Cuando niña, me peleé con el cura de mi pueblo, Luruaco, porque no quería cambiar mi nombre. Al bautizarme, mis padres le dijeron al sacerdote que me llamaría Laure (en francés, y su pronunciación en árabe Loor), pero él estaba tan viejo que entendió Lot. A los siete años fui objeto de todas las burlas en el colegio porque ese nombre “era de hombre”, y entonces le pedí encarecidamente al sacerdote que me pusiera el nombre como era.
Él aducía que era un sacrilegio cambiar lo que se había escrito en ese libro sagrado (el de los bautizos). Esa explicación me llenó de indignación y, a sus espaldas, recurrí al secretario.
Le lloré y le ablandé el corazón. Logré lo que quería. No puse Laure, sino Loor porque en español significa amor, alabanza… Pero este nombre también se convirtió en otro calvario.
Cuando discutía con alguna compañera me gritaba “loro… lora…”. Y me ponía a llorar. La incomodidad continuó en mi vida adulta: cuando me presentaba en un coctel o en cualquier evento social. Decía clarito: “Mucho gusto, Loor Naissir”. “¿Cómo…?”, me respondían, “¿Lorna? Lourdes?”.
En mi vida profesional aún recibo tarjetas que dicen: “Señor Loor y señora”. Recuerdo que cuando empecé a escribir, el director del periódico me sugirió que utilizara un seudónimo como Carmen, María… porque mi nombre era muy raro y muy difícil de aprender.
Lo complací un par de meses con el nombre Loren, en honor a la célebre actriz Sofía Loren, a quien siempre he admirado.
Un día mi madre me preguntó que si yo no valoraba mi nombre, y fui entonces a donde el director y lo convencí de que mi nombre era mi identidad.
Cuando mi esposo se fue a inscribir como candidato al Concejo de Barranquilla me llevó como testigo.
La registradora de entonces me preguntó mi nombre y cuando escuchó “Loor Naissir” me pidió la cédula poniendo cara de incrédula y levantando sus cejas; al cerciorarse de que era yo, me dijo. “Yo creía que este nombre era artístico, inventado”. Y ese día me sentí por primera vez orgullosa de mi nombre.
Otro día fue cuando le pasé un mensaje a mi esposo, cuando era mi novio, antes de que aparecieran los celulares, en la época de los beepers. Le dije mi nombre a la recepcionista, y ella exclamó emocionada:
–¿Usted es en persona Loor Naissir?
–Sí, la misma.
–¿La que escribe en el periódico?
–Sí –le afirmé nuevamente.
–Pues le cuento que estoy a punto de dar a luz, y lo que venga se va a llamar como usted.
–Póngale solo Loor, porque mi nombre es ambiguo. Pero Naissir es mi apellido
–le sugerí, riéndome.
–Nooo –respondió ella; lo que me gusta es la combinación. Dos motivos para sentirme orgullosa de mi nombre y mi apellido y del segundo también: Fayad, sobre el que siempre mi mamá me reclamaba que por qué no lo usaba cuando me preguntaban cómo me llamaba.
Así que… si no le gusta su nombre, cámbielo. Se puede hacer de manera gratuita en el registro civil, con ciertos requisitos. Yo sufrí un calvario. Si está conforme, dígalo con orgullo, porque es su identidad.