por Angélica Santamaría
psicóloga
Hagamos el intento y supongamos que nos dejan la siguiente tarea: “Si quieres ser feliz, pasa las páginas de las heridas que te han causado y escribe la página del perdón”.
Nada fácil escribirla. Tenaz, somos humanos.
Supongamos que somos muy aplicados, entonces buscamos en bibliotecas (físicas o digitales). Cosa difícil, los libros de historia no mencionan mucho el tema. Tal vez algunos de religiones, eso de poner la otra mejilla, de amar al enemigo o de perdonar setenta veces siete (siempre) no se entiende muy bien. Pero queda una inquietud en la mente y en el corazón. ¿Cómo es eso?
Nos encontramos con una de Ghandi: “Ojo por ojo y el mundo quedará ciego”. Y otra suya muy famosa: “El débil jamás puede perdonar”. De nuevo la inquietud. ¿Acaso el orgullo no es fortaleza? La tarea se complica. El corazón duele por las heridas que nos causaron, o que causaron a quienes amamos, y sentimos rabia al pensar en quienes lo hicieron. Todos tenemos algo de eso en nuestra historia. ¿Qué hacer con ese dolor? No lo sé. Pero algo que sí parece ser cierto es que ese malestar pesa, agota, enferma. Al final del día somos nosotros quienes decidimos continuar o no con esa carga.
También parece ser cierto que no somos mejores que quienes nos lastimaron si actuamos de su misma manera. Al fin de cuentas no se trata de ser mejores que nadie, sino de estar bien con nosotros mismos, y disfrutar de la tranquilidad, ese tesoro invaluable que nos permite dedicar la mejor energía a nuestros asuntos: descubrir y aprovechar nuestros talentos, cumplir sueños, recibir y disfrutar el afecto de quienes nos conocen y aprecian, sacarlos adelante cuando fueron ellos los lastimados. Continuar. Es en últimas un asunto de genuino amor propio, muy distinto al ego insaciable de reconocimiento que no hace falta cuando hemos conocido nuestro propio valor.
El asunto se va aclarando, entonces, parece ser que el rencor nos llena de fisuras por las cuales quien intenta dañarnos tiene una entrada muy fácil. Por el contrario, el amor propio es fortaleza, y uno de sus grandes efectos es la capacidad de ver a los otros con un amor y comprensión similar, incluido quien nos lastimó. También es un ser humano que nos dio su peor parte, pero seguro es capaz de entregar a otros su mejor versión. Aceptarlo hace sentir un frescor de libertad (incluso físicamente, sí, es cierto). Pasado el tiempo llegan las compensaciones, y de repente nos descubrimos viviendo con felicidad.
P.S.: Harán falta unas “setenta veces siete” páginas del perdón, no hay garantía de no volver a recibir un agravio. Pero recordemos: lo que no destruye, fortalece.