que moran en Barranquilla
por Adlai Stevenson Samper
Alex; como solían llamarlo en la intimidad su familia y así como le escriben en las misteriosas esquelas con florecitas de colores pálidos que dejan al desgaire en su tumba en el cementerio Universal de Barranquilla, nunca presumió de su natalicio barcelonés en aquella casa de la calle León XIII, paralela al Tibidabo en medio de un bosque de pinos y cipreses. Ni tampoco de su educación en el venerable colegio Stonyhurst, cerca de Manchester de donde es sacado a las volandas por los vientos bélicos que se avecinan y llevado a Boston con la intención fallida de su familia que se encargue de estudiar los vericuetos del mundo industrial y comande la más importante fábrica de hilados de Colombia en los años 30 del siglo XX.
No se pudo tal empresa por los avatares de lo imposible, pues Alejandro Obregón Roses llevaba una vocación intensa de explorar el paisaje, sus figuras y colores, que le llevó conducir pesados camiones petroleros por los abismos y flora salvaje del Catatumbo en pos de su espíritu aventurero antes que un cómodo empleo de gerente oficinista. Aquello lo deslumbró para siempre al igual que las largas jornadas de cacería con su padre armado de su máuser entre los caños y ciénagas del impetuoso río Magdalena, con los caimanes tendidos al sol en las playas barrosas y el vocinglero coro de pájaros volando en bandadas sobre el ancho azul del acuático universo.
Después los capturaría con su pincel y lienzo recordando aquellas épicas jornadas de cacería. Soñando desde sus diversas estancias, errante como era, que le permitía el don de la ubicuidad. Hoy en Barranquilla, mañana en Cartagena, luego Bogotá y Europa sin convencerse así mismo que era un excelso pintor de fallida vocación industrial. Por lo menos su padre Pedro trató, sin éxito, de inmiscuirlo en los telares, en las complejas labores de administrar una industria de ese talante y siempre acusaba su rotundo fracaso ante las intentonas. Lo suyo era pintar ese trópico de colores vividos, ardientes, de cielos azules límpidos de fantasía a los que él, de su caletre, le daba tonos ocres, rojizos, desplegados en una perspectiva plana de un paisaje onírico de insondables profundidades. No es el primer plano, es todo lo que se encuentra más allá de lo percibido.
Su primera exposición en Colombia, cuando se atrevió a mostrarse como pintor, fue en marzo de 1944 en el marco del V Salón de Artistas Colombianos con sus obras Naturaleza muerta, Niña con jarro y Retrato del pintor. No pasó nada esa vez y decide retornar a Barranquilla con su esposa Ilva Rasch. Para darle ánimos, la junta directiva del hotel El Prado –su familia en pleno- deciden encargarle un mural para el gran salón con tan mala suerte que fue censurado por los moralistas de la ciudad al ver tantas ninfas desnudas correteadas por sátiros libidinosos. Fue borrado y esa, exactamente, fue la misma suerte del segundo encargo ante una crítica negativa de un crítico de arte español León Felipe que se encontraba de huésped en el hotel.
La primera exposición individual de Obregón fue en Bogotá el 12 de junio de 1945 en la Biblioteca Nacional recién inaugurada exponiendo 62 obras. Regresa a Barranquilla ese mismo año para el 20 participar en el Primer Salón Anual de Artistas Costeños con sus obras Retrato de Pintor y Dorso de mujer, un evento organizado en el fondo para Alejandro por el director de la Biblioteca Departamental Bernardo Restrepo Maya. El primer premio, obvio, lo recibió Retrato de un artista.
La primera exposición individual de Obregón como pintor en Barranquilla fue el 15 de febrero de 1946 en la misma Biblioteca Departamental en donde su amigo Julio Mario Santo Domingo le sirvió de modelo para un cuadro dedicado al libertador Simón Bolívar que después fue obsequiado a Alfonso Fuenmayor. En esa época alquiló un atelier en el tercer piso del famoso edificio Muvdi en la calle del Comercio y allí, en 1947, lo visitó el famoso urbanista, arquitecto y pintor suizo Le Corbusier.
