Una viuda/ mamá/ abuela/ ejecutiva fuera de serie
Por Loor Naissir
Fotos Jairo Guzmán
La vida le ha enseñado a afianzar su carácter, a luchar sin descansar y a no desfallecer.
Marlene Cárdenas Cataño es viuda desde hace veintitrés años y le tocó duro para educar a sus tres hijos, hoy profesionales. Es asesora en mercadeo de la Cámara de Comercio de Cartagena; además de todo lo que hace en Barranquilla, donde vende publicidad para Telecaribe desde hace treinta años. También organiza eventos y brinda asesorías en medios y mercadeo.
Su espíritu de superación la llevó, a estas alturas de la vida, cuando ya es abuela, a hacer una maestría en gerencia de comunicaciones y marketing con la Universidad de Zulia en Venezuela.
Ella se convirtió en el motor para que sus compañeros se graduaran; “duramos un año haciendo la tesis”.
La vida de esta fervorosa mujer que vive siempre a la moda se partió en dos: antes y después de quedar viuda. Jorge Chegwin fue el amor de su vida. Lo conoció en Barranquilla, a donde había llegado a los 9 años con su familia, y aquí estudió su bachillerato y cosechó amigas. Se casó y de su feliz matrimonio tuvo tres hijos: Eileen, Steve y Kathleen. Pero en uno de sus viajes como agente vendedor, Jorge fue víctima de la guerrilla y sepultado como NN. Ella, ajena a esta realidad, estaba angustiada porque no aparecía; empacó maletas con sus hijos y les dijo que iban para Medellín. Se fue de pueblo en pueblo, donde él acostumbraba vender. Nadie daba razón; en Ayapel, Córdoba, un campesino le aseguró que -con la descripción que ella daba- la guerrilla lo había matado de cinco tiros porque no se dejaba quitar el carro.
“Me armé de valor y fui a la alcaldía para pedir permiso para exhumar el cadáver; y era él. Me lo traje a Barranquilla para darle cristiana sepultura. Fue muy duro para mi ver sufrir a mis hijos y no poderles quitar ese sufrimiento”. A partir de ahí comenzó una nueva vida para Marlene. “Todos los gastos recaían sobre mí, pero mi Dios me acompañó en ese proceso. Ya venía trabajando como vendedora de publicidad”.
Como su esposo ganaba bien, ella se dedicaba a la crianza de los hijos. En cada una de las ciudades donde vivió, tuvo un hijo: por eso tiene una barranquillera, un cartagenero y una bogotana.
Sus estudios de periodismo los comenzó en la Universidad Autónoma del Caribe y los terminó en la Universidad Los Libertadores en Bogotá, donde tuvo una vecina que se convirtió prácticamente en su hermana.
Cuando su amiga estuvo en la fase final de un cáncer, se fue a cuidarla los últimos quince días. “Antes de morir me pidió que no desamparara a sus tres hijos. Y no lo he hecho. Gracias a Dios han sido jóvenes juiciosos; todos profesionales y los quiero mucho; ellos me dicen que soy la mamá que les quedó. Me cuentan sus alegrías y sus tristezas. Siempre estoy pendiente de ellos. No han perdido nunca el contacto conmigo. A donde van me llaman”. Marlene es madrugadora: se despierta a las 4 de la mañana para hacer el tinto y organizar las tareas del hogar, y a las 7:30 a.m. ya está en su oficina o en un desayuno de trabajo. Heredó de los paisas la verraquera y de los barranquilleros la alegría y el desparpajo para hablar. “Amo a esta ciudad como si hubiese nacido aquí. Me siento barranquillerísima”.
Es muy unida con sus hijos; la mayor es viuda desde hace tres años y salió igual de verraca que ella. El segundo trabaja en acciones comunales de los municipios y la última es profesora. Sus hijos son los nietos de Elías Chegwin, cuyo nombre lleva el coliseo de baloncesto. “Los tres me han dado la dicha de ser abuela y los otros tres que me regaló la vida también me han dado la oportunidad de querer a sus hijos como si fueran mis nietos”.

