Mónica Abuchaibe, su mamá, cuenta cómo ha sido el proceso para llegar a las Grandes Ligas
por Fausto Pérez Villarreal
Sin haberlo leído ni mucho menos escuchado, Nabil Crismatt Abuchaibe puso en práctica, con solo 15 años, la convincente aseveración de Walt Disney, el inolvidable empresario, guionista y pionero de la industria de la animación estadounidense: “Todos nuestros sueños se pueden hacer realidad si tenemos el coraje de perseguirlos”.
No empleó esos términos, es más: ni siquiera había oído hablar del creador del célebre ratón Mickey, pero esgrimió su fehaciente determinación frente a su madre, Mónica Abuchaibe, aquella mañana de enero de 2010 cuando le comunicó su irrevocable decisión de abandonar los estudios para irse en búsqueda de la materialización de sus ilusiones.
“Mamá, hasta aquí llego con los estudios. Hazte el cargo de que perdí el año. Quiero probar suerte en el béisbol. Ese es mi sueño y quiero ir tras él”, le dijo Nabil Antonio, en ese entonces un preadolescente, estudiante de calendario B, del American School.
Para Mónica, fue un golpe seco y certero el que recibió de su hijo, pues además de su condición natural de madre, en esos momentos ella se desempeñaba como subdirectora del Sena Atlántico, en el centro de comercio y servicios, y una de sus funciones consistía en exhortar a los jóvenes a que estudiaran, pues ahí estaban los cimientos del éxito, porque en el estudio radicaba la férrea posibilidad de cambiar la vida.
Desde niño, Nabil había revelado no solo su gusto, sino también su pasión por el deporte de la denominada pelota caliente. Plenos de entusiasmo, sus padres lo vincularon a las Pequeñas Ligas del Norte, donde aprendería y fortalecería sus habilidades en el lanzamiento y sumaría nuevas destrezas.
“Él Jugaba y moría por el béisbol. No faltaba a las prácticas de los martes, jueves y sábado. Ana de Peláez, la entonces directora de las Pequeñas Ligas, ponderaba su pasión y disciplina por el deporte”, afirma Mónica.
Infructuosamente, la madre trató de persuadir a su hijo de que desistiera de su propósito de abandonar los estudios. Para ella, aquello resultada inadmisible.
El detonante se produjo al despuntar 2010. Mónica recuerda con nitidez la historia:
“Yo tenía por costumbre viajar en vacaciones con mis hijos. En ese enero estábamos en Santa Marta, pero me tocó suspender las vacaciones porque tuve que traer a Nabil Antonio a una muestra de jóvenes peloteros en Sabanilla, convocada por el dominicano Miguel Delgado, que quería ver talentos colombianos para llevarlos a Santo Domingo y ofrecerlos a organizaciones de las Grandes Ligas. Llenos de ilusiones llegaron decenas de muchachos de diferentes partes de la Costa. Solo serían escogidos 20”.
Y de esos 20 seleccionados, al único que le dijeron sí, fue al tercero de los vástagos del piloto de aviación José Crismatt, de Cartagena, y la barranquillera de ascendencia árabe Mónica Abuchaibe, administradora de empresa de profesión y asesora en educación.
Al no lograr convencerlo, a la madre no le quedó otra opción que la de apoyarlo de manera irrestricta. Ella misma, tras asesorarse con su tío Eduardo Abuchaibe, quien había sido Embajador de Colombia en República Dominicana, lo llevó a finales de ese enero de 2010, a Santo Domingo, y lo dejó en manos de Miguel Delgado.
A partir de ahí, los sueños de Nabil comenzaron a transformarse en realidad. El cazatalentos Miguel Delgado ratificó lo visto en Sabanilla; lo firmaron por siete años con los Mets de Nueva York, y año y medio después, gracias a su potencial demostrado, lo enviaron al Port St. Lucie de La Florida, uno de los campos de entrenamiento de la novena neoyorquina.
Hoy en día, Nabil, el niño que empezó sus estudios en el Colegio Marymount, es un promisorio pitcher de las Grandes Ligas que lucha por escribir un capítulo de lujo en los Cardenales de San Luis tras haber concluido un contrato de siete años con los Mets de Nueva York y militar durante una temporada en los Marineros de Seatle.
La afición barranquillera, amante del béisbol, sigue con expectativa su derrotero en las Grandes Ligas, ese por el que transitó nuestro dos veces campeón mundial Édgar Rentería.