La eterna reina del bullerengue
Colaboración de
Félix Carrillo Hinojosa
Los tambores siguen sonando en nuestro territorio, en honor al zambo, al mulato y a un proceso de mestizaje, que viene a ser la síntesis de unas diversas corrientes migratorias, cuyas veinte o más mezclas, nos dan ese colorido, base de la diversidad que tiene Colombia. Eso nos lleva de la mano, al mundo rítmico y dancístico del bullerengue, en el que por tradición, mujeres y hombres han podido mantener ese legado musical, que en el Caribe nuestro se da de manera silvestre.
En medio de ese aprendizaje que pudo vivir, al escuchar a su bisabuela Carmen Silva y a su abuela Orfelina Martínez, quienes al tiempo que hacían sus oficios domésticos, cantaban, danzaban y creaban versos, la mayoría en décimas, reafirmando ese entorno creativo que heredaron.
Su vida no fue fácil, eso la llevó a construir una voluntad férrea y unas ganas de salir adelante. Su tarea diaria como vendedora de dulce en varios pueblos cercanos a su tierra de origen, lavar ropa ajena y hacer por días, los oficios en diferentes casas, recoger y vender la estela de mango regado como bendición y cantar en medio de tanta dificultad, se había vuelto una costumbre que la tocó de tal manera, que un día decidió dejar su mundo anterior, para que su voz y su mente llena de canciones, pudiera hablar por ella.
Ese iniciar con los tambores de Malagana, con Ramón “Pío” Sánchez, Epifanio Martínez, Clemente Pacheco, con quienes se dio a la grata lucha de revivir el bullerengue, ritmo ancestral que con sus variables sentao, chalupa y fandango de lengua, habían caído en olvido, sigue vivo en manos de otros músicos, pero que en su voz no ha perdido vigencia.
“Esas ruedas de cumbia hay que hacerlas conocer”, decía para sus adentros.
Ese ritual que monta al expresar su arte, está lleno de cantos con mucho sentido espiritual, en donde la siembra y la cosecha, son dos tiempos motivantes que elevan el sentido de la vida. Eso lo ha logrado reivindicar, sin necesidad de ir a la escuela, porque no se pudo hacer, pero cuyo aprendizaje de leer y escribir, lo logró muchos años después, con las mismas ganas y naturalidad como si estuviera cantando o haciendo una canción.
Su música ha dado para variados logros, entre otros, ser nominada en dos ocasiones al Grammy como mejor álbum folclórico, por la Academia Latina de la Grabación, con los productos “Canta bonito”, 2003 y “Las penas alegres”, 2010.
Su mundo cimarrón la ha llevado a cantar libre, sin ninguna atadura que le impida a ser, lo que plantea como cantadora, creadora musical de obras, arrancadas de su propio patio como quien siembra pan coger.
El llamado de los pueblos en que ha transitado su vida, la jala como un llamado eterno, “tú naciste para caminar el mundo, pero siempre serás de acá. De aquí no te arranca nadie”, suele repetir mirando lejos, cuando canta en los lugares que nunca imaginó conocer, y luego aterrizar con pasos firmes, su mundo real.
Con sus hijos, nietos y bisnietos, pese a sus difíciles momentos que vive, ha creado un entorno especial, que le da las fuerzas necesarias, para levantarse ante esa dura prueba que con estoico valor asume.
“Un día cualquiera, me descubrieron en Palenquito. Eso hace muchos años. Cada vez que puedo, miro el arroyito que pasa con sus aguas, donde me habla con su música. Cerca de él, quiero que el día que no esté viva, me entierren para sentir su frescura”, dice, como la única manera que tiene, de no desprenderse de lo que en esencia es, una heredera de unas mujeres que como ella, le apostaron a cantarle a la vida.
