por Angélica Santamaría, Psicóloga
La vida es una ruleta. Se lo escuché a una ancana sabia que pedía un poco de comida en una calle.
Cuando tomamos decisiones definitivas como contraer matrimonio, lo hacemos convencidos de que todo resultará bien. En el camino todo cambia, hay dificultades de diferentes colores e intensidad.
Algunas parejas persisten a su modo en “salvar el matrimonio”. En algunos casos las crisis son superadas y se sale de ellas con una relación fortalecida. En otros, la crisis se mantiene y hay puertas que al cerrarse revelan una intimidad llena de desencuentros, soledad y desdicha, tanto para la pareja como para los hijos.
Hay casos dolorosos, pero de cualquier modo respetables. También hay quienes con el costo de dolor que implica, deciden ponerle fin a situaciones de convivencia destructiva, y volver a empezar, algunas veces en soledad. Otras veces buscando sacar adelante una nueva relación. El reto no es fácil, pero de cualquier modo, también respetable.
Una primera lección posible es NO JUZGAR. En la ruleta de la vida hay demasiadas vueltas y “nadie sabe con la sed que bebe otro”, decían las abuelas. Más allá de los formatos sociales o morales, desconocemos la historia profunda de quienes nos rodean. Nadie está exento de una experiencia de ruptura. Otra lección necesaria es RESPETAR. Sólo quienes lo han vivido saben lo que se necesita para reconstituir la vida de pareja, y más aún una nueva familia. La buena noticia es que sí se puede. Como seres humanos no estamos condenados a la infelicidad, y sí, es cierto que se necesita un toque de rebeldía y mucho valor para hacerle frente a presiones provenientes de distintos lados. Los nuevos comienzos, las segundas oportunidades son un regalo que merece aprecio, y si es necesario, hay que defenderlo.
Y una más, PASAR LA PÁGINA Y CONTINUAR, por los hijos si los hay, por nosotros mismos. Vale recordar aquel pasaje bíblico de la mujer de Lot: es necesario renunciar al pasado si no queremos convertirnos en estatuas de sal.