Adlai Stevenson Samper
Agazapada, en su difusa melancolía, se encuentra la ciudad que alguna vez conocimos en diversas etapas de la vida. Aparece en ráfagas amorosas en aquella canción que escuchábamos en la radiola Phillips comprada en Murcia de la calle de Jesús, en las visiones borrosas del Centro de Barranquilla, ruinas o deterioros de sus magníficos edificios que todavía conservan rastros de una dignidad cosmopolita y mundana sobreviviendo incólumes a las mutaciones que le han trastornado sus funciones: donde hubo apartamentos hay ahora inquilinatos, donde hubo azarosas oficinas con su trafago mercantil convertidas en depósitos y bodegas cuando no tapiadas con sus secretos inconfesables, las aceras cubiertas de ventorrillos que hablan de otra economía que impuso sus ritmos en la cotidianidad de los habitantes.

Es también la ciudad de las celebraciones, del carnaval bajando airoso por la carrera del Cuartel apostados todos en un altillo protector esperando el ulular de la máquina de bomberos y la comparsa de los cabezones de cafetería Almendra Tropical, la ciudad de los incendios en el terminal iluminando insidiosa, con sus altas llamaradas la noche, la de las explosiones de la fábrica de pinturas Lumitón en el barrio Recreo estremeciendo de pánico a sus habitantes que corrían despavoridos como alma que lleva el diablo buscando el perdón de los pecados en las puertas de la iglesia Sagrada Familia, la del campanario lúgubre en sus tañidos en la despedida de mi madre al reposo final del Cementerio Universal, la del campanario intricado y lleno de palitroques al que accedía por una escalera sinuosa contemplando el horizonte de los edificios del Centro, los buses que bajaban raudos por la carrera del Progreso y de mis portentosas hazañas en bicicleta corriendo sin freno en el bulevar Roosevelt que después quedaría simplemente como del Recreo, volando, convertido en un piloto infantil para preocupación de mi padre que solo encontraría como remedio el regalar el peligroso artefacto.
Los recorridos por el cine Bolivia en la calle del mismo nombre, vecino a la Universidad del Atlántico con sus películas mexicanas de charros empistolados —los chachos— en su guerra frontal contra los bandidos —algunas veces indígenas— pero no me percaté de las consecuencias de tales guerras étnicas sino mucho tiempo después. En ese templo del Bolivia vi la primera mujer desnuda de mi vida en un espectáculo de ‘streep tease’ llamado el Bim Bam Bum, una especie de estallido sexual entre los alardes de los adolescentes colocados en primera fila observando las performances de las bailarinas con los gritos de entusiasmo y aliento del respetable público con el mambo número 5 de Pérez Prado sonando.

En el barrio Las Delicias se respiraban otros aires, sobre todo en el mes de diciembre con ventarrones que obligaban a cerrar puertas y ventanas, con un frío inusitado que obligaba al uso de abrigos, en aquellas lejanas noches sobre el tanque del acueducto, una vasta superficie de cemento donde se jugaba bola de trapo, viendo los murmullos de luces de la ciudad desde sus alturas con el faro del aeropuerto oteando el horizonte. Era un paisaje romántico para contar las estrellas, regalar la luna y sus aretes, sobrevivir de ensueños contando mis horas sin ti y quiero escaparme con la vieja luna en el momento que la noche muere y resucita en otra noche de ilusión, llanto de luna en las noches sin besos de mi decepción aunque temo que a estas horas de la vida tiendo a convertirme en un sentimental sin remedio ni alivio posible.
La culpa es de la ciudad y sus tiempos al que apenas logro asimilar cuando pasa el calendario, cuando en la retrospectiva aparece el adolescente rockero, del pelo largo y los conciertos interminables en los cines Maruja y Coliseo. De las idas a la playa solitaria a Salgar con la novia a bañarnos desnudos mientras el oleaje amenazaba con llevarnos en su vaivén, del escándalo de una verbena en una residencia cercana donde tocó Alejo Durán rigurosamente vestido de blanco con su sombrero alón y todos bailaban emocionados, amacizados con el coro triste de óyeme Alicia, Alicia querida, yo te recordaré toda la vida.
A media cuadra estaba la pecaminosa tienda El Guasimo donde se reunía un corrillo de marihuaneros que proclamaban sus hazañas al amanecer en el lejano barrio La Ceiba esperando que sucediera algo; por ejemplo un choque de vehículos o una pelea ardorosa que les permitiera una súbita distracción en sus quehaceres que era lo mismo que decir, nada. El otro atributo de esta esquina era su mercado campesino con las frutas esparcidas sobre periódicos en el suelo y la cercanía de los burdeles mas glamorosos de Barranquilla: el de Ada, René, Manrique y La Pantera cuyas damas desplegaban siempre al medio día, después de una noche de jarana, sus salidas al teléfono público para reportarse con sus amigas y novios.

Un hecho notorio de esos tiempos fue la llegada del Junior al profesionalismo al cercano estadio municipal. La brisa vagabunda de la tarde llevaba los ecos de los goles que se sentían con toda intensidad en el vecindario y dentro de la iglesia de San Francisco para molestia del cura que calificaba de anatema tales regocijos deportivos que después eran celebrados en todas las tiendas del vecindario convertidas en improvisadas cantinas.
Otra de mis excursiones favoritas era tomar el minibús de la ruta Florida—Terminal bajando por la carrera 38 y tal como lo indicaba su nombre llegaba hasta los muelles del terminal donde deambulaba viendo los nombres de los barcos y sus banderas, las tripulaciones de asiáticos, noruegos, gringos en su enramaje de babel solicitando servicios de peluquería, vendiendo botellas de desconocidos licores, damas de compañía, lo último en juguetes electrónicos, grabadoras, televisores; todo un mercado tendido y extendido frente a los buques.
También en el río Magdalena era particular aventura subirme de gratis en el ferry atravesándolo sin descanso una y otra vez, escudriñando en la riberas arbustos y cocoteros con los negros pescadores que en canoa vienen ya y el largo pitido del barco para anunciar sus salidas y llegadas.
Digo, reitero que es otra ciudad la narrada. No existe. Se la llevó el tiempo y la única forma de recuperarla —igual a un segmento de la vida— es recontándola para la memoria que se niega al inmisericordioso olvido.