El cantor de la nostalgia
Colaboración de Félix Carrillo Hinojosa*
Se levantó de la cama. Buscó su sombrero de fieltro, que al lucirlo lo volvía más guajiro, lo limpió. Junto con la camisilla, ordenó el pantalón y la camisa que se pondría al día siguiente. Eran las dos de la tarde, se sentía en el ambiente una sensación de lluvia, en donde se presagiaba la llegada de una tormenta. Se levantó para ponerse su predilecta bermuda y camiseta blanca. Buscó en la parte inferior donde ponía sus camisas y pantalones, sus chancletas de color marrón. Salió de su cuarto y se sentó a la entrada de su casa, cerca de un palo de cañaguate. Se sentó en la vieja silla que por años le acompañó, la misma que había tejido. Cogió unas hojas en blanco y empezó a escribir todo lo que se le ocurrió. Al lado había puesto su guitarra. Era su manera predilecta, para desahogar esa mente comprimida, sometida por el duro momento que estaba viviendo. Leyó varias veces, de arriba abajo su contenido. Cada párrafo viajaba bajo el sello de su fina caligrafía, que recibía un sí positivo cada vez que movía su cabeza hacia adelante. Se paró y caminó unos cuantos metros, para sacar de su funda original, una guitarra bien cuidada y con sus cuerdas de nailon recién puestas, dijo en voz alta como si quisiera decírselo a todo un pueblo, “a esto hay que ponerle música”. Toda la tarde y parte de la noche, sus dedos recorrieron el cuerpo de su instrumento como buscando la melodía exacta para musicalizar su solicitud.
Al despuntar la mañana, ya tenía lista su carta musicalizada. La introdujo en un sobre blanco, con señales de haber sido estropeado por el tiempo. No le puso remitente ni a quien iba dirigida, mientras esperaba que se hiciera más tarde, para llegar a la estación donde se ubican los carros, que van en veloz carrera como meta, para devorar el sur de una tierra a la que siempre consideró su terruño amado. Mientras el tiempo pasaba, vio desfilar a más de un chofer, hasta encontrar uno de su confianza. Ese tiempo lo aprovechó para cantar una, dos y muchas veces más su canto adolorido, que obraba a manera de reproche, de un mundo que no lo supo tratar bien. Al tiempo que silbaba, decía en media voz, “en ella yo le cuento de mis aventuras y de mis fracasos/a mi vino la fama pero se marchó como siempre acontece/y solo me quedó el recuerdo fugaz/de efímeros aplausos”.
Mientras caminaba, su figura menuda en contraposición a lo gigante de su obra, recorría el largo trayecto para llegar a Loma Fresca, el barrio donde tenía a su compañera, a la que siempre llamó “mamita” y sus hijos, el cual se había convertido en un refugio donde podía hablar a solas de sus infortunios, y contar su historia la misma que decía, ser el único hombre que había enseñado a sus canciones, a que lloraran por dentro como siempre lo hizo su creador. Como un furibundo nativo de esa tierra dura, que dice muchas veces con sus actos ser huraña en el sentimiento, pero que en el fondo es una querendona a rabiar, nunca le gustaba que lo vieran llorar y si algunas lágrimas asomaba por sus mejillas de viejo serenatero, sus dedos llenos de música la secaban rápido, para que ninguna persona supiera que él también lloraba. Siempre trató de suavizar sus penas con la música que componía y cantaba de otros creadores, que a manera de refugio dejó que navegaran en sus creaciones, donde cada vez que las cantaba, rogaba que los instrumentos cómplices de su vida trashumante, y ellas, se desbordaran y pudieran reafirmar una vez más, que nuestra tierra guajira es el único lugar del mundo, “en donde los acordeones saben reír y llorar”.

De la carta no se preocupó más. No sería la primera ni la última de la que no recibiría respuesta. Estaba tan acostumbrado al olvido, que ya había perdido la cuenta de las toneladas de ingratitudes, sinsabores e incomprensiones, las cuales se habían posado desde los pies hasta la cabeza de un hombre musical, que nunca entendió el por qué su estrella había cambiado de rumbo. Sentía un orgullo humilde cuando la gente hablaba de la narrativa y descripción que encerraban sus letras o de las diversas melodías que le ponía a sus cantos, todos ellos llenos de historias vividas, que contribuyeron al clasicismo de su música provinciana, así otros la llamaran vallenatas. La mayor parte de su vida fue dedicada a enaltecer las costumbres y belleza de nuestra tierra, en donde el afecto amoroso, la exaltación a la belleza femenina, honrando la palabra del buen amigo y a la enseñanza como profesor de música en las casas de la cultura de Riohacha, Maicao y Barrancas, dejaron sus frutos.
