por Loor Naissir
Cuatro estudiantes de la carrera de Negocios Internacionales me entrevistaron para saber cuáles eran para mí las cualidades de un emprendedor.
Se las enumeré con ejemplos de mis propias vivencias.
La primera es sin lugar a dudas la pasión . Y ésta la heredé de mi madre, fallecida hace dos años y medio. Jamás lo había reconocido hasta ese día; y lloré al recordarla.
Ella llegó de 18 años, de El Líbano, ya casada, y sin saber leer, hablar, ni escribir español. Solo árabe y su segunda lengua: francés, el cual le abrió las puertas a América.
Cuando aprendió a reconocer las monedas y los billetes, a cortar tela y algunas palabras suficientes para entender, mi abuelo (su papá) le abrió un pequeño almacén. Mi papá desde que llegó se dedicó a la ganadería y a la agricultura.
Le puso tanta pasión y empeño que a los pocos meses le dieron un crédito en la Caja Agraria, el único banco en Luruaco, población del Atlántico, donde se afincaron. Y con ese almacén, aunado a los esfuerzos de mi papá, nos educaron a los cuatro hijos, todos profesionales. Recuerdo que mi mamá se despertaba a las 4 de la mañana, oraba en árabe, y pasaba por cada habitación a darnos la bendición. Nuestra casa era de dos pisos. Bajaba a la cocina y empezaba a moler el café, le encantaba hacerlo.
Después lo cocinaba en una olla grande, para llenar cuatro termos. El aroma se metía a los cuartos y nos despertaba, así como el cocoroyó al unísono que cantaban los dos gallos que tenía en el patio, junto a las gallinas que ponían huevos todos los días; y Tomasa, la empleada doméstica, me llamaba con una algarabía para que los viera en sus nidos.
“Bonjour” (buenos días en francés); nos saludaba con un acento suave y amoroso y un abrazo que jamás se olvida. Después, con la ayuda de Tomasa, una morena grande y hacendosa que le enseñó a mi mamá muchas palabras en español, nos bañaban con agua del aljibe, nos vestían y nos embadurnaban de polvo blanco -oloroso- en el pecho para que no nos diera calor; y nos preparaban el desayuno, a la carta; lo que cada uno quisiera.
Mi papá se iba bien temprano a la finca, que fue su gran pasión. No le gustaba el negocio del almacén.
Mientras desayunaba veía a mi madre hacer su primera venta. Cuando llegaba una persona ella no le preguntaba qué quería comprar, sino que de entrada le decía: “Le provoca un tinto? Está calientico” ¿Quién no compra con esa amabilidad? Esa fue la primera pasión que vi en mi vida.

El ingenio. Pues sí. También lo descubrí en mi madre, quien solo hizo hasta quinto de primaria. Demasiado estudio para una mujer en su época y en una sociedad machista.
Si por ejemplo llegaba una compradora con una muestra de una tela a cuadros, el nuevo uniforme del colegio, mi madre le decía: “Hoy no la tengo, pero mañana sí. Déjame ese pedacito de tela y vienes mañana por la noche. Mi mamá cerraba el almacén a las 7 p.m.
Vivíamos en el segundo piso de una amplia casa a orillas de la carretera de la Cordialidad y con un patio con árboles frutales: granadilla, limón, guayaba, y uva, que sembraba sobre un tejado.
Al día siguiente venía a Barranquilla a buscar la tela. Mi papá la acompañaba cuando podía. Generalmente estaba ocupado en la finca, donde tenía vacas lecheras y sembraba algodón, actividad que hizo durante muchos años y lo llevó a la quiebra por la plaga que le caía al sembrado y el precio que le ponían.
Mi mamá compraba suficiente tela a cuadros como para vestir a todas las niñas del colegio.
Un día le dijo a mi abuelo (su papá) que iba a diversificar la mercancía y empezó a vender camisas y pantalones de hombre, zapatos para ambos sexos; y como era vanidosa, ponía a la moda a las mujeres del pueblo vendiendo aretes, collares, pulseras, polvos y colorete (rubor).
Otra cualidad: ser una esponja.
Así era ella. Una esponja. Aprendía todos los días de la gente que llegaba a comprar o a tomarse un tinto.
Una vez la sorprendí bailando detrás de una puerta ‘la pollera colorá’, que tanto le gustaba. No quería que la vieran, pero aprendió a dar los pasos. Fui la única de mis hermanos que trabajó de empleada; ella siempre me decía que quería que yo tuviera mi propio negocio como los demás.
Atreverse es otra cualidad de un emprendedor.
Hay que lanzarse al ruedo, sin miedo, con la certeza de que todo va a salir bien. Nosotros le cerramos el almacén cuando cumplió los 75 años para que pudiera gozar su edad dorada; pero no fue bueno para ella porque le entró una gran tristeza.
Todos los días decía que le abrieran un negocio. Hasta el último día de su existencia abrigó esa esperanza. La pasión jamás murió en ella.
Si una mujer que era extranjera, que no hablaba el idioma local con fluidez, y sin título de bachiller, pudo sobresalir en los negocios, ustedes también lo pueden hacer, le dije a las estudiantes.
Pasión, perseverancia, ingenio, osadía y mente abierta y de esponja. En mi concepto, estas son las cualidades esenciales de un emprendedor.