por Angélica Santamaría, Psicóloga
Está demostrado a través de la historia que el aislamiento social o cuarentena es la medida más efectiva para proteger a la población ante una pandemia como la actual. Su objetivo es controlar la velocidad de contagio con el fin de no saturar los sistemas de salud, y dar tiempo a los avances médico-científicos que permiten mejores tratamientos y disminución de la mortalidad.
Hoy cuidarnos y cuidar a los otros es lo mismo, dependemos de cadenas de servicios básicos para nuestra supervivencia. Todo esto lo vemos pasar desde el confinamiento, muchos con hijos pequeños, en edades escolares. La educación por estos días es virtual y remota, de modo que nuestro rol como educadores junto al colegio tiene un nombre:
co-responsabilidad. Nuestros niños necesitan de nuestro bienestar y fortaleza emocional durante este proceso, nada fácil para ellos. Para esto es recomendable tener en cuenta:
Las rutinas: brindan seguridad al ser humano y en especial a los más pequeños (incluso a los adultos mayores). Antes del confinamiento las rutinas de vida estaban en función de la interacción social, así, por ejemplo, sabíamos que nos bañábamos y cepillábamos los dientes para salir. Ahora se podría pensar que como “nadie me ve” puedo estar sin bañarme y en pijama, o puedo dormir a cualquier hora alterando así los horarios de sueño. Recordemos que esta situación es temporal y en algún momento volveremos al mundo de afuera. Una saludable higiene del sueño es fundamental para la concentración, la memoria y los procesos de aprendizaje.
Emociones: no son buenas o malas, son humanas. Lo importante son los comportamientos y decisiones que tomamos a partir de ellas. Es normal que los niños expresen aburrimiento, pero también este tiempo es una oportunidad para que desarrollen una adecuada tolerancia a la frustración, e incluso obediencia. La situación actual se ha presentado llena de imprevistos insuperables, ante lo cual necesitamos saber esperar y seguir normas sociales por el bien de todos.
Las emociones son un problema de salud mental cuando generan estrés agudo, anticipación desmesurada y catastrófica, desesperanza, apatía, pérdida de sentido, insomnio, irritabilidad, violencia, entre otras. En esos casos se debe buscar ayuda profesional idónea inmediata, sin esperar a que pase la contingencia. Psiquiatras y psicólogos nos hemos organizado para la atención virtual de estas situaciones que no dan espera. Terapias tipo coaching pueden ser útiles en casos de “normalidad”, pero no para situaciones clínicas. Debe evitarse la información no validada y la automedicación de sustancias promovidas comercialmente para mejorar estados de ánimo. Las pseudo-terapias pueden resultar muy perjudiciales y empeorar situaciones tratables por un profesional idóneo.
Conversación: para conversar con nuestros hijos acerca de la situación actual es necesario estar informados a partir de fuentes válidas y confiables. Las redes sociales y medios de comunicación parecen estar en sobrecarga. Conviene evitar la exposición constante y hacer filtros de veracidad. A nuestros hijos podemos hablarles en forma realista, sin negar el cambio contextual que vivimos, y sin exagerar al punto de generar terror, ansiedad e inseguridad. Los momentos de diálogo son una oportunidad para expresar emociones, resaltar el autocuidado y la reafirmación del valor propio, la solidaridad y el trabajo que muchas personas hacen por nuestro bienestar para salir adelante, la gratitud, la oración en compañía según el credo del hogar.
Flexibilidad: si bien son necesarias las rutinas, también lo es la flexibilidad para la adaptación, el disfrute de unos a otros, la comprensión recíproca, la ternura y la complicidad. Todos y en especial los más pequeños, tendremos recuerdos muy arraigados de cómo vivimos estos días, que también son una oportunidad única para estrechar los lazos afectivos que nos fortalecerán para salir adelante y afrontar con nuestras mejores capacidades los retos que vienen.