Colaboración de
Félix Carrillo Hinojosa*
Tuvo la fortuna de musicalizar el miedo y la rebeldía en una extensa sinfonía de letras sociales, cuyas melodías se abrieron como lo hacen las danzadoras de su tierra, libres, francas, risueñas, amorosas y siempre portadoras de esperanzas.
En los años setenta se creció el verso protesta de la canción necesaria, que a manera de corriente y como río rebelde, se volvió indetenible. La gente no se callaba, el embellecedor de calzado en cada zigzagueo con su bayoneta blanca, mostraba su inconformidad. Los campesinos sin tierra con sus mujeres y llenos de hijos, han visto durante muchos años, en una cuenta que se pierde en el maltrato hacia ellos, llegar la madrugada con sus voces que reclaman un mejor mañana, en donde a la mayoría no les llegó.
En ese último y extenso listado estaba él. Junto a sus padres y hermanos donde vio como la tragedia humana caminaba de un lado a otro, sin que hubiera poder natural o sobrenatural que lo resolviera. Ese sufrimiento que su aldea vivía y que aun persiste, lo hizo cambiar de mentalidad y entendió que su arte de tocar el acordeón y vociferar a los cuatro vientos los problemas de su comunidad, podían ser, sino resueltos, al menos conocidos por quienes tenían el poder de disminuirlos.
Se volvió un trashumante que a todo lo que veía le hacía un canto. Se olvidó del amor, del dinero, de las vanidades que arrinconan al ser y en vez de caer rendido por las ofertas que no faltaron, cambió todo eso, por una narrativa social. No podía ser de otra manera, lo que él encontraba en su camino, era hambre, desnudez, mujeres maltratadas, jóvenes sin presente ni futuro, una violencia creciente que todos los días era contar muertos, llorar a mares, una libertad que era todo, menos eso. Así el amor y la buena vida, pasó a un plano ínfimo.
Como él lo decía muchos años después, “todo lo que viví me enseñó a comprender, el por qué algunos malos amigos se fueron, para que llegaran algunos buenos enemigos”. Nada para él fue fácil. Su vida en el corregimiento Santa Isabel en el departamento de Córdoba, donde nació el 1 de abril de 1949, al lado de sus padres María Hernández y José Jiménez, no fue tan cruel como aconteció después, porque la inocencia de sus pocos años lo cubría en medio de las dificultades.
Con los años de su adolescencia a cuesta, vivió en carne propia los rigores del desarraigo social. Eso le puso una coraza inmensa, mientras aprovechaba cualquier descuido para llorar, en donde solo el pasar del tiempo lo convirtió en un serio y creíble relator social, esos de verdad, que no necesita de luces ni otros aditamentos para cambiar por motivos de ambiente.
A donde llegaba cantaba lo vivido o estaba por suceder. Era un joven rebelde lleno de premociones que no mucho tiempo después, las veía calcadas en la realidad. En medio de la gente que lo escuchaba esperanzada, no faltaba el que le dijera, “yo tengo un canto en ese estilo”, “cántalo pa´ve”, le decía sobre la marcha del ruido musical emitido por la lira y los armónicos de su acordeón. Así fue recolectando una música natural y con ese vestido las grababa. Eso hizo de sus producciones, un laboratorio sencillo, lleno de verdades, en donde cada frase que expresaba, la ciudadanía sin importar donde se encontrara, la asentía con naturalidad.
Todo su relato social caminaba entre las diversas comunidades. Los que no tenían nada, estaban a gusto con saber, que alguien no cayó en los brazos de Morfeo para volverse un narrador del amor y más amor. A él le llegaban los rumores que sus denuncias estaban caminando más de la cuenta y eso le mortificaba a los dueños de la tierra, de la vida y el aire.
