ÁRABE TAMBIÉN ES EL CARIBE COLOMBIANO
por Sara Harb Said
La trashumancia es la condición del ser humano que ha permitido el proceso civilizatorio de la especie. No cabe duda de ello. El aprendizaje de culturas distintas, a través de los siglos, ha contribuido al proceso de modernización de los pueblos. En su carácter de puerto de mar y río, Barranquilla tiene el privilegio de recibir, por esa doble vía, la influencia que le ha permitido llegar hasta aquí como una ciudad que no solo mira hacia su centro, sino que además puede relacionarse con el entorno geográfico que la rodea, comprenderlo y sentirlo como propio.
Gran contribución han hecho las personas que, viniendo de culturas muy diversas, propiciaron el crecimiento de esta ciudad. Pronto se convierte en un puerto cosmopolita porque a finales del siglo XIX empieza a recibir gente de todas partes del mundo, gracias a su ubicación en la geografía de América, paso obligado para seguir el camino hacia el sur del continente.
Muchos de esos extranjeros se quedaron por una razón o por otra. El azar, el destino de las personas, es imponderable. En el caso de muchos árabes que vinieron de aquel lado del planeta —de esa región que se conocía como la Gran Siria—, la mayoría no venía para quedarse. No venía buscando este lugar, huía de una guerra cruel, de un abandono estatal y de la caída del Imperio otomano, que dejaba a la región en una condición de pobreza tal que era casi igual morir de hambre, que lanzarse a un océano desconocido. Era un embarcarse hacia un destino forzado del que no se sabía nada. Pero era sin duda una mejor opción.
No se trata hoy de reclamar ningún blasón, ni medalla, ni título nobiliario, ni condición particular. Todo individuo que se ve en la obligación de salir de su tierra tiene una necesidad: la de sobrevivir. Y no duda en lanzarse al más incierto albur para salvarse él y su familia.
Así llegaron los sirios, libaneses y palestinos que luego se asentaron aquí. El primer registro se acerca a 1864, según consta en los anales aduaneros y registros de inmigrantes que llegaron del Medio Oriente. No cabía pensar si el sitio tenía una condición especial o definición política o religiosa afín. Era llegar y aceptar lo que había. Acomodarse a un territorio de costumbres disímiles en todo, en sus procesos políticos, culturales, sociales, religiosos. Las dificultades no se hicieron esperar. A pesar de que el colombiano, y en particular el de la cuenca del Caribe, es de espíritu abierto, permisivo, alegre y buen anfitrión.
Una vez pasado el tiempo de la bienvenida, que un extranjero llegue, se acomode y comience a mostrar sus facetas culturales tan diversas provoca una reacción natural de rechazo. Aunque entre los puertos colombianos Barranquilla era el de mayor exposición a lo extranjero, resultaba difícil comprender a esta gente nueva con costumbres tan raras, de vestimenta distinta y de olores penetrantes. Pero el tiempo fue un buen aliado, y la amabilidad, generosidad y simpatía de los nuevos cambió el ánimo de los propios. Se trataba de esos “turcos” muy trabajadores que vendían cosas muy bonitas que por aquí no se veían, telas, géneros de seda, perfumes y pimientas y cominos, azafranes y el uso del trigo como no se conocía por estas latitudes.
Gracias a que los sirios, libaneses y palestinos traían un conocimiento de costumbres ancestrales fenicias, que les permitía indicar su calidad humana y enseñar oficios que eran desconocidos, especialmente los relacionados con el comercio, lograron ser aceptados en corto tiempo y hacer un aporte que dio comienzo a un desarrollo en el que ambas partes, en gratitud y cordialidad, capitalizaron.
Entonces se pasó del asombro a la aceptación y de allí a la integración contribuyendo a lo que sería luego una sociedad cosmopolita como la barranquillera, que ya hacia la primera mitad del siglo XX se compone de gente de diversas nacionalidades y credos religiosos.
La más aceptada de las tradiciones árabes no solo en Barranquilla sino en el Caribe colombiano, es la culinaria. Barranquilla es un puerto cuya gastronomía se construye con diversas influencias; primero la de una cultura nativa con preparación de platos a base de maíz y yuca para acompañar pescados de río y de mar; luego será la española la que intervenga en la transformación de la culinaria local, y entonces vendrá la árabe a ampliar el horizonte y afinar el gusto con el uso de nuevas especias, y la preparación de platos inéditos en la cocina local.
Es una relación de gratitud y amistad, de aceptación y respeto la que existe. La que ha resistido a través de los años y hace caso omiso de cualquier diferencia que apele a definiciones políticas o de religión. Si antes podía reclamarse una inmigración siria, libanesa y palestina puras, en el sentido de la falta de mezcla con los propios, hoy resulta casi imposible para fortuna y bien de esta región. Es solo con el concurso de diversas culturas que se construyen nuevas sociedades y se adapta el ser humano para continuar con su proceso de supervivencia.
Sara Harb Said
Nacida en Barranquilla, Colombia, primera generación en Colombia de inmigrantes libaneses, y francesa, es una cineasta en ejercicio por más de treinta y cinco años. Ha publicado cuentos y poemas esporádicamente en medios impresos y virtuales, tales como Travesías del Sueño y El Relojero de Ginebra. Ha escrito seis largometrajes de ficción y varios cortometrajes.
Ha realizado películas de corto y largometraje, ficción y documentales, principalmente. Entre ellos ¡Amrika, Amrika!, (largometraje documental), Ensalmo (ficción), Rrom Caribe, (documental), Tiempo de Brisas, Tiempo de Carnaval, Patrimonio Arquitectónico de Barranquilla, entre otros.
En su formación profesional, es ingeniero industrial de la Universidad del Norte, en Barranquilla, Colombia; Master en Business Administration de la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica; Cineasta con preparación en diversas instituciones educativas, tales como Image Institute, Atlanta, Estados Unidos; Escuela de Cine y Tv en San Antonio de los Baños, Cuba; Master en guion de Cine y Tv, Universidad Carlos III, Madrid, España.
Políglota certificada en inglés, francés e italiano. Ha sido directora por doce años de la Fundación Cinemateca del Caribe, en Barranquilla, Colombia. También ha sido docente universitaria durante doce años en las cátedras de escritura de guion de corto y largometraje, en la Universidad del Norte, en Barranquilla, Colombia.