por Angélica Santamaría, Ps.
Recordemos la premisa de seguridad en los aviones para caso de emergencias: “colocarse la máscara de oxígeno antes de ayudar a otros”.
Recordemos que sólo podemos dar de lo que tenemos, en especial cuando de bienestar se trata, y más aún si es en nuestras familias, donde están los vínculos más importantes de nuestras vidas. Con todas las dificultades e incomodidades que el confinamiento trae consigo, lo cierto es que es una oportunidad invaluable para fortalecer esos vínculos, que son los que al final brindan el bienestar emocional necesario para resolver asertivamente lo que vaya surgiendo en el diario vivir y adaptarse sanamente a los cambios.
Así, podemos buscar sanarnos para sanar, recuperarnos para recuperar, encontrarnos para encontrar los grandes valores de quien está a nuestro lado, fortalecernos para construir de cara el futuro. Amarnos para amar.
Contrario a lo que se puede pensar, este tiempo que atravesamos no es el fin del mundo, pero sí puede ser un nuevo comienzo para darle a la vida un rumbo de mayor plenitud, de consciencia más clara hacia lo que en verdad es importante, de renovado sentido y propósito para continuar.
Otra indicación de seguridad aérea, “Deja tus pertenencias”, quizás la más difícil de seguir, sobre todo si nos definimos por lo que materialmente tenemos o queremos. Es cierto, todos estamos perdiendo o perderemos algo debido a la situación actual. Algunos menos, otros más. Algunos incluso seres queridos o la vida misma. Estamos en medio de una corriente contra la cual no hay fuerza humana que pueda, al menos en solitario. Pero también se pierde para ganar. Recordemos dos leyes de naturaleza: lo único constante es el cambio, y el espacio vacío siempre busca ser llenado.
Tal vez lo que preocupa de esto no sea lo que podemos perder en medio de la marejada. Tal vez lo que puede generar miedo es nuestra insistencia, como individuos y humanidad, en modos de vivir que nos hacían perder de vista lo esencial, que tal vez veníamos funcionando bajo premisas de insania, en una carrera desesperada hacia un “no se sabe dónde, ni para qué”. Quizás no sabíamos que nos hace falta el oxígeno de la pausa para encontrar en el aislamiento la paradoja de vernos de frente ante el amor propio y el valor de los demás, de que el tiempo no necesita transcurrir en contra del reloj.