Pura era una gata de pelaje blanco y ojos verdes veteados, que alborotaba al vecindario cuando entraba en celo y tenía el don sobrenatural de adivinar lo que iba a suceder a través de sus aullidos, silbidos y ronroneos complejos que solo podía interpretar su amo.
Había llegado a la casa de un inmigrante francés después una larga travesía desde Madrid hasta el municipio de Punta de Oro, en brazos de una distinguida dama neófita en temas felinos quien la había adquirido por cien dólares, creyendo que era un gato macho, cuando apenas tenía un mes de nacida.
El encargo de mi abuelo, que vivía solo, era que fuera de raza Angora Turco, porque según sus vivencias son gatos inteligentes, curiosos y ágiles, a los que les gusta vivir con una o máximo dos personas, y además supervisan sigilosamente los movimientos de los humanos como si fueran centinelas. Él, con 70 años a cuestas, se sintió estafado por su amiga cuando un vecino suyo descubrió, al tomarla en sus manos y voltearla, que el bello felino era una hembra.
Bastaba además ver su andar cadencioso, su mirada coqueta y su imperiosa necesidad de acaparar la atención para descubrir a una gatita sedienta de mimos.
Mi abuelo había tenido tres gatos de raza burmés, sociables y cariñosos; pero soñaba con un Angora Turco porque además éstos son educados, afectuosos y juguetones; y pueden aprender a buscar y traer cosas. La desilusión porque era hembra le duró una semana. Después de tres meses, Pura, como fue bautizada por su blanco pelaje, comenzó a mostrar comportamientos inteligentes y sobrenaturales que llamaron su atención.
La primera fue una noche lluviosa cuando “abue” buscaba afanosamente la bolsa donde había asegurado su dinero ahorrado durante un mes. Había olvidado el escondite. La gata agarró con sus dientes la bota derecha de su piyama y lo llevó directo, ronroneando suavemente, al escaparate. Con su pata delantera derecha abrió la puerta y subió ágilmente hasta la parte superior y sacó con su boca la bolsa. “Es adivina”, dijo.
El suceso se regó de boca en boca y en un santiamén el pueblo, de tres mil habitantes, estaba alborotado. Llegaron periodistas ávidos de noticias y la gata posaba como una artista. La famosa presentadora de televisión Jilua Mattar dijo al aire que si Pura era adivina podía decir los números de la lotería; esta insinuación puso en aprietos a su amo.
Don Adrián se encerró en su habitación y no quiso hablar con nadie. Sintió que el mundo empezaba a burlarse de él. Pura acomodó su cuerpo al lado de sus pies y empezó a emitir maullidos suaves, tocando sus dedos en señal de que apuntara. Con lápiz en mano comenzó a anotar los números de maullidos separados por espacios de descansos. 2…4…7…8…
Al día siguiente recorrió infructuosamente las calles de su pueblo buscando esos números de lotería. Esa noche pegó sus oídos en la radio y escuchó la voz inconfundible del locutor Marcos Pérez anunciando los mismos números. ¿Quién le iba a creer? Pero a él poco le importaba ya. Con este acierto podía dar fe de que su mimada Pura era adivina.
Se convirtió en su fiel compañera. Le traía el sombrero y las chancletas, y lo ayudaba a quitarse las medias sin arañarlo.
A la semana siguiente la gata volvió a hacer señas a su amo de que tomara nota y escribiera los números de silbidos. 5…3…6…1…
Esta vez madrugó hasta llegar donde un mayorista de lotería en Barranquilla y pudo comprar todos los billetes. Le había prometidoa Pura que la suerte iba a ser también para los pobres.
Don Adrián se ganó la lotería y la ciudad se conmocionó con esta noticia sensacionalista emitida por la mismaperiodista incrédula. Con el dinero compró cinco casas a orillas de la laguna y la condición que pusieron el amo y la gata era que las familias beneficiadas debían cuidar la descendencia de Pura porque ya él empezaba a sentirse viejo y cansado.
A partir de ese día, la bella y sensual gata comenzó a percibir sensaciones extrañas, como que un forastero tenía la intención de raptarla y llevarla lejos de su amo para explotar su don por el mundo. Dormía intranquila; se escondía en el escaparate y había noches que se iba al tejado y alborotaba al vecindario con sus alaridos.
Y efectivamente, una mañana soleada llegó a la puerta de su amo un caballero, alto y corpulento, que debió agacharse para pasar por la puerta; de quijada grande, nariz aguileña y ojos alborotados. -Tengo miedo- así entendió su amo el maullido de Pura.
El desconocido la miró con ojos de comerciante y ella corrió al tejado. Con fuerza y rabia rompió una teja que cayó justo en la cabeza del forastero.
Mi abuelo salió presuroso a buscar un médico para curar su herida. Le cogieron siete puntos; las siete vidas que no vivió Pura con el hombre que quería robarla.
