Parecería, para los que conocen los procesos culturales de Alejandro Obregón y Gabriel García Márquez que sus vidas estuviesen pletóricas de epifanías y coincidencias bajo el peso de diversas circunstancias. No solo por vivir ambos en Barranquilla y ser —nativos sentimentales de esta ciudad, dice Gabo “tan querida por la índole de sus gentes” — sino por las múltiples interacciones que tuvieron, a veces sin pretenderlo, sus respectivas obras.

Ese es el panorama que presenta el libro ‘Obregón y García Márquez: Diálogos Cromáticos’ del escritor e investigador cultural Adlai Stevenson Samper que desde hace años ha venido, con alguna paciencia de ciudadano dedicado a la historia, a repasar estos episodios del célebre y modernista grupo de Barranquilla, tal como lo bautizó Prospero Morales desde la gélida Bogotá. En efecto, Stevenson colaboró como asistente de investigación y periodístico del libro ‘La Cueva: Crónica del grupo de Barranquilla’, de Heriberto Fiorillo en el año 2000, después repasaría sus aventuras eróticas por los bares y burdeles de La Ceiba y La Negra Eufemia en ‘Polvos en La Arenosa’, luego repasaría la vida del pintor en ‘Obregón en Barranquilla’ y, en diversos medios locales y nacionales ha explorado el tema de las obras y vidas de estos célebres creadores del Caribe colombiano.

Aunque las historias contadas en estas relaciones estéticas, amistosas y políticas de Obregón y García Márquez aparecen contadas por voces desde diversos ámbitos, en este libro Stevenson las reconstruye y formula conexiones que no son tan evidentes y explícitas, tal que ambos creadores vivieron y documentaron en carne propia el 9 de abril de 1948 en Bogotá. Por supuesto que eran dos ilustres desconocidos el uno para el otro y ello les confiere una visión amplia del desastre y la mortandad.
En otros casos se trata de historias comunes como el cuento ‘El ahogado más hermoso del mundo’ en donde participaron Obregón —halando del pelambre al cadáver que flotaba en las aguas— pasando por Álvaro Cepeda Samudio que quiso escribirlo y el tiempo vital se le agotó un 12 de octubre de 1972 en New York—¡hace medio siglo! — y finalmente García Márquez que lo escribe y aparece publicado con bombos y campanillas en la edición norteamericana de la revista erótica Playboy. El cuento, trastornado por gracia del escritor, parece una leyenda de mayor antigüedad a partir de un suceso ocurrido en un pueblo a orillas del Magdalena que en 1920, durante la visita de un circo pobre, se les muere el maromero y lo dejan tirado en un solar mientras aliaban bártulos para otros rumbos. El alcalde ordena que se le coloque en un ataúd, se le coloque ropa de hombre digno para la muerte, ordena repartir tinto y cigarrillos pero ante la ausencia del inevitable llanto, contratan unas rezanderas lloronas para que ejerciten su arte pero con un grave problema: no le conocían el nombre así que decidieron bautizarlo, en medio de lágrimas, como “maromerito, ay maromerito”.

Las coincidencias no paran. El cuento de Gabo ‘La mujer que llegaba a las seis’, se trata de una modelo buscada por Obregón en los lados del Centro de Barranquilla. Después acabarían, pintor y escritor, a sus maneras, viviendo en Cartagena y de contera, en las vigilias de una memoria extraviada en sus últimos días, un cuadro de Obregón, Blas de Leso: El Teso presidiría vigilante una amplia sala en la casa del escritor en ciudad de México. Obregón retornó a Barranquilla para ser sepultado en el panteón familiar en el Cementerio Universal afirmando, a su manera, una frase célebre de García Márquez: «El día que piense radicarme definitivamente en alguna parte, le escribiré al maestro Vilá, en Barranquilla, para que me reserve sitio de por vida en La Cueva».
