las golosinas, donde nos abastecíamos de los más exquisitos chocolates de las más renombradas marcas, galletas, confitería, en fin, cuanto pudiera satisfacer nuestro apetito de disfrute. Claro que también nos atraía la tienda de los juguetes, y éramos las chicas las que casi siempre regresábamos con una linda muñeca entre los brazos. No recuerdo bien si los varones hallaban asimismo el juego desconocido que colmara sus deseos.
Esos periplos de un barco a otro de diferente nacionalidad, constituían sin duda la más atractiva parte de lo que llamábamos «temperar», o sea cambiar la ciudad por la playa soleada y vibrante de gaviotas, golondrinas y alcatraces.
Después un día, «de cuyo nombre no quiero acordarme», todo cambió. No hubo más bahía ni Isla Verde, ni muelle ni barcos ni marineros por las calles del pueblo. Se dieron muchas razones para lo sucedido. Unas plausibles. Otras no tanto. Y quizás lo más prudente sea guardar silencio ante la desaparición de aquel modo de vida irrepetible.
De mi última visión del muelle la mañana en que fui a verle en compañía de Margarita McCausland, me queda una tenaz melancolía. Porque fue como encontrar el envejecido retrato de una persona amada. El tiempo, el abandono, el polvo del olvido suelen borrar casi del todo rasgos y expresiones. Lo que perdura es, si acaso, una imagen ausente. Y, sin embargo, hermosa.
(1° de junio de 1997)