A los siete meses exactamente, ni un día más ni un día menos, entró en celo por primera vez. Atrajo a dos gatos grandes que armaron el escándalo en el tejado.
El barbero Felipe Pérez, uno de los desesperados vecinos, se despertó esa madrugada armado con sus tijeras, y los persiguió hasta alcanzarlos y meterlos en un saco. Fue víctima de arañazos en la cara y en los brazos; los dos machos eran grandes, ariscos y negros, y tenían los dientes bien afilados. Maullando y apiñados, y a su parecer sin que nadie se diera cuenta, se los llevó en su Jeep Willys 54, que emanaba gasolina quemada, a una vereda que quedaba a quinientos metros de la plácida laguna que bordea una parte de la calurosa población.
A su regreso, con la piyama a rayas malograda y ensangrentada por los rasguños, entró sigilosamente a la casa, pero su esposa, doña Matilde Figueroa, estaba esperándolo para decirle que todo el pueblo estaba alborotado por su hazaña.
Desde ese día lo bautizaron ‘atrapa gatos’ y más de uno aseguró que los había matado. Le auguraron siete años de mala suerte.
Don Joaco Mejía, quien tenía la cabeza blanca como un copo de nieve, fue quien se asomó por la ventana y presenció la persecución felina como si estuviera viendo una película de suspenso.
Y llamó a Raymundo y todo el mundo para contar lo que había visto con pelos y señales. Ocho días después de que reinara la calma apareció
Pura con la piel pegada a su esqueleto, sedienta y hambrienta. Sus compañeros habían tomado otro rumbo.
Los vecinos la vieron tocando con arañazos y sin aliento la puerta verde de
madera del viejo francés. A partir de ese día comenzó otra vida para Pura. Estaba embarazada, y se volvió arisca y celosa, porque tenía que compartir a su amo con otros dos gatos que llegaron a su casa en su ausencia. No eran de raza como ella; eran callejeros, a los que llamó Negrucio y Amarillento. Tomasa Cienfuegos, la empleada doméstica que vivía con una sonrisa a flor de labios, mostrando su blanca y perfecta dentadura, decía que los gatos negros eran amigos de las brujas, y Negrucio era un azabache con ojos verdes veteados, que se escondía debajo de la cama, caminaba minuciosamente y dormía casi toda las mañanas; por las tardes recobraba una alegría encantadora y correteaba por todo el patio; y por las noches era hiperactivo: se montaba en el escaparate y los muebles.
Se volvía como un loquito. Oía más que el viejo amo.
Cuando le llevaban la cena, que le preparaba la corpulenta Tomasa, el primero que salía era Negrucio y le pelaba los dientes afilados porque sabía que ella no lo quería.
En ninguna de las casas vecinas merodeaban ratas ni ratones porque era un gran cazador nocturno. Murió viejo y cansado, sin alientos hasta para devorar insectos. Amarillento tuvo una historia trágica. Murió atropellado por un bus cuando cruzó apresuradamente la carretera.
El chofer siguió su ruta como si nada hubiera pasado. Lisandro Pérez, vendedor de cocadas, decía: “Mató un gato; y qué importa”. Don Adrián lo recogió con lágrimas en los ojos. Estaba aplastado y había mucha sangre regada. Lo envolvió en una sábana blanca y lo llevó a un lugar remoto, donde había árboles frutales y al lado de uno de éstos lo sepultó cavando con una pala que le prestó un campesino.
Llegó sudoroso a la casa y se bañó con agua tibia para no resfriarse. Esa noche no comió y ni quiso jugar dominó con sus amigos. Amarillento lo acompañó durante más de un año. Se hizo célebre porque dormía por las mañanas sobre la caja de cartón donde él guardaba la plata.
La que más recuerdos dejó fue Pura. Tenía un donaire único, caminaba moviendo cadenciosamente su trasero y movía la cabeza con clase. Parecía como si hubiera tomado clases de ‘glamour’. Indiscutiblemente tenía ‘pedrigri’. Pero… después de parir tres veces adquirió un ‘genio de los diablos’. Nadie la podía tocar y maullaba por todo.
Dejó de adivinar porque los celos eran más fuertes. A la dicharachera de Tomasa, quien era una morena curtida por el sol, la mordió dos veces porque le pisaba la cola larga mientras dormía.
Le dio muchos dolores de cabeza; se volvió callejera y dormía en el tejado. De ahí el alboroto que causaba su presencia entre los gatos.
Tuvo una gran descendencia que cuidaban los beneficiarios de sus cinco casas. Pura, que jamás hizo honor a su nombre, vivió siempre con el vientre abultado por la preñez. Cuando don Adrián hizo el último viaje a su tierra para nunca volver, la gata entristeció y nadie pudo interpretar sus maullidos: no comía esperando su regreso en la esquina de la casa.
Su amo no volvió y Pura murió.
Autor anónimo
Fin