por Gaspar H. Caamaño
La última vez que ví a Ramón Illán Bacca Linares (qepd) fue a pocos días, poquísimos, de leer la noticia de su silencioso fallecimiento.
Estaba sentado conversando, como siempre, con un joven en una de las cafeterías del segundo piso del Centro Comercial Buenavista I, donde era frecuente verlo, y venden pan de bonos y café filtrado. Lo vi mientras atendía otras urgencias. Y era el mismo Ramón Illán de siempre: hablando, dialogando. Sólo más canoso.
A Ramón Illán lo conocí el siglo pasado en la redacción del clausurado Diario Del Caribe del Barrio Abajo. Antes había leído sus nombres y apellidos: «Ramon Illán Bacca Linares. Abogado», en una placa de bronce instalada en la puerta de entrada del edificio aledaño al de la Cámara de Comercio de Barranquilla, frente al Centro Cívico y Plaza de Telecom, donde lucía una escultura del maestro Alejandro Obregón.
«Moncho», como lo llamaban sus más íntimos, hacía parte en esos tiempos del grupo de intelectuales que redactaban ‘El Suplemento Literario’ del diario. Ellos eran, recuerdo: el abogado Antonio Caballero Villa, el pianista Alfredo Gómez Zurek y el crítico literario Carlos J. María. Todos estuvieron vinculados, además, a la vida académico-administrativa de la Universidad del Atlántico, la de ‘Veinte de Julio’. Ramón Illán no. Él fue toda su vida docente de Humanidades en la Universidad del Norte, donde muchas veces conversé con él en los pasillos o cafeterías.
El períodico de los Santodomingo, en 1987, se liquidó pasando a manos del diario El Tiempo de los Santos Calderón. Y esa pleyade de músicos, poetas y locos que nos congregábamos en cualquier esquina del Barrio Abajo, se disgregó en menesteres diferentes.
Un tiempo después, compartí charlas en la terraza de mi casa en el barrio Bellavista con Ramón Illán, quien era mi vecino, pues se había mudado a un conjunto residencial recién construido en la esquina. Eran tiempos en que el servicio de agua potable, en manos de la extinta E.P. M., se desaparecía de las tuberías domésticas. Y Ramón, mi vecino, llegaba con una olla de aluminio para que se la llenáramos del apetecido y escaso líquido. Oportunidad inmejorable para conversar sobre las aventuras de ‘Marihuana para Goering’ y la inefable ‘Débora Cruel’, personajes de su literatura conversacional. Como escritor fue reconocido por una obra excepcional y exquisita.
A Ramón Illán siempre le interesó la crónica roja que sobre crímenes se publicaba, con amplias fotos y textos periodísticos, en los medios de entonces. Me decía que deseaba escribir, como Truman Capote, por ejemplo la historia judicial del crimen de “Las Kaled Un Lunes de Carnaval”. En algunas ocasiones revisó mis crónicas de ese triste y célebre caso.
Siempre hable con Ramón Illán donde me lo encontré. Paz en su Tumba.