El milagro de la Virgen de la leche
Fernando y yo nos casamos el 30 septiembre del 2017 y desde entonces teníamos la ilusión de nuestro primer hijo. Yo nunca me había chequeado el tema de fertilidad porque siempre sentí en mi corazón que todo estaba bien; sin embargo, nada sabía al respecto. Después de la luna de miel, decidimos llegar a Miami y hacernos los chequeos y exámenes necesarios para saber cuál era nuestra realidad; y fue así como llegamos a la primera cita con el especialista ‘eminencia en el tema de fertilidad’, con quien empezó una pesadilla.
Este doctor comenzó nuestra cita preguntándonos si realmente queríamos tener hijos. Quedé desconcertada desde ese primer momento porque evidentemente si estás donde un doctor como él, es porque quieres tener hijos… Luego de la pregunta y de nuestra obvia respuesta ‘SÍ queremos’, sin siquiera tener un diagnóstico ni exámenes míos nos dijo… Bueno, sus posibilidades de ser padres son menos del 10%; para ser más exactos, entre un 2% y un 6% y solo con un tratamiento in-vitro, debido a la edad. Una mujer a los 41 años tiene esas posibilidades; y si quedaras embarazada, continuó, las probabilidades de que lo pierdas son altas; luego, si no lo pierdes, los chances de que tenga síndrome de Down son el tanto %; o cualquier otro defecto en los cromosomas, etc etc, etc…. Y la verdad, traer un hijo con síndrome de Down a este mundo me parece una desgracia.
De esa cita quedé más o menos en depresión por los siguientes tres días; me sentía como si me hubiesen dado una sentencia a muerte sin razón alguna. Decidí cambiar de médico y entonces busqué un doctor que fuera más tradicional y cuando fuimos a la cita, ya después de tener pruebas y exámenes en la mano, me dijo: “tus números y los de tu esposo están muy bien, mejor de lo normal, así que si lo que quieren es embarazarte naturalmente, lo único que necesitan es tener paciencia.
Yo había sido muy honesta desde el principio con mi esposo y le comuniqué que por mi fe y mis valores yo no quería hacerme ningún tratamiento, ni nada que estuviera en contra de lo que yo sentía que Dios me ponía en el corazón; y él fue siempre muy respetuoso con el tema y me dio su apoyo desde el primer momento. Nos quedaba entonces esperar y tener paciencia.
Al cabo de unos cuatro meses de estar en la búsqueda, fui donde otro doctor, por recomendación de una señora que conocí en un rosario, quien me dijo: “ve donde mi esposo que es obstetra y yo quedé embarazada a los 41 años, de gemelas”. Sin tener nada que perder fui donde este otro médico que terminó remitiéndome al primer doctor ‘eminencia’, ya que según él, luego de un examen que me hizo, era mejor que viera a este doctor que era especialista en operaciones por laparoscopia en el tema de la fertilidad. Así mismo lo hice y fui donde este doctor que me dijo: “tienes un pólipo pequeño en el útero y es mejor sacarlo; si lo sacamos, tus probabilidades de quedar embarazada subirán un poco”.
Este doctor me reiteró desde el principio que mis probabilidades eran mínimas, que si yo realmente quería tener un hijo era mejor que me hiciera un in-vitro ya que era el método más seguro, pero que ni siquiera con ese método me podían garantizar un embarazo.
Mi posición siempre fue la misma con él y con todos los otros doctores: “Doctor, yo no quiero hacerme ningún tratamiento, si Dios me quiere dar un hijo así lo hará; y si no, pues Él sabrá porqué no. A pesar de mi fe y mi confianza en Dios, cada mes que pasaba sin éxito era una prueba para mí porque era imposible no hacer caso a tantas opiniones no solo de los médicos, sino de amigos y hasta familiares que me decían “pero por qué no te haces el in-vitro y ya…”.
Me hice la operación de la extracción del pólipo; y opté por hacerme acupuntura porque me lo recomendaron varias amigas; y hasta cambié mi dieta.