Ese cantar bullerengue es una marca, que vio en su padre, creador de muchos obras perdidas en los vericuetos del tiempo, en donde las dobladoras de tabaco, las hacedoras de ollas de barro, las cocineras y barrenderas, dosificaban esa dura labor con las melodías de sus ancestros. Esa fue su escuela. Esa es la Universidad que la graduó con honores, la que supo de su existencia, al verla con sus hijos en su sueño de hacer en 1995, “El Folclor vive”, su primer producto musical, al que le siguió “El destape del folclor”.
Un día le llegó un golpe lleno de dolor, al ver partir a su hijo, quien hizo parte de la danza de negros, a quien después de un silencio de varios años, le compuso “Rama de Tamarindo”, que en su honor, decidió cerrar cada uno de sus conciertos, para que su voz fuerte y su risa mágica se restableciera y llegara lo que la vida le tenía preparado.
En 1997, con sus 58 años acuesta, Lissette Lemoine, un ángel venido de un lugar lejano, se le apareció con una invitación que la dejó sin nada que decir. Su figura sería como en efecto fue, centro de un documental que narraría su diario cantado a través de “Lloro yo, el lamento del bullerengue”, que la llevó a ser patrocinada por la Radio Francia Internacional, del que surgió el producto “Le bullerengue”, publicado por el sello Ocora, con lo que entró por la puerta grande de la música.
Lo demás ha sido una bella historia cubierta de triunfos, donde muchos mundos y ciudades de colores y luces, se rindieron ante su expresiva manera de manifestar su música.
Grabar en Bristol, Inglaterra, su disco “Bonito que canta”, es una de sus más gratas experiencias, que es tan igual a lo vivido, cuando fue invitada a cantar en el 2002, por Totó la momposina, producto que MTM grabó y que tuvo una de las mejores aceptaciones.
Su figura fue el centro del “Primer festival de músicas y danzas del mundo”, que se hizo en Bogotá. Estar en el “Festival Strictly Mundial” en Marsella, Francia; el “Emociona mujer”, de Madrid, España; el “Encuentro de artes escénicas puertas de América”, México; el “Folk Festival de la ciudad de Vancouver”, Canadá, donde pudo terminar de grabar su álbum “Mi tamborero” que recoge cantos y tambores del Caribe nuestro.
Esos logros no le han cambiado su forma de ser, que cada vez se nutre más, ante el inusitado anhelo de muchos jóvenes de distintas partes del mundo, en tocarla, hablarle y saber más de quién es esa mujer, llena de sencillez, que con su bullerengue metido en su cuerpo, se tomó al mundo.
Esos jóvenes que le acompañan, quieren verla de nuevo en los escenarios, que saben de su talante musical.
Los sonidos del tambor alegre, llamador, gaita, tambora, maracas y totumas, que Álvaro Llerena, Guillermo Valencia, Javier Ramírez, Edwin Muñoz, Luis Castro y Stanley Montero, exponen, siguen vivos esperando el regreso de la reina del bullerengue, que no ha perdido su trono y esencia, cuyo vestido e imagen siguen como el primer día y testimonian el extenso sonido musical, dejado en sus productos “El Gauyú”, “El bullerengue”, “El destape del Folclor”, “La vida vale la pena”, “Bonito que canta”, “Mi tamborero”, “Las penas alegres”, “Petronica”, que le han hecho ganar varios premios como el Shock, Radiocam, nominaciones en nuestra tierra.
Su risa sana, de mujer humilde, llena de sabiduría musical, seguirá cantando sus historias de vida, para bien de los ritmos y danzas musicales de la Patria, cuya imagen le brinda una identidad sin blanqueamiento, a esa rica expresión ancestral que heredó de las heroínas, que le pusieron música a sus pueblos para ganarle al olvido y a todo lo que tenga que ver con tristeza y dificultad”.
Fercahino (Petrona Martínez Villa, nació en San Cayetano, Bolívar, el 27 de enero de 1939. Padres: Otilia Villa y Manuel Salvador Martínez). #RelatosFercahino
*Escritor, Periodista, Compositor, Productor musical y gestor para que el vallenato tenga una Categoría en el Premio Grammy.