por Jesús Ferro Bayona
Estamos angustiados con la epidemia del coronavirus. No es para menos. Han muerto mucho seres humanos, y hay millones de infectados en el mundo. No sirve de consuelo, aunque sí deja lecciones qué aprender, si se mira hacia atrás para recordar las plagas que han asolado a la humanidad desde tiempos muy remotos como la que casi acaba con Atenas durante la Guerra del Peloponeso, año 430 antes de Cristo. Le gente se amontonó en la ciudad, pero se moría en las calles y nadie quería tocar ni ocuparse de los moribundos por temor al contagio.
Pero la que más resuena en nuestra memoria es la Peste Negra, ¡qué nombre!, de 1348, que mató a 25 millones de personas en Europa en cinco años. Se originó en Asia y entró por el sur de Italia. La ruta que tomó la plaga muestra inquietantes coincidencias con la actual del coronavirus. Las ratas eran sus principales transmisores, por lo que las imágenes que se nos vienen a la cabeza son siempre esos roedores que corren por las alcantarillas y se esconden en las cocinas de las viviendas, donde dejan los alimentos contagiados. Lo curioso es que la Peste Negra cambió el nombre por el de Peste Bubónica, llamada así porque producía “bubones” de color negro, o inflamación purulenta de los ganglios linfáticos, particularmente en la ingle.
Llama la atención que la peste bubónica siguió incubada en el cuerpo de los humanos por siglos, y volvió a manifestarse con rabia en el pueblo de Orán, norte de Norte de África en 1849. El escritor francés Albert Camus recrea esa terrible enfermedad en su novela “La peste, que este año se ha vendido a montones, por razones obvias, aunque fue en 1947 cuando se publicó. Todos queremos saber más sobre las pestes de la humanidad. El relato de Camus, premio Nobel de Literatura, viene como anillo al dedo porque nos ofrece una descripción magistral, no necesariamente pegada a la historia, pero sí llena de un dramatismo que deja al lector electrizado con su narración. Un médico, el doctor Rieux, aparece como un redentor caminando entre las ratas muertas por las calles del pueblo, atestadas de infectados que desesperados lo llaman, atendiendo gente agonizante y, lo que es más importante, con un sentido de la solidaridad humana, que en el actual momento que vivimos debemos apreciar en los miles de profesionales de la salud que han muerto, y en muchísimos más que corren a diario riesgos inenarrables para salvarnos de las garras de un virus que ha mostrado su ferocidad.