Monseñor Víctor Tamayo Betancourt, o Padre Tamayo, o simplemente Tamayito, como lo conocen, es una institución en Barranquilla.
Su trayectoria como sacerdote Eudista ha estado estrechamente ligada a esta ciudad, que ha llegado a querer como a su propia tierra.
Nació en Anorí, Antioquia, donde realizó sus estudios primarios en la Escuela Francisco de Paula Santander. Sin embargo, continuó su formación en el Seminario Menor de Santa Rosa de Osos y posteriormente en el Seminario Mayor de Barranquilla, llamado entonces ‘San Luis Beltrán’, donde residió durante sus estudios de Filosofía y Teología.
Recibió la ordenación sacerdotal el 20 de diciembre de 1964, de manos de Monseñor Germán Villa Gaviria en la Capilla del Seminario Conciliar de Barranquilla. Fue párroco de varias iglesias y se convirtió en Capellán del Colegio María Auxiliadora. Como Párroco de San Clemente Romano, inició un programa de apoyo a familias vulnerables que se convirtió en un modelo para otras parroquias de la ciudad. Su bondad y dedicación a la comunidad irradiaban calor humano. La gente lo buscaba para bendecir su casa, su negocio, su carro; para ayudar a resolver problemas familiares con sus sabios consejos.
Un día, durante una entrevista para El Heraldo, miró su agenda y la tenía llena. Me dijo que quería tener la varita mágica para convertirse en un grillo y poder volar para estar en todos los lugares que lo necesitan.
La entrevista fue porque ese mismo día, el 30 de agosto de 1982, Su Santidad Juan Pablo II lo había nombrado Prelado de Honor. El mismo Papa lo designó más tarde Obispo Auxiliar de Barranquilla, un cargo que le permitió profundizar su compromiso con la comunidad. El 14 de noviembre de 2017, Su Santidad Francisco le aceptó la renuncia como Obispo Auxiliar de Barranquilla, pero él sigue presente en el corazón de quienes tenemos el privilegio de conocerlo.
Tengo en mi mente tres episodios que quedaron grabados y hoy, por primera vez, los comparto.
El único día que lo vi preocupado, casi con lágrimas en los ojos, fue cuando llegó a la Catedral el Cristo de bronce, que hizo el maestro Arenas Betancourt, y tocó partirlo para que pudiera entrar al templo.
Llegué como cualquier curiosa, después de mi horario laboral, a ver el Cristo y lo encontré con los ojos aguados y las manos en la cabeza.
“Lorencilla”, me gritó. “Mañana no podemos inaugurar el Cristo”.
Ya estaba todo listo para esa grandiosa inauguración con titular a 6 columnas en la primera página de sociales en El Heraldo.
No le respondí y salí corriendo para el periódico, que queda a unos pasos de la Catedral. De atrevida paré las máquinas y cambié el título de mi información.
Eso me ocasionó un llamado de atención y, además, una suspensión para el jefe de producción por haberme obedecido y causar un atraso en la salida del periódico al día siguiente.
Pero Monseñor respiró tranquilo cuando le informé que todo estaba solucionado.
Con el tiempo, se convirtió en mi asesor espiritual, ayudándome a entender muchos misterios de la iglesia y a escribir mis reportajes con mayor profundidad. Un día, le pregunté: «Usted debe saber muchos secretos, a través del confesionario». Me respondió con una sonrisa: «No son secretos, son pecados que buscan la absolución.
Por el secreto de confesión, también conocido como secreto sacramental o sigilo sacramental, no puedo revelar bajo ninguna circunstancia lo que un penitente me ha confesado durante el sacramento de la reconciliación. Este secreto se considera inviolable y no admite excepciones”.
Otro recuerdo inolvidable: Cuando empezaron mis despedidas de soltera, hace 36 años, Monseñor me llamó para decirme que me quería invitar con mi novio a almorzar en la parroquia.
Por la confianza que le tenía, le pregunté qué me va a brindar: “Lo de siempre Lorencilla: arroz blanco, fríjoles y chicharrones”.
Es que cuando su empleada hacía este menú, me invitaba a almorzar con la periodista Thirsa Martínez, quien era muy espiritual.
He vivido agradecida por la deferencia que tuvo conmigo y mi esposo Antonio Ballestas. Nos casó en la Iglesia de la Inmaculada Concepción al lado de otros sacerdotes (una exageración) pero era amigos míos y querían estar en la misa concelebrada: Monseñor Vargas Ripoll, los hermanos Carlos y Jorge Becerra, entonces párrocos de la Inmaculada, los padres Gómez, Rocha, Ávila y Ovalle.
Tenía ‘vara alta’ en la Iglesia, época dorada de mi vida.
A pesar de su retiro, Monseñor Tamayo sigue dejando su huella imborrable en la comunidad de Barranquilla. Su dedicación, bondad y compromiso con la justicia social inspiraron a generaciones de personas a seguir sus pasos y a trabajar por el bien común, como Pan y Panela, Fundación que apoya desde sus inicios; y la Catedratón, la iniciativa social más grande de la iglesia católica en Barranquilla y el Atlántico.
Fue un creador de iglesias, entre otras, la Catedral del Sur. Su legado sigue vivo en la ciudad y su cumpleaños 88, se celebra el 20 de julio, día de la Independencia de Colombia.
Texto tomado de la segunda edición del libro ‘Asomándome al periodismo’, de la periodista y escritora Loor Naissir, directora de la revista La Ola Caribe, digital. Este libro se encuentra en impresión.