Después de sufrir y superar varios infartos por una hipertensión severa, en abril de 1999 le dio una embolia cerebral, que hizo llevarlo al hospital de Maicao, para luego ser trasladado a Santa Marta donde estuvo hospitalizado un largo tiempo. Con un pronóstico reservado es remitido de nuevo a su casa. Su familia decidió llevarlo a una clínica de Barranquilla, en busca de encontrar una esperanza, la cual el Doctor Perna descartó, al negarle toda posibilidad de mejoría. Al retornar a su casa en agosto, con la movilidad deteriorada, reciben el mes de septiembre con la pérdida total del habla, que cerró de manera dolorosa, la oportunidad de salir adelante en su proceso de recuperación.
Esa madrugada del 18 de septiembre, su cuerpo no aguantó más. Falleció a la una de la mañana, uno de los pilares que contribuyó a la inmortalidad del vallenato, rodeado de sus hijos y compañera. El mismo personaje, que nunca dejó de pensar un instante en Hugo, un hermano menor que decidió viajar en un circo que llegó a la provincia, para perderse como perfume en el aire, quien le dejó un profundo dolor en medio de una partida inexplicable, cuyo rastro se evaporó como humo en el viento, generando un desasosiego que nunca pudo superar y no halló explicación, que para darse un contentillo tomó su nombre, para ponérselo a su hijo y tener a quien llamar, sin que muchos pensaran, que cada vez que lo hacía o lo tenía en sus brazos, era como si lo hiciera con ese hermano que se perdió sin despedida.
Su cuerpo fue trasladado a la tierra donde él vivió por más tiempo, la misma a la que le hizo sus cantos más trascendentales y velado en la plaza Simón Bolívar, cuya tarima Tierra de Cantores, en honor a una de sus obras emblemáticas, recibió su cuerpo que luego fue sepultado en el Cementerio San Agustín, de una Fonseca que supo de sus doscientas canciones creadas y de la sonoridad con que acarició sus instrumentos predilectos, que viajaron desde su guitarra consentida, hasta el tiple, cuatro llanero, trompeta, bajo, piano y acordeón, en las tantas amanecidas en que se deleitaron sus paisanos y los transeúntes que llegaron atraídos por su música.
Sus raíces traen un mundo complejo que arranca desde Laura Gómez Quizman, oriunda del caserío Las Palmas, de baja estatura, negra y ojos amarillos, quien hizo vida marital con Actinio Huertas, un músico que había llegado de Cali a Riohacha, por allá a finales de 1900 como director de una orquesta, blanco, alto y de ojos verdes, quienes fueron los padres de Carlos Modesto y Efraín Huertas Gómez, que quedaron huérfanos de madre a temprana edad.
Unas tías de madre, entregaron a Carlos Modesto a un capitán de un barco, donde aprendió por correspondencia ingeniería mecánica, que lo llevó a convertirse en todo un conocedor en construcción de carreteras, mecánica y el mar, quien decidió después de mucho tiempo, volver a Riohacha, donde fue un reconocido ejecutante de la flauta, guitarra y tiple. En sus constantes viajes a la provincia, conoció a Dolores María Gómez Gómez, hija de Juan Gómez Duarte y Griselda Gómez Camargo, una jovencita de Barrancas, blanca, cuyo perfil griego y porte elegante al caminar, era el centro de atracción de quien la viera, que pese a ser mucho mayor que ella, decidieron unirse y trasladarse a Riohacha, de cuya relación nacieron Laura, Riohacha, Carlos, Dibulla, Amílcar, Distracción y Hugo, Barrancas.
