por Loor Naissir
Cuando mi hijo se fue a terminar su carrera a Estados Unidos me quise morir de tristeza, pero jamás se lo demostré, porque tenía que dejarlo ‘volar’.
No podía retenerlo a mi lado.
Recuerdo que no fui capaz de ayudarlo a llenar su maleta. Lo veía de lejos y lloraba como una niña.
Jamás se me olvida el momento que viví cuando salió de la puerta de mi apartamento; la maleta le llegaba a su pecho de lo grande que era. Para mi tranquilidad iba acompañado de su papá. Lo abracé con un nudo en la garganta; él se iba con la expectativa de vivir una experiencia fuera de casa.
Me fui a su cuarto, donde solo dejó algunos pantalones, camisas y zapatos que ya no se ponía. Ahí sí… me puse a llorar porque esa despedida significaba que mi hijo vendría a mi casa de vacaciones, ya no a quedarse.
No podía ver su habitación vacía porque me embargaba la tristeza.
Mi esposo me ilusionó con la idea de que iríamos en tres meses, pero no pudo ser así.
Llegó ese tercer mes de su ausencia y por compromisos laborales no pude ir, pero él sí fue.
Empecé a padecer el síndrome del ‘nido vacío’, un problema que se puede prevenir y superar. Este sentimiento de soledad es el mayor de los retos a los que se enfrentan los matrimonios cuando los hijos crecen y se independizan.
Mi esposo se convirtió en un compañero inseparable; vamos juntos a todas partes y disfrutamos cuando nuestro hijo nos llama.
No nos dormimos si no sabemos de él.
A pesar de estar distante él nos une cada día, al principio con sus necesidades porque dependía económicamente de nosotros. Pero ya no es así. Desde que comenzó su especialización le dan honorarios suficientes para mantenerse y ahorrar.
Escogió una carrera difícil, larga y costosa: medicina. Nunca dejará de estudiar.
Una amiga me cuenta que el síndrome del ‘nido vacío’ le ha dado muy duro “Cuando nuestros hijos vivían con nosotros, mi esposo y yo teníamos cosas para hacer juntos. Al quedarnos solos vamos por caminos separados. A veces creo que ya no nos soportamos”.
Es cierto, algunas parejas no están preparadas para esta nueva etapa.
Según el libro Empty Nesting, “para un gran número de matrimonios es casi como volver a estar recién casados”.
Otras parejas sienten que tienen muy poco en común, llevan vidas paralelas centradas en sus propios intereses y terminan siendo simplemente dos personas que comparten una casa.
La Biblia nos puede ayudar.
Este libro sagrado dice: cuando el hijo crezca, “dejará a su padre y a su madre” (Génesis 2:24).
La misión que tenemos como padres es preparar a los hijos para ese momento, ayudarlos a cultivar las habilidades que necesitarían en la vida adulta.
Los padres jamás vamos a dejar de ser padres, pero la relación con nuestros hijos va cambiar: ahora, en vez de darles órdenes, podemos darles consejos. Esto les permitirá mantener una buena relación con ellos y a la vez dedicarse principalmente a su cónyuge: Mateo 19:6.
Todos los días le digo a mi esposo cómo me duele este cambio de vida y él me escucha y me da alientos. Todos los días me tiene un programa para distraerme: antes de la pandemia íbamos a cine, visitábamos a mis hermanos, comíamos en un restaurante.
En este confinamiento obligatorio repartimos el tiempo entre el trabajo por internet, contestando mensajes, viendo Netflix, oyendo música y sobre todo reflexionando sobre todo lo que hemos hecho en pro de la formación de nuestro hijo y de lo que deseamos en su futuro: un buen matrimonio y nietos.