Directora del Sena Atlántico
Lecciones de una mamá profesional
Si le preguntan por los logros profesionales que ha alcanzado en su vida, la respuesta más sencilla para Jacqueline Rojas Solano, directora y gerente del Sena Regional Atlántico, es hacer un listado de los estudios de pregrado y postgrado, y de los diferentes cargos directivos en los que se ha desempeñado durante los últimos quince años.
Lo más interesante para esta abogada no es qué ha realizado, sino cómo lo ha alcanzado.
Cuando mira a través de un retrovisor su vida, además de sentir nostalgia siempre se recarga de esperanza con sus recuerdos.
El primer episodio que marcó su vida fue cuando estaba en quinto de primaria. Su profesora le preguntó qué quería ser cuando fuera grande. “Me atreví a decirle: Presidenta de Colombia. Recuerdo su cara de sorpresa y todos los esfuerzos que hizo para hacerme desistir de la idea. Dos años después, le conté a mi padre que la carrera que estudiaría sería derecho. Se opuso por completo hasta manifestar que no la pagaría. Le afirmé que la cursaría, aún sin su apoyo, pensando que lo convencería después. Las palabras tienen tanto poder, que finalmente sucedió. Mi padre murió cuando yo tenía 13 años y en medio de un novelesco proceso de sucesión, no pude acceder a mi herencia cuando iba a ingresar a la universidad”.

Jacqueline cuenta que después cuando estaba en undécimo grado, Sor Alicia, una mujer sabia y generosa que dirigía el Colegio Nuestra Señora del Buen Consejo, trató infructuosamente de hacerle cambiar de opinión sobre su sueño de convertirse en gerente de entidades públicas. “Me insistía sobre los riesgos y posibles dificultades, que comprendí perfectamente y aún comparto, pero desde entonces ya tenía claro que era más fácil que me quitaran la cabeza que la idea”.
Reconoce que en su vida profesional han marcado más las pocas personas que han considerado que no es capaz de lograr algo, que aquellas que piensan lo contrario. “Jamás he permitido que nadie castre mis sueños por muy grandes, poco probables o sobredimensionados que parezcan”.
Ella considera que un poco de rebeldía, irreverencia y determinación, combinadas con buen juicio y criterio, pueden transformar una condición adversa en una oportunidad. “Soy un ejemplo de eso”.
Hace nueve años tuvo la dicha de ser mamá de Sophie Ruiz y “desde entonces he sentido que cuento con una gran y permanente fuente de felicidad y energía en mi vida. ‘Mi repollo’, como le digo desde que nació, también ha sido mi polo a tierra, la que ha atemperado muchas decisiones riesgosas que habría tomado sin pensarlas con mucho detenimiento, en caso de no tenerla. Aunque existe en el imaginario colectivo la creencia de que los hijos podrían truncar en alguna medida los sueños de sus madres, mi hija ha sido para mí la mejor compañera en cada proyecto que emprendo. Me conmueve su solidaridad cuando estoy triste o preocupada, y cómo logra mágicamente reconfortarme con un abrazo. Es una niña muy dulce y amorosa, con un capacidad crítica que me confronta como persona, pero como madre me llena de tranquilidad y orgullo”.
Jacqueline anota que no cree que exista una receta perfecta para ser una buena madre, a pesar de los muchos esfuerzos que se hagan. “Son cuantiosas las variables que afectan a nuestro hijo y frente a las cuales la capacidad de control de una madre resulta nula en muchos casos. Independientemente de la complejidad del reto, mis ingredientes constantes siempre serán el amor a libre demanda y la fijación de límites. Una vez una buena amiga me compartió un principio que ella seguía: ‘A los hijos debemos criarlos con un poquito de hambre y un poquito de frío’. Confieso que en un primer momento la frase me resultó un poco dura e inhumana, pero cuando descarté su literalidad y me quedé con su espíritu, jamás imaginé que me resultaría de tanta utilidad. Un ejemplo sencillo de su aplicación podría ser cuando llevamos a nuestros hijos al supermercado y se antojan de muchísimas cosas. Si nos piden cinco dulces, invitémoslos a que escojan dos o tres y con amor expliquémosles que los recursos deben alcanzar para todos los miembros de la familia. Aunque parece algo pequeño y sin mucho sentido, contribuye en la formación de personas consideradas y que aprenden a pedir con gentileza en lugar de exigir. En mi caso observé cómo Sophie con mucha frecuencia, cuando quería algo, me preguntaba antes si estaba a mi alcance comprarlo y de forma muy dulce lo agradecía si mi respuesta era afirmativa.

Por naturaleza las madres tenemos el impulso de querer dar absolutamente todo a nuestros hijos y en especial aquello que no tuvimos. Moderar nuestra consigna aprendida es lo más difícil ya que nos negamos a permitir alguna frustración en ellos, ni siquiera la más pequeña. Solo que olvidamos el importante detalle que fueron esas mismas pequeñas o grandes frustraciones de la infancia las que motivaron y forjaron los más grandes sueños, aspiraciones y proyectos en nuestra vida de adultos”.