de la lona a las pinceladas
por Fausto Pérez Villarreal
Como una construcción en miniatura, levantada con fichas de dominó, y asolada por una ventolera, se derrumbaron sus esperanzas de llegar a la cumbre del boxeo mundial aquella lluviosa noche del sábado 30 de octubre de 1982, apenas diez días después de que Colombia recibiera la nueva buena del Premio Nobel de Literatura concedido a Gabriel García Márquez.
Más de ocho mil personas que acudieron expectantes al otrora coliseo cubierto Humberto Perea de Barranquilla, para verlo combatir, miraron en silencio, atónitos, cómo el árbitro, apoyado con una rodilla en la lona levantaba y bajaba su mano derecha mientras recitaba en voz alta el lapidario conteo… uno, dos, tres, cuatro…
Solo unos segundos antes, había sonado el campanazo que le daba inicio al octavo asalto. Todos los asistentes al coliseo estaban expectantes ante la lluvia de golpes que se avecinaba, salvo Leonardo Aguaslimpias, que quedó anonadado por las voluptuosas caderas de la modelo que había desfilado alrededor del cuadrilátero anunciando, en la paleta sostenida arriba, el round número 8.
“En verdad, todavía es la hora que no sé lo que pasó con exactitud. El campanazo sonó, y yo caminé al centro del ring más por instinto que por otra cosa. Lo único que recuerdo es que me distraje, siguiendo el rumbo de la despampanante mujer. De inmediato, una nube negra se me vino encima. Más tarde, en el camerino, me dijeron que el puertorriqueño Edwin González me había conectado una derecha curvada y potente en mi mandíbula, y me mandó a la lona. No recuerdo más nada. Solo sé que en adelante me llovieron las críticas. El reconocido periodista Fabio Poveda Márquez clamó a los cuatro vientos, por la radio y el periódico, que yo tenía ‘mandíbula de cristal’ y que debía retirarme del boxeo. El público le hizo eco de sus comentarios”.
Leonardo Aguaslimpias Feldrich nació en Quibdó, capital de Chocó, el 22 de diciembre de 1966, pero creció en Barranquilla. Su sueño, desde niño, era estudiar arquitectura, pero no pudo materializar ese anhelo por la estrechez económica en su hogar.
Después de sufrir el nocaut acató el consejo de Poveda Márquez y decidió colgar los guantes. No emularía las hazañas de su ídolo Antonio Cervantes ‘Kid Pambelé’, el primer campeón mundial de boxeo que tuvo Colombia, pero seguiría la senda de la pintura de otro de supersonajes preferidos, Leonardo da Vinci.
Su revancha en la vida, como él y sus fieles seguidores lo anhelaban, la tendría de nuevo sobre la lona; pero no en esa lona que una noche lo vio caer cual largo es. Ahora, en otra lona plasmaría lo más puro de su arte con los trazos de su pincel.
Y la musa inspiradora no podía ser otra que aquella negra nalgona que lo indujo a la letal distracción de su combate con Edwin Rangel.
“Desde entonces tomé como punto de inspiración las caderas de la mujer de mi etnia, pero aumentándole el volumen, empleando un lenguaje visual hiporbélico, lleno de respeto y estética”, señala Aguaslimpias.
En su obra, eminentemente empírica, Leonardo le rinde culto a la mujer de su raza, y ha gozado de crítica favorable. El Nobel Gabriel García Márquez no solo elogió sus trazos, sino que además destacó su autenticidad y convicción.
“Leonardo es un convencido de lo que hace. Ahí radica el éxito de su pintura”, aseguró el autor de ‘Cien años de soledad’.
Aguaslimpias produce sus obras en un cuarto-estudio modesto, en el norte de Barranquilla. No necesita más espacio. Ahí duerme y trabaja. Lo suyo no es producto de un momento epifánico ni nada por el estilo. Es una convicción y la fortalece a partir de su trabajo constante e infatigable. Lo que le falta en comodidades le sobra en nobleza, talento y tezón…
fotos Jairo Guzmán