La familia tuvo una vida gitana, debido a las actividades que desarrolló su padre Carlos Modesto. Unas veces hacía de músico, otras como motorista o en el proyecto de vías nacionales como trabajador en las construcciones de las primeras carreteras en la guajira, que lo hacía estar de un lado a otro. Su permanencia en Dibulla, tiene una historia especial como la mayoría en sus cantares. Su madre Dolores María conocida en su tierra natal como “Lola la blanca” para diferenciarla de una paisana suya a quien llamaban “Lola la negra”, estaba embarazada de Carlos, para ese entonces, su padre fue contratado por Bienvenido Mejía como motorista en el manejo de unos cayucos, que cubrían la ruta Dibulla-Riohacha el cual duraba veinte días, actividad que le permitió convertirse en un avezado transportador de mercancía, por ser el único capaz de evadir los puestos de control aduanero. Al contarle que estaba preocupado porque había dejado a su compañera embarazada, le dijo; “ve por ella y te la traes y se hacen compañía con mi mujer que también se queda sola cuando salimos a nuestro trabajo”. Por esa razón, nació frente al mar Caribe un 21 de octubre, día de Santa Úrsula, de 1934. Con su gracejo especial, el luego famoso cantautor decía, “a mí me pasó igual que a Gabriel García Márquez, debimos nacer en Barrancas, pero unas circunstancias ajenas a nuestras voluntades, nos lo impidió. Él nació en Aracataca y yo en Dibulla. En cuanto al nacimiento mío y el de mis hermanos, suelo decir, que nosotros nacimos donde nos agarraba el viaje, por fortuna siempre fue en territorio guajiro”.
Al regresar con sus padres a Barrancas y su posterior traslado a Lagunita de la Sierra, donde desde niño, conoció el mundo creativo de los músicos de toda esa región como Julio Francisco y José Dolores Brito de Armas, “Chiche” Guerra, José Ramón “Monche” Brito, Santander Martínez, Chico Bolaños, Luis Pitre, Francisco Moscote Guerra, conocido como “Francisco el hombre”, Bienvenido Martínez y luego pasan a Distracción, donde el imperio de la guitarra era evidente. Allí conoció a Amador Castilla, quien era la figura más reconocida en la ejecución de ese instrumento y en la composición. Su niñez trascurrió en los pueblos de Lagunita de la Sierra, Distracción, Barrancas y Fonseca.
Desde niño Carlos Enrique lo que vio fue instrumentos musicales. Por un lado su abuelo Actinio lo impulsaba a la música y cuando empezó a acompañar a su padre, lo hizo con una guitarra en la mano, instrumento que se convirtió en su colegio y universidad al tiempo, para alguien que no terminó la primaria en el colegio del profesor Gabe. Su virtud de caminante se fortaleció en su adolescencia, siempre quiso tragarse el mundo. Andar fue su motivo, por lo que se movió sin importar el camino que tomaba, sin dejar de leer, otra de sus pasiones, que lo convirtió en autodidacta, que lo llenó a tener una cultura general impresionante.
En 1945, con once años de edad, vio por primera vez en la Sierra de los Brito, a Luis Enrique Martínez Argote, Leandro Díaz y Rafael Carrillo Brito, quienes tenían 22, 17 y 19 años respectivamente y ya andaban en sus andanzas musicales, cuyas parrandas se extendían en cada fiesta patronal de los caseríos y pueblos guajiros. Su aprendizaje en la guitarra, tuvo a varios profesores, su abuelo Actinio Huertas, su padre Carlos Modesto Huertas, Juan Pertúz y el que más influenció en él, fue Rafael Henríquez del Prado, un virtuoso músico de Riohacha, quien enseñó a una camada de inquietos aprendices de ese instrumento, que con el paso del tiempo, se convirtieron en unos destacados ejecutantes.
En 1950 viajó a Maracaibo, Venezuela. Allí realizó estudios de solfeo y escritura musical, aprendizaje que se incrementó a través de los libros que compró para conocer más de ese mundo extraño de las partituras y de las enseñanzas que recibió del músico Faustino Pitre, hijo del juglar Luis Pitre, reconocido acordeonero, quien vivió en Maicao, era carpintero y músico de viento, tocaba trombón, siempre le explicó la teoría musical. Al estar en esa tierra, se interesó por los ritmos del pasaje, joropo y gaita, los cuales logró dominar a la perfección y producir destacadas obras que fueron grabadas por artistas de ese país. Igual lo pudo hacer con aires de la región andina, entre ellos, el bambuco, vals y pasillo y del Caribe colombiano como el paseo, el merengue y varios sones, en vías de extinción, al instalarse en Distracción, La Guajira, el batallón Rondón del Ejército, a donde llegaron muchos soldados que eran músicos.
