Como dice Nelson Pinedo:
‘Yo no soy de por aquí… yo soy muy barranquillero’.
por Loor Naissir
Mis padres llegaron de lejanas tierras -El Líbano- y como su religión no tenía representantes en Barranquilla y menos en el pueblo donde vivían, ellos me pusieron en el colegio Santa Teresita del Niño Jesús, de Luruaco, donde las religiosas, en su mayoría, eran de Santa Rosa de Osos, Antioquia, y me inculcaron la fe, la devoción a los santos y el amor a la música sacra y a la colombiana en general. Jamás olvido los bambucos y las guabinas que cantaba a todo pulmón en el baño de mi casa: la versión de Garzón y Collazos “Ven/ ven/ niña de mi amor/ ven/ ven/ ven a mi ranchito/ que te espero con ardor”.
Y el sanjuanero que bailaba en los actos culturales, con los vestidos de campesina que me mandaba a hacer mi querida y amada mamá.
Recordarlos me endulza el corazón, y “no soy de por allá”. Apenas llegaba a mi casa me esperaba un disco rallado de tanto uso. Mis papás lo tenían listo para que sonara en un viejo tocadiscos. Todos los días, el mismo tema y a la misma hora. Se llamaba ‘Bintilyirón Jabibi’; que me disculpen los que hablan árabe, que puedo estar equivocada en su pronunciación. Traducía: ‘la hija de mi vecino, mi amor’; (Mi papá era vecino de mi mamá) Y hasta aprendí a bailarlo moviendo las caderas y levantando los brazos con movimientos cadenciosos que mis papás felices festejaban con carcajadas. Bellos tiempos.
Los complacía para que me dejaran sentar en la puerta de mi casa a escuchar otra música. En una mecedora de madera y con almohada en el trasero para no cansarme me movía sin cesar mientras mis oídos se deleitaban con la mezcla estrepitosa de sonidos.
Una vendedora de buñuelos de fríjol se paraba frente a mí, porque sabía que me gustaba comer a esa hora. Después pasaba el vendedor de mazorca cocida; a la hora de la comida ya no tenía hambre de lo que hacían en mi casa. Me antojaba una chuleta con yuca cocida y me la mandaban a comprar. Me dormía con el estómago lleno y un repertorio de canciones en el oído que salían de tres cantinas.
El bombardeo era de rancheras de Antonio Aguilar y Javier Solís; boleros de Agustín Lara y Daniel Santos; vallenatos de Alejo Durán, Alfredo Gutiérrez, Rafael Escalona, Los Hermanos Zuleta y Jorge Oñate; y al otro lado, la salsa de Richie Ray y Bobby Cruz con su ‘Bomba camará’, que aprendí a bailar con la empleada doméstica y mi amigo de infancia Vicente.
Siempre me acuerdo del bolero ‘Señora Bonita’, que le dedicaba un señor a una mujer casada cuando ella pasaba frente a la cantina. Y ella contorsionaba su cuerpo al caminar porque sabía que era para ella.
Cuando me fui a terminar el bachillerato a Cartagena, en el Colegio Biffi, de la religiosas Franciscanas, una compañera de clases me preguntó un día: ¿qué música te gusta? Le contesté: toda!!! Cada una tiene un espacio en mi corazón y a todas les guardo respeto. Me encanta hasta la llanera.
En Cartagena oí por primera vez el rock y lo aprendí a
bailar viendo a las amigas. Luego llegaron la samba, la lambada y la música disco con la pareja inigualable de John Travolta y Olivia Newton-John. El twist le decía adiós a la juventud, pero me gustaba y lo bailaba con mis primos mayores. Ellos se reían de mis movimientos de piernas.
Mi llegada a Barranquilla fue traumática. Al comienzo no me amañaba, pero años después, cuando empecé a cosechar amigas y a escuchar ‘En Barranquilla me quedo’, del inolvidable Joe Arroyo, supe que esta ciudad es única y tiene un no sé qué que la hace atractiva.
Aquí me quedé, aquí me enamoré y me casé, aquí me he realizado profesionalmente. Aquí conocí el Carnaval de la mano de mi esposo, quien es el típico barranquillero, ñero: a quien le encantan los bailes de bordillo y comer sancocho de guandul y de mondongo; y pescado en cabrito, donde su amigo y colega el Chino Chois, quien tiene un picó con una selecta música de todos los tiempos, desde merecumbé hasta boleros, porros, vallenatos, salsa…
A las cantadoras de bullerengue las conocí cuando era niña, en los fandangos que hacían en mi pueblo.
Me iba con la empleada doméstica a verlas cantar y bailar con velas en una mano y con la otra agitando las polleras.
Bellas estampas en mi mente. La balada llegó a mi vida para quedarse para siempre: Rafael, Nino Bravo, Camilo Sesto, Roberto Carlos, José Luis Perales, Rocío Dúrcal y pare de contar.
Por mi ejercicio periodístico he tenido la oportunidad de conocer de cerca a muchos de los artistas famosos; entre ellos; a Julio Iglesias, Rafael, José Luis Perales, Nicolás Tovar, Maía y Shakira, a quien vi crecer y cuya música llevo dentro de mi.
Adoro el vallenato como si hubiese nacido en Valledupar y la música cubana desde siempre; hace poco hice realidad el sueño de ir a Cuba y bailar ‘Un montón de estrellas’, de Polo Montañez en la Bodeguita del Medio, uno de los sitios obligados para visitar en La Habana.
Quiero reconocer que el merengue lo saborié como es debido cuando Enrique Chapman empezó a traer las orquestas al Carnaval; entre ellos, Milly, Jocelyn y Los Vecinos, quienes popularizaron La Guacherna, de Estercita Forero.
Estoy cansada de bailar. Cedo el turno. Porque ahora viene la música urbana, que no sé bailar, pero me está gustando la de Nicky Jam.
Se me quedaba por fuera la música electrónica; hay que cogerle el gusto para apreciarla.
Vivo enamorada de la música, porque además del amor de mi familia, es lo único que me levanta el espíritu cuando alguien hiere mi corazón.
Viva la música!