por Angélica Santamaría, Ps.
Lo bueno repite: una deliciosa comida, un libro atrapador, el lindo vestido, una canción sentida, el café de las mañanas y muchas cosas más en las que nuestro cuerpo y alma encuentran belleza, sosiego, alegría. Así somos, seres ávidos de repetir un gozo ya conocido, con la capacidad de asombrarnos una y otra vez ante auroras y ocasos, de reír mil veces con los mismos chistes, de contar cuantas veces nos pidan una anécdota, con amigos nuevos o con los mismos de siempre. Así somos, seres cambiantes y ávidos de experiencias distintas, pero también buscadores de tesoros que ya hemos encontrado.
Como el tesoro del buen amigo, o la pareja con quien somos felices. O ambos.
Si lo pensamos bien, de eso se trata celebrar, de repetir el instante de la alegría. Y la ocasión es más feliz cuando ocurre rodeada de rostros conocidos (desde mucho o poco tiempo atrás), pero que son los rostros de nuestro mundo compartido con quien nos acepta y disfruta lo que somos, de quien se alegra al vernos y saber cómo estamos, a quien no tememos mostrar nuestro corazón al desnudo con nuestras debilidades y fortalezas.
Es la bendición repetida del amor y la amistad, el gozo supremo de no caminar solos.
Una bendición que se manifiesta tanto en la amistad renovada como en la nueva amistad. Porque la amistad también puede ser a-temporal (como lo es la belleza), y un amigo es un regalo que la vida está dispuesta a dar en todo lugar y momento, según nuestro corazón esté abierto para parte de nuestra historia personal al “nuevo mejor amigo” que parece hubiéramos conocido desde siempre.
Porque siempre, en el azar de nuestros días, valdrá la pena repetir y compartir el caramelo de la buena amistad, y celebrarlo con bombos y platillos en cualquier momento del año, una y todas las veces que nuestro ser nos lo pida, como una forma de volver a donde hemos conocido felicidad. Como dice la canción de Tejada e Illera (cantada por Mercedes Sosa): Uno vuelve siempre / a los viejos sitios / donde amó la vida…