A finales de 1964 se radicó en Palmira, Valle del Cauca, donde vivía su hermano Amílcar, quien para esa época ejercía su profesión en los ingenios azucareros como ingeniero agrónomo. Hasta allí llega con Marina Torres, su compañera sentimental. Trabajó como chofer de su hermano. Dos años después, se trasladó a Bogotá donde nació su primer hijo Carlos Elías Huertas Torres. Junto al cantautor Wilson Choperena, conformó un trío musical, cuyo punto de encuentro fue Chapinero, en un lugar que luego fue conocido como la playa. Al regresar a la Guajira se separa de Marina. Ya tenía en su haber musical varias obras compuestas, entre ellas, una ranchera que se encuentra inédita hasta la fecha, titulada “Paula”, “Nostalgia Fonsequera”, la misma en donde refrendó, que “cuando Julio y Leandro canta/sueñan con la tierra mía”, grabada por Las Universitarias y la que reiteró a los cuatro vientos, “yo me crie en una región/de verdes cañaverales/ de gemidos de trapiches y relinchos de caballo/ y de muchachas bonitas/cual tardes primaverales/tierra alegre de acordeón/de fiesta y riñas de gallo”, que sustentan unos “Hermosos Tiempos”, que junto al “Cantor de Fonseca”, en la voz gigante de Jorge Oñate con los hermanos López, le dieron una cédula real a la música vallenata y a sus intérpretes.
En 1967 fue a Valledupar, a la inauguración del departamento del Cesar, donde estuvo presente Alfonso López Michelsen, Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, Rafael Escalona. Los Pavajeau Molina, Consuelo Araujo, Gustavo Gutiérrez, Hugues Martínez, Jaime Molina y Fredy Molina. Si bien es cierto, que el sonido de los acordeones de “Colacho” Mendoza, Alberto Pacheco y Ovidio Granados copaban el pedido de los presentes, hubo un momento en que la guitarra ejecutada por Carlos Huertas Gómez logró su protagonismo.
Todos quedaron atónitos con la forma como sus dedos recorrían las cuerdas y la música emitida por ellas, llenaban con agrado el espíritu musical, entre ellos, el de García Márquez y Cepeda Samudio. En medio de ese ritual musical, en donde el cantautor guajiro les explicó como “la música provinciana engendró lo que luego se conociera como vallenata”, además, cantó sus canciones hechas en diversos ritmos que viajaban facilito de un paseo, merengue, bolero, pasaje hasta llegar a la gaita, su ritmo predilecto. Después de escucharlo por más de una hora, el escritor Cepeda Samudio con un whisky en la mano, exclamó, “Carlos Huertas es el Matamoros del vallenato”.
Cuatro años después, decidió hacer un viaje de la Provincia a Maicao. Un anterior amor con quien tuvo un hijo, lo había dejado con las alas rotas. Al llegar a ese territorio fronterizo, en busca de una prima, tocó varias veces la puerta. Cuando ya creía que no había persona alguna en esa casa, una mujer joven de color canela y desconocida para él, le abrió levemente la puerta. Después de un breve dialogo se introdujo en la sala. No perdió el tiempo y después de preguntarle su nombre, supo desde ese instante, que Leila Larios Ríos, mucho menor que él, venida de un pueblo de Bolívar, podía ser la cura para un hombre que no le hallaba cotejo a su vida. Las serenatas empezaron a llegar, las cuales le dieron las fuerzas para mirarla de otra manera y que le hicieron pensar, que estaba frente a quien podía ser la mujer ideal para formalizar un hogar. Cada canción que salía de su voz y el arpegio sonoro de su guitarra hacia la labor propicia, para aquel hombre que cada vez que le cantaba, lo hacía con más amor hasta que una madrugada especial, no se aguantó y le declaró su amor, momento que los llevó a hacerse novios. Tan rápido como eso, después de un noviazgo breve, decidieron irse a vivir. No tenían casa, por lo que convinieron construir una a cuatro manos, en un terreno que ella tenía y como si fueran carpinteros o ebanistas expertos, formaron su nido de amor con hojas de zinc y cajas de madera vacías que quedaban después de desempacar el contrabando, lo que se convirtió con el pasar del tiempo y la llegada de sus hijos Lola, Lira, Carlos Gardel y Hugo Alfredo, en el acampadero propicio de un hombre que seguía siendo el mismo niño, quien aprendió los secretos de la vida y se hizo muchacho con la sabiduría que le brindaron los abuelos, pero que siempre contó con ella para aterrizar sus sueños, cuya virtud nómada la mantuvo siempre como un sello indeleble de la tradición errabunda de nuestros indígena. Allí organizó una agrupación de música en guitarra, al crear el trío “Tawara” con Antonio Salazar y Luis Soto, que en lengua Wayuu significa hermano.
