por Rebecca Dovale
Como todas las mañanas, mientras termino de despertarme para vestir a las niñas, enciendo el radio de mi mesa de noche. Las noticias dan cuenta de la muerte de un importantísimo empresario que ha fallecido durante la noche. Su nombre no me dice nada; al menos murió de viejo, pienso, mientras inicio mi día.
Lo recordaré más tarde, cuando los noticieros del mediodía hablen más largo del asunto: unas notas que incluyen entrevistas con sus hijos, su viuda, otros empresarios, políticos, y hasta el presidente de la república. Algo en la cara de este hombre me es vagamente familiar; me doy cuenta de que además me causa un rechazo. Lo olvido pronto. A la noche, déle otra vez con el fallecido. Al día siguiente los periódicos traen fotos del sepelio y un largo recuento de su vida empresarial. Sus hijos están bien colocados, alguno de ellos en la embajada de un país importante. He tenido una pesadilla muy fuerte, a la que no le encuentro explicación (rara vez sueño), pero cuando veo nuevamente ese rostro, ya estático, que me contempla desde las páginas de los diarios, se abre una compuerta que ha estado cerrada durante años. A éste lo conocí yo!
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Soy una niña: una niña grande de 16 años. Una larga temporada en tierras muy frías y lejanas -Canadá- me ha cambiado toda. Aún no me acostumbro al nuevo peso que llevo delante y que se empeña por mostrarse por encima de los escotes de mi ropa. El estirón me llevó de la talla 4 a la 8. Pero mi mente no se ha adaptado todavía a la idea de que ya no soy una niñita. Crecí muy pechichona, la menor de ocho hermanas, la luz de los ojos de mi papá, la desesperación de mi pobre mamá: siempre andaba preguntando imposibles! Heredaba la ropa de mis hermanas. Bueno, de las flacas, porque yo ni siquiera parecía de mi edad de lo chiquita que era! Después de esa temporada en el extranjero me mandaron, como a todas, a estudiar en un internado en la capital. Los fines de semana los pasaba en casa de mi hermana mayor, Susana, que se había casado con un tipo de una familia importante e influyente. Me gustaba mi cuñado porque veía que quería mucho a su mujer y sus hijitos. Soñaba con un marido así, quizás dentro de una docena de años.
Los fines de semana casi siempre nos íbamos a “tierra caliente”, que es como los cachacos llaman a sus fincas a dos y tres horas de la ciudad. El paseo era grande, porque la familia de Esteban también era numerosa. Su mamá era muy cariñosa, le decían la mona, y ella, que sólo tenía hijos, me consentía como si fuera otra hija, como lo hacía con Susana. Paseábamos a caballo y dábamos largas caminatas por los montecitos cercanos. Pero para mí lo mejor era la piscina. Como buena costeña, me tiraba desde el trampolín más alto y en par de brazadas me iba de un extremo a otro. A veces venía gente de visita y hacían comidas informales, después de las cuales los que debían regresar a la ciudad se marchaban y los otros se acostaban a hacer una prolongada siesta. Ese día, como siempre, yo preferí quedarme en la piscina, donde me sentía libre de tantas prendas como llevaba a diario (ruana incluida) en el colegio, donde hacía un frío espantoso y no había calefacción.
Mi diversión favorita era sumergirme y recorrer una distancia cada vez mayor sin sacar la cabeza, hasta que lograba alcanzar así la otra orilla; pero sólo podía practicar cuando se iban todos a las hamacas y a las habitaciones. Cuando me creí sola me tiré al agua y conteniendo la respiración avancé bastante. No me fijaba en más nada. Volvía a salir y me tiraba nuevamente, llegando un poco más lejos cada vez. Cuando al fin logré llegar a la otra orilla, me encontré en el borde con uno de los visitantes mayores -un viejo para mí entonces- con una sonrisa que no sabía porqué se me antojó una mueca. “Agitada te ves más atractiva” me dijo el condenado hombre. Mi asombro no me dejó asimilar de inmediato las implicaciones de lo que decía. Hacía un par de horas lo había visto con su mujer comiendo sin parar, riendo ruidosamente. Los demás le celebraban todo lo que decía, pero a mí no me interesó en lo más mínimo. Lo que quería es que se fueran todos a dormir!
Otra vez esa voz untuosa y sinuosa me sonó muy cerca, demasiado cerca. El hombre se había aproximado y me empezó a susurrar cosas mientras con los brazos me acorralaba contra las paredes de la piscina.
Ya para entonces lo había catalogado como el primer viejo verde que tenía cerca en mi vida y el asco me había invadido, pero él tal vez confundió mi estupor con curiosidad y alargó sus manos para agarrarme. Entonces grité con todos mis pulmones ESTEBAN!!! SUSANA!!! MONA!!! y el hombre salió a perderse. Menos mal, porque nadie vino en mi auxilio inmediatamente…
Todos dormían tranquilos pensando que los jóvenes estábamos más que seguros en ese entorno privilegiado. Ese amargo recuerdo estaba sepultado en lo más profundo de mi memoria, hasta la semana pasada. Al parecer, sólo yo sabia quién era en realidad ese hombre al que calificaban como “un pionero” de la industria del país, “un hombre íntegro”, “un miembro de familia extraordinario”. Esto último lo refrendaban su hijo mayor, que hereda el manejo de su imperio económico, su desconsolada viuda y hasta sus empleados más fieles, que le acompañaron durante toda su vida. Al final del día llevaba varias horas cavilando sobre el tema. Cuántas de esas empleadas habrían sufrido el acoso de aquel hombre todopoderoso, que podía decidir sobre el rumbo de sus vidas, dejarlas sin empleo de un momento a otro? Si se había atrevido conmigo, cuñada de un amigo íntimo de sus hijos, con su señora allí muy cerca, cómo sería cuando las presas estuvieron muy cerca y muy vulnerables? Cuántos engaños esconderán esos hombres “grandes” que guardan cuidadosamente esa doble cara1
Me pregunté si debía divulgarlo, qué se yo, pero me decidí por consultarle a mi marido, que es gringo y tiene siempre una visión clara de lo que conviene y lo que no. Él lo pensó por largo rato y luego me dijo que no había caído nunca en cuenta de lo que la vida les podría poner enfrente a nuestras hijas, adolescentes ya; que pecábamos de confiados cuando dormían donde sus amigas, cuando se iban a los campamentos. Luego me miró, con el amor que siempre se refleja en sus pupilas, y me dijo: “pero bueno, si hace tantos años, en una época con menos malicia, tu supiste defenderte y sobreponerte, no podemos si no confiar en ellas, que son hijas de su madre en aquello que tu siempre me dices: la malicia indígena!” Sin embargo, convinimos en que contaría la anécdota, para las chicas y para sus madres, porque el diablo se esconde tras cualquier fachada! En cuanto al muerto, que Dios lo tenga en su misericordia!
Caricatura publicada por Perla Sant´Angelo en blogspot alusiva al viejo verde