Obregón salta con su nueva esposa Sonia Osorio a Francia. Así que no alcanza a imaginar los movimientos estéticos e ideológicos que se tejen en torno al llamado Grupo de Barranquilla cuyo último invento –y el definitivo de su consolidación- es la revista Week End dedicada a un batiburrillo de deportes, literatura, crítica, poesía y la inflada de cables a cargo del jefe de redacción Gabriel García Márquez. Es Gabo quien le coloca fecha precisa del 15 de diciembre de 1945 llegada de Alejandro a las instalaciones de la librería Mundo en la calle San Blas. Un inicio con itinerarios de cantinas del mercado, cerca del terminal, el barrio Chino y el barrio Abajo. Total, que Obregón entró como coordinador de arte junto a Figurita Rivera en el semanario Crónica.
Nuevamente marcha a Europa y regresa, esta vez en torno al núcleo de habladores y mamagallistas de La Cueva en 1955 a emprender la etapa más interesante de su carrera y a dejar sembrada una serie de obras a lo largo de toda la ciudad. Participa desde el 8 de enero de ese año en el Concurso Nacional de Pintura organizado por Carlos Dieppa y el Centro Artístico de Barranquilla con la obra Gato comido por un pájaro con la cual obtuvo el segundo puesto. En esa misma época pinta su cuadro Entierro de Joselito Carnaval, usando las mismas temáticas del mural en la recepción del nuevo edificio del Banco Popular de Barranquilla en el Paseo Bolívar plasmando allí su famosa Simbología de Barranquilla, mural trasladado al actual edificio cultural de La Aduana.
En La Cueva pinta un pequeño mural, La mujer de mis sueños, bombardeado por perdigones mientras pasa por la dirección de la escuela de Bellas Artes, cargo que rápidamente le aburre mientras al ambiente político del país se encuentra caldeado por la dictadura de Rojas Pinilla pintando el cuadro Luto por el estudiante caído, ganador de una beca internacional de la fundación Guggenheim , un cuadro que presagia otro de igual peso político, Masacre y el ganador del XV Salón Nacional de Artes con su trabajo La Violencia, considerada la obra más importante en la historia de la plástica colombiana.
Obregón dejó en Barranquilla una serie de obras. El mural del edificio Mezrahi con piedras vitrificadas de colores, el vitral del colegio Marymount, el mural Agrario en el edificio Manzur, el mural Cosas del Aire en el edificio del antiguo Banco Ganadero cedido hoy al Museo de Arte Moderno de Barranquilla y sobre todo, de su famosa escultura el Telecóndor, ubicada en la plazoleta del nuevo edificio Telecom diseñado por Manuel de Andreis en 1968 con la develación de la obra en septiembre de 1969 con el pleno mayor de La Cueva: Vilá, el arquitecto Frank Van Heyl, Alvaro Cepeda Samudio, Alejandro Obregón y el escultor del diseño obregoniano, Héctor Lombana Piñeres.
La obra fue craneada en el taller de Lombana del barrio Delicias y sacada, con gran aparataje por su peso, por un helicóptero y quizás fue la única vez que el cóndor pudo remontar las nubes barranquilleras para posarse en su nido de Telecom.
Todos estos rezagos de su obra –más los cuadros y el salón especial que tiene el Museo de Arte Moderno con sus trabajos muestra su inmancable amor por Barranquilla a la que siempre regresaba para recordar sus ancestros y aquellos días felices en donde toda la familia se reunía en torno al almuerzo dominical en el hotel El Prado. Nunca pudo acostumbrarse a la temprana muerte de su llave literario Álvaro Cepeda Samudio el 12 de octubre de 1972 en New York al que le hizo, en su lecho de muerte, un hermoso libro ilustrado por su pluma: Los cuentos de Juana.
Solo volvió a Barranquilla a una antológica exposición en la Sala Cultural de Avianca recién inaugurada el 4 de abril de 1981, rematada, un año después, con el mítico telón de boca del teatro Amira de la Rosa con la historia, que podría ser la del mismo persiguiendo ninfas y animales en las espesuras acuáticas, de Se va el caimán.
Obregón falleció el 11 de noviembre de 1992 y fue sepultado en el mausoleo familiar del cementerio Universal de Barranquilla. Queda, al desgaire de los tiempos, un fragmento de un verso suyo: “Ahora estoy curado, me curó una carcajada, tan solo a veces veo palos, camino algo peor por unas horas más”.