En una de esas correrías que era su patrón de vida, llegó a Santa Marta en busca de trabajo, el cual al no salir, decidió darle paso a lo que siempre supo hacer bien, tocar su guitarra y llegar a los lugares de jolgorio y brindar su música. Con dos amigos más, músicos como él, se abrieron calle a calle con sus instrumentos en la mano. Al llegar a “La fuente azul”, un sitio de diversión, ofrecieron sus servicios. Un señor muy locuaz los invito a sentarse a que tocaran. Después de tocar varias canciones, entre ellas, Berta Caldera, Mis viejos, La casa y Hermosos tiempos, se le agotó el repertorio, hecho que lo llevó a decirle a quien los había atendido con gusto, que sus compañeros le podían cantar otro tipo de canciones, a lo se negó con un no inmenso y sentencioso, “a mí me gusta como toca su guitarra y canta esas canciones. ¿Usted no es de por aquí?, ¿De dónde es usted?, que tan bonito toca esa guitarra, esa parranda”.
Carlos Enrique decidió complacerlo hasta el cansancio, con la presencia de la madrugada, decidió retirarse al barrio María Eugenia donde estaba alojado. A pesar de haber llegado agotado por la jornada musical, despuntando el amanecer, decidió hacer la primera estrofa de su obra inmortal “El cantor de Fonseca”, que recoge el lenguaje de un extraño contertulio musical, que le prendió la chispa con sus alabanzas, las cuales fueron musicalizadas, al son de su instrumento inseparable, “Alguien me dijo de dónde es usted/que toca tan bonita esa parranda/ si es tan amable tóquela otra vez/quiero escuchar de nuevo su guitarra”.
Cada canción de este cantor de la nostalgia provinciana tiene su historia, que por muy alegre que esta sea, hay en lo profundo del alma del insigne creador, una carga adolorida que vuelve creíble lo que narra. Él es de esos creadores que interioriza texto y melodía y lo amarra de tal forma, que termina su obra siendo un cuento cantado. Sus recuerdos son unas preciosas imágenes, que a manera de bellos micro relatos, traslucen su impecable lenguaje que va impregnado en cada línea de su narrativa textual, que vuelve ese hecho pasado en una evocación que invoca su repetición. Ese “se me antoja que en Fonseca/anunciaba un acordeón/ la salida de la luna”, “cuando suelo recordarlo/suspira y me duele el alma”, o “cuando se toca un acordeón, titila el cielo/y sus leyendas se hacen más puras y gratas/entre los labios y la pluma de Consuelo/que hará sainetes de esta tierra vallenata”, es prueba que poco le interesó componer en serie o hacer cantos sin sentirlos, donde tuvo como herramienta principal el pasado lleno de una gratitud de su parte, pese a vivir tantos dolores que siempre lo azotaron.
Fue un aventurero, guitarrero y soñador. Se enamoró tantas veces como lo hizo con su canto y el robo consentido que le consintió su guitarra compañera, al construir un mundo de arpegios sonoros que le ayudaron a no ser acorralado por tantos momentos difíciles, los cuales nunca faltaron y que pusieron en jaque su estabilidad en todos los órdenes, que lo volvieron taciturno, desconfiado y siempre dado a perder por mucho que brindara su mano amiga. Su obra fue enajenada por quienes tuvieron la oportunidad de decidir sobre ella, ya sea en el cobro de sus derechos patrimoniales, en un concurso o cuando decidió hacerle un canto a un guajiro como él, a quien no conocía, que sirvió de bandera promocional para un momento difícil, que pasado el tiempo pudo entender.
Un día, en pleno festival vallenato, a orillas del río Guatapurí, mientras se bañaba, lo entrevisté, y entre lo mucho que me dijo, estuvo su posición frente a un canto que le hizo a un personaje de su tierra, que por razones de una nueva economía informal había logrado un connotado ascenso. “Fue lo peor que hice en mi vida”, me dijo. “Muchos se lucraron de ese canto, menos yo. Los intermediarios hicieron su agosto”, sentenció.