En noviembre, luego de diez meses tratando, hablé con mi esposo un día y le dije “mi amor, yo sé que tú me has apoyado en este tema de no hacerme ningún tratamiento; sin embargo, quisiera que me dijeras honestamente si tú quisieras que buscáramos alguna otra forma”. Él solo me dijo: “ya que no se han dado las cosas por el método natural, me haría muy feliz el que tú te abrieras a probar alguna otra ayuda que tu fe y tus valores te permitan; no quiero que hagas nada que no te dé paz pero busquemos algo más y le contesté, perfecto dejemos que pase este año y en enero vamos a donde el doctor para mirar lo de la inseminación artificial, que es la ayuda que permite la iglesia Católica, ya que es una ayuda y no hay manipulación de la vida”.
Diciembre era para mí la última esperanza que me quedaba y un día, en uno de los cenáculos de oración a los que voy los viernes con una comunidad de monjas a la que pertenezco, le pedí a una de las monjitas, sister Mariajosé, con el corazón literalmente en pedazos y en llanto, que le pidiéramos a la Virgen que me alcanzara ese milagro en esa navidad… Así mismo fue: ese día le hicimos una oración juntas a la Virgen y ella además me dijo: “Hagamos juntas la novena a la Virgen de la leche y pidámosle ese milagro para tí y para tu esposo”.
Al cabo de unos días, más exactamente el 16 de diciembre, le pedí a mi esposo que empezáramos juntos esa novena, que él sabía lo importante que era para mí quedar embarazada naturalmente y que no teníamos nada que perder; y así lo hicimos, el 16 de diciembre, y la terminamos el 24 de diciembre. Justo esos días luego de la novena yo entraba en mi ciclo de ovulación; hicimos nuestra tarea esos días confiados en que sería lo que Dios quisiera.
El 10 de enero mi esposo se iba a un viaje por 15 días y justo ese día yo tendría que saber si me llegaba el período o no… Ese día estaba tan ansiosa que preferí ni pensar en eso.
Al día siguiente ya no podía esperar más; me fui al supermercado y compré tres pruebas de embarazo. Me hice la primera prueba y me salió positiva; era primera vez en doce meses que esto me pasaba y mi reacción fue salir corriendo y arrodillármele a la imagen de la Virgen de la dulce espera que tenía en mi mesita de noche y con la que hicimos la novena… no podía creerlo!!!, pero al mismo tiempo sentía en mi corazón la confirmación del cielo entero que me decía “para Dios no hay nada imposible”. No llamé a nadie, no le conté a nadie, ni siquiera a mi esposo, porque quería esperar a que estuviera conmigo en persona y poder vivir esa alegría juntos… Al mismo tiempo quise ser prudente y esperar esos días, ya que los médicos habían metido en mi cabeza muchos miedos.
Mi esposo llegó a los doce días y fuimos juntos donde el doctor para la primera ecografía de las cinco semanas; con el mismo doctor que nos había dicho “sería mas o menos un milagro si quedaba embarazada naturalmente. Ya en la ecografía el doctor nos dice: pues veo todo muy bien; vamos ahora a ver si hay latidos del corazón… en ese momento que escuchamos los latidos de mi pequeñita hija que sonaban con toda la fuerza que puede tener un corazón, Fernando y yo nos fuimos en llanto, y mi esposo casi nunca llora. Yo sentía una emoción que jamás en mi vida había sentido antes; a partir de ese día no hemos hecho otra cosa que darle gracias a Dios y a la Virgencita por este milagro de amor tan maravilloso que nos han regalado. Lo único que puedo decir es: la fé mueve montañas, y eso me queda a mí claro.
Nuestra hija crece sanamente y sin ningún problema de cromosomas o síndromes que nos hablaban. Mi embarazo ha sido maravilloso y no he sentido ningún síntoma mas que un poco de sueño y cansancio las primeras ocho semanas. Siento que estoy en la etapa más maravillosa de mi vida, la que más plenitud me ha hecho sentir…No hay proyecto, no hay artista, no hay evento, no hay sencillamente nada que haya vivido antes, incluso en lo más alto de mi carrera como ‘stylist’, que se compare con la alegría y la plenitud que me ha dado la esperanza de ser Madre.
Bendito sea Dios por la maternidad.foto cortesía Kike San Martín





