por Margarita McCausland
¿Ustedes se van a casar?
Él era alto, moreno, de facciones viriles, muy gustador. Profesional de éxito, no trajo nunca, sin embargo, mucha plata a la casa. Toda la que ganaba se le quedaba enredada siempre en alguna pollera.
Eso no me importaba, porque durante mucho tiempo yo ignoraba los detalles. Ni me los imaginaba. Y sí, como había visto hacer a mi mamá, siempre trabajé para ayudar al presupuesto.
Hacía -hago- comidas deliciosas, de sal y de dulce. Mi pequeña industria casera se volvió una empresa respetable. Para entonces, ya había perdido la inocencia, aunque todavía no llegaba a los treinta años.
Ese mismo encanto que Antonio respiraba por los poros y que me arrebató a mí, había hecho lo propio con cientos de mujeres de Turbo a Riohacha, pasando por todas las ciudades importantes de la costa y algunas del interior.
Su cargo le exigía viajar y él lo encontraba muy conveniente.
Pero uno siempre se entera, aunque no averigüe, y yo me comencé a llenar de rencores con cada nueva evidencia de sus «affaires» extramatrimoniales.
Llegó un momento en que se me hizo imposible compartir con él la cama y tenía que hacer un esfuerzo para atenderlo de buen talante y hasta para conversar con él cuando regresaba a la casa.
Algunas veces aparecía en el periódico en un evento social o de trabajo, y no faltaba la mujer espectacular cogida a su brazo, o del otro lado, pero mirándolo con ojos de propietaria.
Nuestros hijos iban creciendo, se hicieron independientes, se fueron a la universidad.
Cuando el nido quedó casi vacío (sus dormitorios sólo se abrían de vez en cuando para orearlos y darles una vuelta a las almohadas) empecé a pensar que ya no era necesario mantener la fachada de esa unión que en realidad no existía, y resolví independizarme.
Me fui a una ciudad cercana, donde hay mucho turismo. De allí son mis abuelos y tengo mucha familia, de manera que con facilidad me conecté con los hoteles y restaurantes buenos y empecé a fabricarles muchas viandas y postres.
En esa época ya se habían casado los tres hijos: las dos mayores con muchachos jóvenes, profesionales, prometedores; y tenían, cada una, dos niños.
Alfonso fue el último en casarse, y se fue a vivir a Bogotá: él y su esposa terminaban la carrera de ingenieros mientras trabajaban.
Antonio se quedó en la casa que habíamos compartido y los hijos me decían que se le veía triste, ahora que entraba de lleno en los sesenta y seis.
Por mi parte, conseguí un apartamento pequeño, cómodo y bien situado; pero en esta localidad turística resultaba costosísimo, como todo.
No pasó mucho tiempo sin que mi ahora ex-marido aterrizara en la misma ciudad. El motivo: le habían ofrecido una asesoría en una empresa importante y el ingreso y la distracción le venían bien. Hablábamos poco y no nos veíamos más que cuando llegaba alguno de los muchachos con sus hijos a pasar unos días. Entonces, como ambas viviendas eran pequeñitas, se repartían entre los dos apartamentos.
Las comidas eran un lío; en ninguna de las dos partes cabíamos si había más de una pareja con sus hijos, y todos se cansaban de ir de un lado a otro recogiendo vestidos de baño, llevando la medicina de la tos y los condoritos.
Los nietos se habían hecho grandecitos dentro de esta situación, así que no extrañaban que tuviéramos dos viviendas separadas siendo sus abuelos.
En las ocasiones en que me encontraba forzosamente con Antonio me daba cuenta de lo mucho que había decaído su espíritu; sobre todo, ya no le brillaban los ojos con malicia en presencia de una falda. O de una tanga en este caso, porque siempre hacíamos programas de playa.
Tampoco sacaba nunca excusas para escabullirse de las reuniones familiares nocturnas. Los nietos lo tenían bobo y al trote. Pero lo seguía viendo apagado y triste.