De su vida amorosa poco habló, solía decir, que “el amor es bueno y los humanos lo dañan”. “Que no sabe qué mal hizo, pero nada le sale bien”. En él se encarna la vida de alguien que nació destinado para el sufrimiento. Su vida aventurera, con carácter fuerte, indomable e inestable y una nobleza de niño grande, estuvo presente siempre en su andar sin la fortuna que otros, sin tener su obra, lograron. Sus versos así lo testimonian, “ahora me encuentro triste/sin dinero y cariño/y tirado al olvido/por las que tanto quise”, donde siempre albergó la firme esperanza que “todavía se encuentran/corazones sinceros/ y no solo el dinero/es la dicha completa”.
No hubo pueblo de la guajira que no supiera de su presencia. Para él era fácil estar en el Abra, Cotoprix, Machoballo, Dibulla, Monguí, Galán o en un pueblo de Córdoba, Sucre o Bolívar. Unas veces viendo las peleas de gallo, carreras de caballo, o rememorando las faenas campesinas, donde los “gemidos de trapiche” hablan de una infancia agitada e invivible, siempre con su guitarra al pecho, dedicándole serenata a una enamorada en la Junta, que lo llevó a hacerle un verso merenguero, “esa es Marina Araujo/que es decente y es bonita/que tiene unos ojos brujos/y una charla que acaricia”, protestando en su “Documental Guajiro”, cuya voz nunca se desaliñó pero que no fue entendida por sus paisanos como debió ser, “y yo como buen guajiro/quiero sacar de la sombra/el puerto por donde vino/el acordeón a Colombia”, o llegar al pueblo que siempre le reclamó por no hacerle un canto de renombre, pero que él, con su melodía y pluma fina, les dejó su respuesta en su paseo “Iguana con maíz tostao”, donde reconoce que él “se mantuvo con maíz tostao y con iguana del ranchería” y un verso, que en el merengue “Lola la negra”, refleja su sentir por la tierra amable, “Música parrandera/le dediqué a Barrancas/le canto a Lola la negra/el hijo é Lola la blanca”.
Mientras las voces de sus paisanos llevaban y traían, “que Amílcar es profesional y vive bien” mientras su hermano Carlos Enrique, “con tantas canciones clásicas y ejecutar maravillosamente la guitarra, pasaba dificultades”, él decidió ponerle fin a una querella que nunca tuvo razón de ser y que entre los hermanos jamás se dio, pero que su musicalidad no podía quedarse quieta, hecho que lo llevó a descifrar los dos mundos que tenían, al decir, “Me pasé a la conclusión/es como ir del oro al cobre/él es rico y soy pobre/esa es la injusta razón”, “Pues él es adoctorado/y yo soy aventurero/soy trovador guitarrero/él es un señor letrado”.
La mayoría de la obra de Carlos Enrique permanece inédita. De las doscientas compuestas, solo sesenta obras han sido grabadas, muchas de ellas, como el paseo “El cantor de Fonseca”, que tiene 50 versiones. “Hermosos Tiempos”, “La Casa”, “Orgullo guajiro”, “Tierra de Cantores”, “Abrazo guajiro”, “Que vaina las mujeres”, “Al compás de una guitarra”, la gaita “La chinca”, y el son cubano “canto a la Guaira”, estas dos últimas grabadas en Venezuela por Betulio Medina y Canelita Medina, en el año de 1979. Varias de sus canciones han sido grabadas en diferentes países como Colombia, Venezuela, Puerto Rico, Estados Unidos, Ecuador, Perú y México entre otros.
Mientras se revive, por acción pasional del sentir humano una carta, que fue hecha hace más de cuatro décadas atrás, su realidad nunca cambió frente a su contenido y por ese lapidario verso que a manera de SOS, es la mejor despedida rebelde que haya podido hacer un hombre como él, que fue engañado, vilipendiado, subvalorado, incomprendido y resistido desde niño hasta los 64 que vivió “y de usted se despide un buen amigo/este compositor decepcionado/ que tiene que acudir a los amigos/que quieran y puedan darle la mano”.
*Escritor, Periodista, Compositor, Productor Musical y Gestor Cultural para que el vallenato lograra una Categoría dentro del Premio Grammy Latino.