por Carlos A. Sourdis Pinedo
Recuerdo que de pequeño algunas veces me tomaba muy en serio lo de la presencia de un ser maligno debajo de mi cama. Y recuerdo que esa presencia se pronunciaba más y más cuando estaban ausentes los dos hermanos con los que compartía el dormitorio, uno menor y otro mayor que yo. Especialmente durante los crepúsculos del atardecer y del amanecer. Justo antes —en el primer caso— y justo después —en el segundo— de esos minutos durante los que los pájaros hacen su enigmática bulla liminal recibiendo la noche o saludando la mañana.
Tan en serio que entonces, cuando por fin me decidía a abandonar la mágica pero precaria protección de mis mantas y bajaba de la cama, lo hacía poniéndome de pie sobre el colchón para saltar lo más lejos posible, un par de metros y con el corazón a mil, antes de salir corriendo de la habitación en busca de compañía, preferiblemente la de mi madre.
No recuerdo haberle contado nunca a nadie sobre mis terrores pero ella invariablemente me auscultaba con su mirada. Me preguntaba que qué me pasaba cuando me veía llegar a su lado, como si supiera que venía huyendo de alguien o de algo, por mucho que yo intentara disimular mi pavor.
“Nada”, le contestaba. Y ella no insistía, fingía creerme pero recuerdo que en ocasiones un velo le apagaba durante unos segundos la mirada.
Tal vez mi pequeña madre lo sabía, pienso ahora. O lo presentía, al menos. Lo del monstruo, digo.
Al fin y al cabo, cuando ella nació mis abuelos vivían en la misma casa y el dormitorio de infancia de mi madre fue el mismo dormitorio de la mía y de mis hermanos pero mi madre dormía sola porque no tuvo hermanos ni hermanas y la habitación, amplia y de cielorrasos altos como los de todas las casas y casonas construidas a principios de siglo XX en el barrio El Prado, era para ella sola.
Así que si mi madre también tuvo la capacidad de sentir la presencia de ese ser maligno (creo que mis hermanos nunca la sintieron) debió pasar algunos amaneceres y algunos atardeceres de pesadilla, a pesar de que la habitación se conectaba por una puerta sin puerta con la de Petra, su aya. Hablo de aquellas épocas en que las aya eran unas segundas madres, e incluso más.
De niña, mi madre también intentó disimular sus miedos, según me ha contado. Pero era el miedo a las tormentas. Cuando los truenos la despertaban y los relámpagos inundaban su habitación ella se iba para el cuarto de mis abuelos con su muñeca favorita, su compañera de cama, y despertaba a mi abuela para decirle, señalando a la figura de trapo: “Clarita tiene miedo”.
El monstruo deja de hacerse notar a medida que la infancia va quedando atrás como un territorio nuevamente —por fin— inexplorado. Y es tan agradable y conveniente, alivia tanto pasar el borrador del olvido sobre su existencia que con el tiempo…
¿Cuál monstruo?
Sin embargo se vuelve al monstruo, como hoy he vuelto yo, como volvemos muchas de las personas que de pequeñas sentimos cómo nos acechaba.
Se vuelve cuando descubres que siempre hay un monstruo debajo de todas las camas e incluso debajo de aquellos que no tienen cama. El monstruo también está debajo de la mesa y del refrigerador, del escritorio, del diván, de la biblioteca y de las escaleras, debajo de los zapatos de quienes van calzados o debajo de los pies descalzos, y debajo de aquellos seres que no tienen pies sino patas con garras o con pezuñas o los que reptan por el polvo y el barro.
El monstruo está debajo, al lado, a la vuelta de la esquina, habitando en los relojes y encima y dentro de todos.
Lo llaman Mundo. Y está vivo. Nunca muere.
Ni siquiera cuando lo olvidamos.