Fueron los hijos quienes tocaron primero el tema. Estaban llegando al borde de la desesperación con esa división obligatoria de tiempo y lugares. «No sería más práctico» , propusieron, «que ustedes dos compartieran un sitio más grande, con áreas independientes para cada uno, pero donde nos pudiéramos reunir todos al tiempo?»
A mí no me sonó para nada ese arreglo. No se me había olvidado lo egoísta que era Antonio, siempre dando por sentado que yo debía servirlo mientras él se ocupaba sólo de sus cosas. Me había acostumbrado a mi independencia, a escoger mi canal de televisión, a entrar y salir cuando me parecía.
A mis sesenta, era lo que más apreciaba: no tener perrito ni gatico. Sencillamente, no le veía atractivo alguno a eso que los hijos proponían.
Pero a Antonio como que sí, porque me hizo una oferta tentadora. Él compraría ese apartamento que me gustaba mucho, de una amiga que se iba a otro más pequeño, y lo pondría a nombre mío, para que me sintiera la dueña del paseo. No tenía que atenderlo a él, era suficiente con que me ocupara de organizar a la muchacha (me iba a pagar una muchacha!). Y podía hacer la compra en un supermercado, el que eligiera yo. El no iba a intervenir más que para dar el cheque por la suma que calculáramos para los gastos comunes.
Al parecer, le pagaban bien por su asesoría.
Y por primera vez en su vida ofrecía compartir verdaderamente conmigo. De modo que me lo pensé un par de días y enseguida fuimos a cerrar el negocio con Lidia, que además nos dejó varios muebles que no le cabían.
Cuatro dormitorios: estupendo! Cada uno se instaló en un extremo, cada uno tenía su baño y su vestier.
Me sentía bien. Cantaba bastante, llenaba los floreros, lo tenía como una taza de plata. Entre los hijos arreglaron los dos cuartos restantes y el estudio, que quedó convertido en una especie de guardería.
No sabía de nadie más que hubiera hecho un arreglo parecido, así que inventaba los procedimientos día a día. Antonio, en mi libro, se podría llamar ahora Angel…
No abría su boca nunca para molestar; en cambio siempre silbaba a la vista de las flores frescas, o ante un postre que le dejaba de los que había hecho para los clientes.
Cumplía con lo del mercado, y además, de vez en cuando traía algo de los barcos a los que lo invitaban: jamón, queso, mayonesa francesa, buen vino.
En esas ocasiones me daba un beso en la frente o un apretón en el brazo.
Un día inclusive nos tomamos una copita de vino. De resto, como amigos coincidenciales. Y así transcurría la vida de todos los días.
A aquel hombre yo no lo conocía; tan bien tratada, yo también era otra. No cantaleteaba ni hacía comentarios que lo molestaban como «quién sabe de dónde vienes».
¿Era esta la sabiduría de la madurez?
Por fin llegó la Semana Santa y con ella los hijos y los nietos, por primera vez a compartir este nuevo arreglo, invento de ellos. La verdad, todos nos sentíamos un poco raros, como con pena.
Después de un día caótico en que hicimos tres viajes al aeropuerto y pasamos horas acomodando ropa, salvavidas, teteros, estábamos sentándonos a la mesa cuando llegó Carmencita, la nieta mayor, que había estado afuera jugando desde que llegó y prácticamente no había visto el apartamento.
Lo recorrió todo y cuando vio que el abuelo dormía en un ala y yo en la otra, regresó muy pensativa a la mesa y nos dijo: «ustedes, el año entrante, se van a casar?».
No hubo de otra sinó que soltar la carcajada. Se despejó el ambiente de tal forma que no podíamos parar de reir y empezar a comer.
Entonces, de pronto, Antonio, que estaba sentado a la cabecera, a mi izquierda, como era cuando en realidad estábamos casados, se volteó, puso su mano sobre la mía y me dijo: «no sería mala idea, negra».
No, no resultó mala idea. Nos ha dado buen resultado. Nos acomodamos bien.
Este amor tranquilo y sin desvelos es el más parecido al que sueña la mujer desde siempre, pienso yo. Este amor sin sobresaltos, sin mentiras, de mirada limpia, libre de recelos.
ASÍ ME LO CONTARON