“…está complicado afuera”
por Angélica Santamaría, Psicóloga
Con la expresión que titula esta nota comienza el Joker (Guasón), el éxito de taquillas en cine donde el actor Joaquin Phoenix personifica al conocido antihéroe de los comics y enemigo de Batman.
Lo primero por reconocer es la actuación del protagonista, la cual según buena parte de la crítica se proyecta como un clásico. Lo que hay detrás de la actuación también tiene un alto componente dramático; según se dice, el actor tuvo sufrimiento psicológico por la pérdida de peso para el rodaje, y por la carga emocional del guión mismo. Distintos comentarios de voces autorizadas han hecho análisis en la descripción médica y diagnóstica según el perfil del personaje, mientras otros han expresado su preocupación por el potencial de influencia mediática y social del filme. Preocupación fundada, pues si algo logra la actuación del protagonista, la puesta en escena de los elementos cinematográficos, elementos simbólicos y la estética de la producción, es mantener al espectador en un estado de tensión sugestiva de principio a fin. En este sentido, la película puede resultar hipnótica.
Los puntos de vista abundan. En lo que sí parece existir acuerdo es en que es una película de cine adulto, NO apta para menores de 18 años en nuestro país. El hecho de provenir de un comic no valida que sea apta para niños o adolescentes; incluso, en opinión de expertos, la línea de la edad puede ser insuficiente.
Ha habido otras películas similares como la Naranja Mecánica, Taxi Driver, los Rambos, incluso Gladiador o Corazón valiente, de las que parece salir sangre de las pantallas, es cierto. Sin embargo, en el caso del Joker el contenido emocional es de una complejidad particular, por distintos componentes de la historia y cómo ésta es entregada al público. La trama busca explicar la psicogénesis de trastornos mentales y psicopáticos de un asesino en serie, pero también trae elementos psicosociales que muestran al personaje central como resultado de una sociedad perpleja y caótica, donde los comportamientos de masa llegan a identificarse con la figura histriónica (la máscara del payaso) de un criminal, a quien toman como símbolo y bandera para toda suerte de estigmatizaciones, inconformidades y odio social expresados con violencia y anarquía.
En una mente sana y madura el filme no causa mayor efecto que la perturbación mientras se le ve, o el aturdimiento que queda al finalizarla. Pero es posible que los efectos puedan ser más complicados en un espectador no maduro, con algún tipo de trastorno o de alguna manera influenciable.
Casualmente, mientras escribo, pasan por un canal internacional noticias de protestas en distintos países, varias de ellas con arremetidas de violencia, vandalismo y diferentes formas de destrucción. Escenas que parecen sacadas de la película. Invitan a pensar en qué tan complicado está el mundo afuera; incluso, más cerca de lo que pensamos.