En ese transitar se dio las manos con el escritor David Sánchez Juliao, quien le habló de un relato que tenía. Él escuchó la lectura de su texto. Al terminar, el músico le dijo, “Eso no tiene música ni ritmo, yo se le puedo poner” y así se dio el nacimiento al paseaito “El Indio Sinuano”, que con su letra hace un llamado serio: “Yo soy indio de los puros del Sinú/Yo soy indio chato, cholo y chiquitín/esta tierra que es mi tierra/este cielo que es mi cielo/A mi casa llegó un día el español/y del oro de mi padre se apropió/y la tumba de mi abuelo/como guaca la exploró/Y mi tierra me quitaron de las manos/despojados quedé yo con mis hermanos/al abrigo de los vientos/relegado a los pantanos”. Con ese canto comenzó la revolución de un campesino que jamás dejo de narrar lo social.
Cuando el barro se le puso duro, no tuvo otra escapatoria que escabullirse y entregarse al ‘señor exilio’, que lo llevó a Viena, a más de cuatro mil kilómetros del Polo Norte, situada en el centro de Europa y en el noreste de Austria, cuya cultura musical impera y el invento está vivo, pese a muchas invasiones vividas. Allí siguió con su ideario, con el que estaba seguro, ni el frío, sus dificultades cotidianas, el idioma y tantas barreras que le planteó el día a día, lo iban a detener. Solo una isquemia cerebral lo hizo regresarse al lugar de origen, después de vivir más de veinte años. Allí, en esa lejanía, nunca se silenció su acordeón, su voz, sus letras y melodías. Solo su salud, le puso un tatequieto a su vocación de hacer del problema social un instrumento de denuncia.
En el amanecer del 27 de noviembre del 2021 su vida se fue, en la capital de Córdoba, el mismo territorio que lo vio fugársele a la muerte en más de una ocasión.
Fue un hombre bueno, con una humildad franciscana, abandonado por muchos que lo llenaron de promesas y ninguna le cumplió.
Recibió de la Universidad de Córdoba, un Honoris Causa como licenciado en educación con énfasis artística, que indica un reconocimiento en medio de tantas dificultades vividas, que le indican al “indio Sinuano”, que algo valió la pena de toda esa titánica manera de encarar la vida, cuya música con el pasar del tiempo se convirtió en una veraz denuncia.
Con poca ropa, pero con su acordeón apretujado en el pecho, puso sus abarcas con que protegía a sus dolidos pies, para llegar a un majestuoso archipiélago en el lejano Estocolmo, en donde el llanto cubría el frío de ese enigmático lugar. Allí pudo comprender, que el exilio también es una de las muchas maneras que se tiene para morir.
Su voz recitadora pudo grabar con su acordeón rebelde, alrededor de nueve producciones musicales.
Muchos años después nos vimos. Era una reunión de creadores. Su salud no era la mejor, pero su memoria me hizo recordar lo que vivimos. Muchos se extrañaron del porqué de nuestro apego. Eso tiene su razón de ser. Hace más de cuarenta años, a él se le dio por entrar como concursante en el Festival Vallenato. Era una época de efervescencia y calor. Todo se hacía con pasión. En una esquina de la plaza nos encontramos en compañía de unos estudiantes que como yo, le gustaba lo que él hacía con sus canciones. Nos presentamos y desde ese momento nos hicimos buenos amigos.
En un momento nos sentimos rodeados por un público que era de él, quienes le pidieron, si podían cargarlo y pasearlo por la plaza. Él les dijo, “si se atreven a sostener a este gordito, háganle”, así pude ver lo que nunca he visto, un pueblo herido cargando a un narrador de unas desgracias que se parecían a ellos, aun así, eran unos portadores de alegría, que tenían a su héroe de carne y hueso, a quienes no les importaba si había acordeoneros que tocaran más que él o si pertenecían a la casa disquera del momento.
Cada canción que interpretaba era una emoción incontrolable por parte de quienes nos gustaba su música, la cual, a más de cuatro décadas de haber ocurrido ese hecho, cobra cada día más vigencia.
*Escritor, Periodista, Compositor, productor musical y gestor cultural para que el Vallenato tenga una Categoría en el Premio Grammy Latino.