por Samira Navarro
Nutricionista Dietista Instagram @elplannutricional
Para aprender a diferenciar el hambre emocional del físico, debemos conocer un poco lo que sucede en nuestro cerebro; existen estímulos endógenos (nuestros pensamientos) y exógenos (situaciones reales externas). El estímulo de amenaza genera ansiedad; en situación de pandemia es normal sentirse abrumado, algo que no esperaba la humanidad, llenos de incertidumbre y con exceso de información muchas veces negativa, lo que desencadena síntomas desagradables. La ansiedad es un estado impreso en nuestro ADN, desde el hombre ancestral quien tenía que recorrer muchos kilómetros para defenderse de las fieras con las que compartía espacios, esto generaba un estímulo de amenaza a través de la vista y las neuronas que son células altamente excitables, capaces de producir, conducir y transmitir estímulos nerviosos a través de los neurotransmisores que son los mensajeros que activaban la respuesta de huida. Existen varios tipos de neurotransmisores. En este caso hablaremos de los ansiogénicos, es decir los que activan el estado de ansiedad; entre ellos están la adrenalina, noradrenalina y el cortisol que a su vez es una hormona. Estos en altos niveles ocasionan los síntomas como manos frías, dolores de cabeza, angustia, palpitaciones, opresión en el pecho, que podríamos confundir con el hambre o creer disminuirlos con la comida; estos síntomas son causados por estimulos de amenaza que en estos tiempos se vive a diario debido a la pandemia y al confinamiento; nuestro cerebro no distingue si estamos ante una fiera o si estamos enfrentando un virus a nivel mundial, solo reacciona como respuesta adaptativa generando de forma confusa hambre emocional; detrás de cada persona con sobrepeso u obesidad hay un miedo y este es cubierto por el deseo de comer de forma desmedida generando en el cerebro una respuesta de bienestar o recompensa en el centro del placer, llamado núcleo accumbens. Una forma de identificar el hambre emocional es que se focaliza en un solo alimento “los antojos”, por ejemplo el deseo de comer helado, chocolate, dulce, y si realizamos alguna actividad que distraiga el pensamiento, este deseo desaparece, el hambre físico en cambio se genera como una demanda de energía del organismo y no como respuesta a situaciones estresantes, la necesidad fisiológica de comer no se pasa si cambiamos la actividad o distraemos el pensamiento y no está focalizado a algún alimento. Generar conciencia al alimentarnos y aprender a distinguir las situaciones, analizar los pensamientos previos a la sensación nos permitirá disminuir los riesgos de sobrepeso u obesidad. Digamos sí a la alimentación consciente y a la actividad física diaria que tiene efectos positivos sobre nuestras emociones.