por Enrique Dávila Martínez
Hace poco leí que en los gimnasios hay un setenta por ciento más de inscripciones a comienzos de año, lo que traduce que esos establecimientos hacen su agosto en enero. Ya en febrero bajan las inscripciones, que en marzo se sitúan en sus niveles normales. Aunque paguen uno o más meses, algunas personas solo asisten la primera semana, otras cumplen a duras penas el mes, otras más alcanzan a coronar tres, y solo el ocho por ciento completa el año. Casos similares a este hay muchos en Año Nuevo, época en que la gente se traza metas, como la adquisición desde una batería de cocina hasta una casa; o de bienes intangibles, como nuevos hábitos de vida que nos ayuden a ser más exitosos, más sanos, más apuestos, más felices, más bondadosos incluso. El año que se va cancela la puerta de las metas incumplidas y abre las de un nuevo comienzo, en el que aparecen los mismos deseos generalizados, las mismas promesas: voy a adelgazar, a dejar de fumar, a beber con moderación, a pagar deudas o ahorrar, a estudiar algo más, a estresarme menos, a hacer obras sociales… Por eso, los 31 de diciembre y los primero de enero son el tiempo más propicio para los nuevos propósitos, aunque, casi siempre, al cabo de pocos días, estos se van quedando por ahí y luego se olvidan. Son metas ideales que la gente persigue y cree capaz de plasmar, si bien el entorno de la cotidianidad impone otra cosa; lo cual, aunado a la carencia de una voluntad férrea, hace que ante la proximidad del nuevo año el corte de cuentas se quede en ilusiones, en pequeños aplazamientos (comenzaré la dieta mañana, este es el último paquete que me fumo, etc.). ¿Por qué en Año Nuevo la gente hace propósitos en apariencia serios y firmes para vivir mejor, pero al final son solo buenos deseos? Porque en cada comienzo de año, por lo general, las personas están exultantes, optimistas, esperanzadas; porque el Año Nuevo ofrece posibilidades de recomienzo, de conductas novedosas, de cambios o de reconstrucción de nuestras vidas. No importa que, rendidos, las metas no se cumplan o que las olvidemos, pues lo importante ha sido haber tenido sueños y habernos creído capaces de plasmarlos.
Si la mayoría de tales metas no se cumplen es porque se trazan con cierta ligereza, y luego nos damos cuenta de que hacerlas realidad entraña algún grado de dificultad para el que no estamos preparados, pues no contamos con la disciplina ni con la capacidad ni con la paciencia requeridas, y no tenemos en cuenta que “en el momento menos pensado salta la liebre”, pues solo basta que alguien saque un paquete de cigarrillos para pedirle uno; o que se atraviese una invitación de la pandilla de amigos en la que habrá profusión de whisky; o que el pariente glotón y espléndido, recién llegado de otra parte, invite a un lugar donde sirven comidas perjudiciales, pero exquisitas.
Por eso, es importante no recargarnos con muchos propósitos y metas, e inclinarnos por unos pocos relevantes, siempre teniendo conciencia de que es muy posible que no se cumplan. Pero si, pese a todo, nos empeñamos en cumplirlos y en hacerlos exitosos, esos deseos deben estar sujetos o acordes a nuestras capacidades y perspectivas. Es decir, se debe hallar la medida para que sean retos reales que podamos cumplir, y vislumbrar los caminos que vamos a recorrer portando métodos y tácticas para coronarlos sabiendo que al final se habrán dejado los viejos hábitos de toda la vida y se habrán establecido los nuevos, que entonces no nos lucirán, precisamente, ni ambiciosos ni irrealizables.