de monocuco?
no lo sé…
por Loor Naissir
Cada vez que llega el Carnaval mi memoria juega con fragmentos vividos entre la inocencia, la fantasía y la curiosidad por saber quién se escondía detrás de una máscara que aparecía de la nada haciéndome mofa y repelencia con una varita en la mano. Lo hacía de manera juguetona como retándome para que me enojara; pero eso me divertía.
Tenía 8 años y ‘uso de razón’, como decían antes para tener la seguridad de que la niña o el niño era pensante; y además, la valentía para pedir el permiso de disfrazarme. Había crecido en medio de una cultura en la que eso, que consideraban ‘pagano’, no formaba parte de nuestras tradiciones, por lo que debería olvidarme y dejar que los demás lo disfrutaran.
Pero el Carnaval de mi infancia era más fuerte que todo lo que giraba a mi alrededor. Veía desde el mostrador del almacén de telas de mis padres desfilar a chicos y grandes embadurnados de barro como si fueran los puercos, como le decían a los cerdos, y de barniz con argollas en la nariz y las orejas como homenaje a los africanos. Eso me producía impresión y al mismo tiempo admiración por el sacrificio que requería para perpetuar una tradición carnavalera. Las calles de mi pueblo se alegraban cuando aparecían los desfiles de toritos, burros, monocucos y de otros animales, porque el ingenio y la imaginación no tenían límites. El colorido y los destellos de los pedazos de espejos que adornaban el vestuario de cada uno de ellos penetraban mis pupilas como ráfagas. Era lo más vistoso y diferente que sucedía durante todo el año.
La música de tambor me hacía palpitar a mil el corazón. Mis padres no entendían el significado de esta celebración y me decían que esa tradición era sólo de colombianos y no de nosotros, que pertenecíamos a otra cultura milenaria, muy lejana.
A los 12 años tuve la valentía de alquilar un capuchón de monocuco con incontables cascabeles. Lo hice en complicidad de Alicia, la empleada del servicio, una morena corpulenta y guapachosa, que me enseñó a bailar cumbia con un disco que ponía en un viejo tocadiscos.
Me parecía el disfraz más gracioso, colorido y sonoro; además unisex. A excepción de Alicia, nadie iba a saber quién se escondía detrás de esa máscara roja, mi color favorito.
Lo escondí debajo del colchón de mi cama, que era el más liviano, pero las manos hacendosas de mi madre cuando fueron a cambiar la sábana sintieron la suavidad de una textura y el sonido cascabelero que produjo al moverlo. Hasta ahí llegó mi ilusión.
Años después tuve la fortuna de conocer la obra que dejó el maestro soledeño Efraín Mejía, sobre todo esa canción que me recordaba mi infancia: ¿De qué me disfrazaré? ¿De monocuco? No lo sé..
Pero yo sí sabía que de eso quería disfrazarme. Mi esposo, que es muy currambero y guapachoso un día me dijo: se te va a hacer realidad tu sueño. Nos invitaron a una fiesta de disfraces y ese día tan esperado llegó!
Pero el anfitrión se enfermó y canceló la fiesta. Otra desilusión. No pude disfrazarme. Pero este año nadie me quitará esta ilusión. Ya tengo el capuchón rojo lleno de cascabeles.